ESTÁS LOCO (III)

Yo estoy loco…¿pero cómo lo sé? Necesito un síntoma identificado a través de una pauta de conducta que pueda contrastar con la conducta pautada de mis semejantes y semejante comparación requiere de quien la realiza, cuando menos, cierto grado de certidumbre y un criterio para sostenerla. Y nada se puede comparar en medio de la confusión de la locura.

Por consiguiente, al loco se suele pedirle algo que ningún individuo racional realiza: que sea capaz de sustraerse a su confusión, se le exige saber que está loco, algo que se parece a estar en condiciones de percibir el caos de sus pensamientos mientras está entregado gozosamente a ese caos…

(¿Qué es la confusión? Ninguna gnoseología ha conseguido dilucidarlo.)

Reconocer la propia confusión no es racionalmente posible. Se puede estar loco, pero uno no puede saberlo. La locura –empiezo a admitir que entre locura y psicosis hay matices insoslayables, aunque no sé muy bien en qué consisten ni qué se puede hacer con ellos– solo se reconoce en el discurso del otro.

Estar loco es lo mismo que vestir un traje de alquiler, algo que en todo caso ha sido pensado para otro. Peor aún, saberse loco ni siquiera parece deseable. ¿Para qué enterarme, si se está tan bien haciendo el loco..?

En efecto, no todo en la locura es sufrimiento, buena parte es también un goce extraordinario, una especie de embriaguez.Y una ceguera voluntaria: don Quijote no consigue ver a Aldonza Lorenzo en el cuerpo de mujer que identifica como su amada Dulcinea del Toboso. ¿Cabe decir, entonces, que confunde su fantasía con la realidad? Sí, pero solo desde una ramplonería trascendental. Para nosotros Dulcinea no existe, existe Aldonza, ¿pero dónde está la confusión? ¿Confunde la mujer real con la mujer de sus sueños? No lo parece, porque es un loco. La razón y su principio de realidad marcan que don Quijote no consigue ver a la mujer real… ¿Qué entonces? ¿Estamos ante una limitación de sus capacidades racionales? No, más bien parece que don Alonso Quijano no quiere ver a la campesina vulgar, hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, sino que quiere a su Dulcinea.

Y justamente esta elección loca hace que su figura sea memorable y literariamente relevante; y lo convierte en un personaje paradigmático. La locura es paradigmática (o genial), pero no por su peculiaridad o su extravagancia sino porque nos permite pensar que es posible una conducta entregada sin límites al goce.

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