OCUPARSE DE UNO MISMO

Hace un montón de años, como parte de lo que llamó “hermenéutica del sujeto” y en el marco de sus investigaciones arqueológicas sobre la genealogía de los conceptos modernos, Michel Foucault desenterró la epimeleia he autou, la rebautizó como souci de soi y la identificó como arquetipo de la noción de subjetividad que, como sabemos, es el puntal que sostiene al pensamiento moderno. Recabó la epimeleia he autou de los textos de los grandes estoicos y de la filosofía helenística en general, donde se predica el cuidado del cuerpo (y del alma) como vía para alcanzar la buena salud espiritual del ciudadano. Cuidado que no era acicalamiento ni entrenamiento ni dieta.

El cuidado del cuerpo entonces no tenía nada que ver con las autoflagelaciones de los deportistas actuales que mitigan su miseria espiritual en las piscinas y los gimnasios sino que se entendía como lo que Foucault llamó, de forma redundante, techniques de soi (noción que se tradujo de mala manera como “tecnologías del yo” o, incluso, como “técnicas de sí mismo” [!!]), cuando en verdad se trata de un saber-hacerse a uno mismo. El antepasado de la idea de sujeto surgía de ese yo mínimo o subliminal que “se ocupaba de sí mismo” poniéndose en la tarea de cuidar su cuerpo y su alma. El souci de soi es un modo especial de atención que anticipa la consciencia de uno mismo.

Nada parecido a una tecnología de gimnasio en el souci de soi que, como regla, no llega a ser un precepto. Los antiguos sugerían con ella una manera muy especial de ser egoístas. Más que del sujeto, el souci de soi es el antepasado del egoísmo moderno. En el fondo, no se trata de ocuparse del yo (Moi) sino de uno (Soi), del propio deseo o de su fantasma. Si cualquier ideal comunitario reclama algún tipo de sacrificio personal en forma de un “no pienses en tí mismo para poder pensar en los demás”, la novedad estoica consiste en que el ocuparse de uno mismo, cuando se practica como regla colectiva, revierte necesariamente sobre el ocuparse de los demás sin que medie sacrificio alguno.

(Una especie de liberalismo encubierto.)

La moderna solidaridad tiene como requisito previo el reconocimiento cristiano de los demás, pero el egoísmo estoico solo requiere –en la amistad, en el amor o en la voluptas, en relación con las virtudes– pensar en y trabajarse a uno mismo, sin culpa, sin esperanza y sin una recompensa asegurada.

Foucault invocó el souci de soi solamente como parte de la genealogía del sujeto moderno. Quizá sería hora de recuperarlo tal cual, como máxima individual, aun a sabiendas de que ocuparse de uno mismo sin cometer el pecado del egoísmo no es tan fácil como parece.

(Mira si no a todos estos infelices que nos rodean.)

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