EL FUTURO

El coronel T. E. Lawrence descansa a las puertas de Damasco rodeado de sus hombres; y medita:

Yo me tendía cada noche entre mis hombres en el viejo aeródromo. Cerca de los reductos incendiados, mi guardia, voluble como el mar, peleaba por última vez, según su costumbre. Abdullah me trajo, en taza de plata, el arroz cocido, Después de la cena, en la oscuridad, intenté pensar en el porvenir, pero mi mente estaba vacía y el fuerte viento del éxito encendía la llama de mis sueños (Riquer y Riquer 2010, 1.795).

Me descubro súbitamente interesado por este pasaje irrelevante. Hay algunas observaciones en él que llaman mi atención. Por una parte, la prosa de Lawrence consigue imponerse a la traducción y comunica el tono inconfundible del jefe al que le gusta retratarse acompañado por sus tropas. Lawrence se presenta además como los grandes capitanes de la historia, con una guardia personal y un criado que lo atiende con vajilla de plata, tal como mandan las costumbres colonialistas. Pero el significante que más me ha impresionado está en la frase que cierra el párrafo, con la que el coronel Lawrence se describe a sí mismo pensando en el futuro.

De pronto he comprendido que son pocas, muy pocas, las veces en que de veras pienso o he pensado en el futuro. En rigor, ¿cuándo se piensa en el futuro? Si estás abrumado por la pena o la desesperación, el futuro es una sombra enemiga que solo se puede mirar con temor o preocupación. Si, por lo demás, estamos muy ocupados en resolver asuntos presentes que nos acucian, la anticipación del porvenir es mínima y a menudo se reduce a la disposición con que uno afronta el día al levantarse. O sea, que solo pensamos en el porvenir, cuando nos sentimos felices. Y entonces concluyo que, puesto que son las pocas ocasiones en que he pensado en el futuro, no puedo considerarme un hombre feliz.

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