MENSAJES

Por escueto o trivial que sea, un mensaje contiene una información que se comunica y algo que, fatalmente, se oculta. Eso que se sustrae a la comprensión del otro en el mensaje, nunca queda cubierto por la información compartida sino que más bien está presente todo el tiempo, como una sombra, sobre todo cuando por alguna razón el mensaje resulta crucial para nosotros. Por eso solemos volver una y otra vez sobre los mensajes recibidos con la intención de apresar y fijar algo que ha quedado sobrentendido en su sombra: lo que el otro quería decirnos pero no pudo, lo que se proponía ocultarnos y sin embargo nos mostró o la razón por la que un mensaje sigue resonando en nuestra memoria y no podamos desprendernos de él; pero, ay, el propósito es vano puesto que lo propio de las sombras es ser inasibles.

Por mucho que volvamos a leerlos, eso que se atisba en ellos no se puede ni apresar cabalmente ni se puede comprobar sino enviando otro mensaje como respuesta, lo que abre el espacio para una nueva sombra.

La vida contemporánea, que está plagada de permanentes mensajes emitidos y recibidos, acaba por parecerse al Hades, aquel mundo que estaba poblado solo por sombras; y uno mismo acaba por reconocerse entre esas sombras, uno más entre innumerables fantasmas, tan etéreo a inasible como el sentido oculto (y revelado) de esos mensajes propios que uno quisiera que fueran tan justos e inconfundibles como llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Pero ni siquiera la banalidad de este refrán –cosa harto pedestre y vulgar es escribir con refranes– que invoca y alaba la llaneza y la ausencia de ambigüedad consigue evitar que, al releer estos tres párrafos, yo mismo vea aparecer una sombra en el mensaje que forman.

ESTÁS LOCO (II)

Pero ¿qué pasa con el loco?

En su tesis de 1932 Lacan describe algunas peculiaridades de los sujetos psicóticos. Observa que para ellos el mundo a veces significa demasiado, o sea que es un medio sin contorno visible que se le representa rebosando de signos. Todas las cosas le hablan al loco, de tal manera que la única forma de tratar con un psicótico consiste en renunciar a comunicarle un mensaje cualquiera puesto que no sabría cómo procesarlo en medio de la maraña de señales, indicios y significados que lo rodea. Parecería entonces que el psicótico debería aplicarse a ordenar su caos interno pero, aunque resulta paradójico, la manifestación más conspicua de la psicosis es la incapacidad para llevar el caos de la propia experiencia individual a un plano simbólico. Quizá la salida a la locura debería consistir en proporcionar al loco los recursos que le permitirían articular de modo consistente esos signos que encuentra por doquier, pero es un propósito vano porque su vida cotidiana está justamente determinada por esta incapacidad para simbolizar lo que siente. Y simbolizar es algo que no se puede aprender.

Como no puede acceder a ningún orden simbólico, el psicótico vive atrapado en un mundo real  –demasiado real– en el que solo consigue reconocer situaciones que vive como si requiriesen de él una intervención inmediata. Así pues, no puede comunicar su estado a los demás como no sea a través de una actuación; y ésta, en la medida en que escapa a esos códigos simbólicos corrientes que son inalcanzables para el sujeto, acaba por ser muchas veces disparatada o delirante o bizarra y, con frecuencia, acarrea la desdicha para sí mismo (porque es incomprendido) y para los demás (porque infringe los códigos comunitarios que no consigue articular) pese a que, en rigor, cada actuación suya, por delirante o extravagante que sea, es en el fondo, una tentativa de autocuración en forma de una estructura simbólica fallida que recuerda el gesto de Nietzsche cuando se lanzó a abrazar a un caballo en una calle de Turín antes de hundirse en la sinrazón.

A algunos de nosotros, la impotencia del loco con relación a los símbolos nos inspira piedad.

(Y amor.)

Quedar fuera de lo simbólico implica ser incapaz de incorporar una regla social como máxima individual y principio de una conducta razonable. Por eso también observa Lacan que a menudo el psicótico deriva hacia los grupos religiosos y es dado a profesar cualquier fanatismo ideológico o a impulsar obras de caridad, en especial, aquellas que están guiadas por el imperativo de una reforma social o el desarrollo del bien público. Por este medio el psicótico busca inscribirse en un sistema organizado por esas reglas que no encuentra dentro de sí. O bien intenta restablecer el orden por la vía de una justicia bizarra; o si no, a falta de una estructura de referencia interna cree poder hallarla en instituciones determinadas por normas estrictas y explícitas, como son las órdenes religiosas, las sectas y las instituciones jerarquizadas y disciplinarias, como las militares, a las que suele adherir sin condiciones.

(¿Y tú por qué estás loco entonces?)

Buena pregunta. Porque así me lo aseguran, uno que está loco y otro que sabe de qué está hablando, de modo que, aunque yo no lo sé, intento averiguarlo sin hacer daño a los demás.

Lo malo es que no siempre me da resultado.

BACHIANA

Quiero hacer un comentario acerca de la música de Bach pero no tengo la mínima intención de ser original y, por otra parte, no me fío de mis oídos en el deplorable estado de ánimo en que me encuentro. El sonido, sobre todo si está organizado y (como siempre) parece significar algo, arrastra al espíritu del infeliz hasta imprevistas honduras en los momentos de angustia o de desesperación así como exalta hasta la manía a quien ya está presa del entusiasmo.

El sonido musical es la precisión y, al mismo tiempo, lo que aturde y confunde.

Hay dos cualidades inconfundibles en Bach: la arquitectura sonora, que fascinaba a Glenn Gould; y el dramatismo, que reconozco ahora mismo, claramente, en el comienzo de su Pasión según San Juan. Ambas cualidades son precisamente captadas y referidas por Villalobos en sus Bachianas brasileiras. El dramatismo en Bach no es solemne ni circunspecto y tampoco trágico sino piadoso. Es el drama de la piedad cristiana interpretado por la sensibilidad de un bárbaro.

Pero el cristianismo no es germánico sino por adopción, de modo que la música religiosa de Bach revela un sincretismo insólito. ¿Cuál será el efecto sincrético que produce en mi ánimo? ¿Cuál es la fibra íntima de mí mismo que se mueve al compás de esta invocación de Dios?

No puedo saber si es el eco de mi dios o si es el de algún otro el que resuena ahora dentro de mí y, por mucho que lo intento, la música de Bach no puede despejarme este misterio.

ESTÁS LOCO

Los contextos en que la locura (mejor dicho, la psicosis) se convierte en una incógnita o en un diagnóstico indeterminado son tan inquietantes como el contenido propio de la psicosis y las formas en que se la clasifica en la psicopatología: paranoia, esquizofrenia, melancolía, etc.

Piensa cómo reaccionarías si te fuera imputada la inducción de un estado psicótico sobre otro; o si quisieras determinar si el psicótico está loco porque no tiene contacto con lo real o a la inversa, quizá porque tiene demasiado contacto con la realidad o porque la ve muy de cerca y no puede destacarse de ella.

No habrá ninguna definición consistente del filosofar mientras esté pendiente la delimitación estricta entre lo normal y lo patológico. No olvidemos que la teoría, según se mire, puede ser pensada como un delirio razonable. Y el delirio –como se comprueba a diario– es una conducta que intercambiamos con todo tipo de individuos; algunos, por cierto, muy próximos.

ESO NO SE DICE

Cuando Internet se vuelve noticia sucede por dos razones. La primera es de índole propiamente tecnológica: una nueva aplicación, un avance en el progreso totalizador del mundo virtual y la concepción 2.0 de nuestra vida, etc. La segunda siempre está relacionada con la desvirtuación de la función comunicativa de esta herramienta, cuando un desaprensivo (cada vez más común) maltrata la libertad de opinión y comunicación para convertirla en corrillo agresivo y deshumanizado.

Son cada vez más los discursos que exigen una regularización lega, civil y penal, de Internet. La Red de redes es, efectivamente, guarida de anónimos. No obstante, ello no ha de ser impedimento para la autorregulación, tampoco ha de ser impulso de la falta de respeto y las vejaciones.

Hay una generación que ha nacido con Internet y que por tanto, tiene formas y usos que se ajustan de modo natural a ello. Los más han tenido que adaptarse a Internet y su “nueva forma” de entender el mundo.

La razón por la que las personas más correctas o más normales actúan de forma desmedida en Internet atiende a la inadaptación. Como los niños a los que se les regala un juguete nuevo y no saben usarlo, el usuario novel de Internet padece la misma incapacidad. Todo se educa, cómo y qué se puede hacer en Internet, también. El uso y la costumbre como en muchas facetas del aprendizaje es un buen bálsamo para curar esas convulsas reacciones.

Las preguntas que se plantearían a continuación serían “¿a quién le toca educar?”, “¿quién nos debe corregir cuando nos excedemos?”

Habrá quien suponga que es un precio a pagar, que es un mal menor por el acceso ilimitado al mundo. Otros dirán que el “sentido común” es vara rasa para Internet también. Lo cierto es que aún estamos construyendo las normas de uso en este ámbito.

No obstante, relativizar este fenómeno puede servir como mínimo para entenderlo. No se trata de que lo común en Internet sea ya la degradación del prójimo bajo el anonimato, sino que ese anonimato no sea punible por el Estado. Esto es así, al menos para aquellos que exigen una legislación para la expresión libre allí. En otras palabras, no se trata de corregir el problema, sino de castigarlo. Ignorar al individuo anónimo no basta, hay que coartarlo para que sirva como disipador para otras voluntades.

En este punto, quizás convenga recordar que Internet es solo una herramienta; lo que falla es el sujeto. No eliminaremos al mal educado, al desaprensivo, por el mero hecho de legislar el medio. Mi teléfono es de última generación y sigo recibiendo insultos cuando a alguien se le antoja. Por muy alta que sea la tecnología del diseño de nuestro urbanismo, nada impide que alguien que nos increpe con oportuna incorrección en medio de la acera.

EL TELÓN

Los dos momentos cruciales en una representación teatral son el primero, cuando se abre el telón y el último, cuando las cortinas se cierran sobre la escena. El telón separa claramente la representación del mundo real (o de lo que tenemos por mundo real), abre el espacio de la ficción y, una vez que la obra ha terminado, indica al espectador que todo vuelve a ser lo de siempre, que todo lo que era fantasía y esplendor recupera la forma y la sustancia habituales: lo mismo que le pasaba a la Cenicienta. En las llamadas artes visuales este corte nítido que separa lo real y de lo ficticio es un rito casi insoslayable. Está en los títulos que preceden a la proyección de un film, a veces por el simple requisito que obliga a mencionar a las empresas que han participado en la producción; y en el lento despliegue de los créditos al final de la sesión; y no hay manera de evitarlo.

Podría pensarse que el corte entre lo real y lo ficticio, entre la escena representada y la realidad, solo se manifiesta en las artes visuales, pero incluso se puede detectar en cualquier otro producto imaginario, en las llamadas obras de arte. En los libros (por supuesto) y en las exposiciones, en los conciertos y en las celebraciones. Hasta la Misa tiene un rito de iniciación y otro de cierre que marca el espacio sacrificial en la liturgia. Toda tentativa de alterar la jerarquía, de borrar la diferencia esencial entre representación y acto, a la postre resulta un esfuerzo infructuoso. El (llamado) arte tiene que destacarse de lo real. No hay realismo capaz de trascender la pauta diferencial de la representación.

A menudo hacemos como los telones cuando tomamos una decisión dramática con la que cerramos un ciclo cualquiera. Ocurre cuando firmamos un finiquito laboral o damos por inaugurado un proceso, o cuando cambiamos la decoración de un ambiente o la estructura de una casa que ya nunca volverá a ser lo que fue. Interrumpimos una relación querida o dramática, o rompemos un compromiso, o sellamos con un gesto un cambio de estado que nos afecta o afectará al otro.

Esos cortes son como el telón, solo que en lugar funcionar como en el teatro, donde sirven para marcar los límites estrictos de una ficción, convierten en ficción eso que se proponen delimitar, en la medida en que arrojan un cúmulo de acontecimientos vividos al vago territorio de los recuerdos; y así, la experiencia acumulada en esos acontecimientos, como suele ocurrir con las ficciones, queda a merced de los caprichos del olvido.

LA INOCENCIA (II)

La inocencia es una especie de literalidad.

Suele darse sobre todo en la niñez, de ahí que se la llame “edad de la inocencia”. En la niñez se tiene exagerada confianza en los signos, se cree que las hadas y los dragones existen y que los sueños son pedazos de esa vida que los adultos llaman real y que los niños encuentran realizados en todas partes.

En la medida en que la inocencia es cosa de niños, el adulto inocente suele ser un individuo infantil o inmaduro pese a que la inocencia en la vida adulta no se parece tanto a la del niño. La de éste es espontánea mientras que la del adulto suele ser un modo recursivo e inconfesado –aunque deliberado– de hallar refugio contra el mal. El inocente es uno que se ha autoconvencido de que el mal no existe (o sí, pero en la forma de un ogro o una bruja o de una mala pécora), a fin de cuentas, para no tener que hacerle frente. Vive convencido de que lo que le pasa, sea bueno o malo, se lo merezca o no, es obra de alguna intención y le está dedicado; y así, mira cada nuevo avatar en su propia vida como quien abre las cajas de los regalos en Nochebuena: permanentemente a merced de la exaltación o del fiasco.

Perdemos la inocencia (y bien está que sea así) cuando nos alejamos del hogar familiar y de los halagos de nuestros padres, pero nos pasamos la vida tratando de recuperar la beatitud que obtenemos con ella buscándola en brazos del ser amado. Empresa vana, porque el amor es cosa perecedera, de tal modo que los momentos de inocencia en la pasión amorosa son muy pocos y demasiado efímeros. Así pues, el inocente es un badulaque enamoradizo que se arrastra de decepción en decepción.

¿Por qué entonces incurrimos una y otra vez en actitudes inocentes si está escrito que habrán de ser frustradas? ¿Por una inútil rebelión contra el paso del tiempo? No. Tratamos de permanecer inocentes porque vamos en busca de verdades literales: estamos convencidos de que hay un mundo que es tal cual y que es el nuestro; y de este modo acabamos por ser víctimas propiciatorias de todos los engaños, las ilusiones y las maquinaciones tramadas por otros.

Los inocentes no somos niños sino –tiene razón Jankélévitch– vulgares estúpidos.

LO OBSCENO

Las reflexiones en torno a lo que se ve (o lo que se puede ver o no, lo que se hace ver, etc.) están cargadas de equívocos. Por ejemplo, consideremos esta observación ocurrente de Jean Baudrillard:

La manera en que la ilusión aparece es la escena, la manera en que lo real aparece es lo obsceno. (Baudrillard, Las estrategias fatales, 71)

Se plantea aquí una dialéctica que traduce la incompatibilidad entre lo que se quiere ver (que siempre es una ilusión, o bien algo que ilusiona) y lo que uno prefiere no ver (lo real) pero cuya negativa –no me lo muestres, no quiero saber nada de eso– uno se niega a reconocer como tal, de tal modo que la reacción ante lo real no se nos aparece como tal negación sino como afirmación: esto que me muestras es obsceno. El tener algo como obsceno expresa el rechazo a ver lo real, al mismo tiempo que es la afirmación de que algo nunca figura en la escena porque está fuera del campo de la mirada; o bien que toda mirada productora de una escena es la ocultación de eso real que, quien mira, no quiere ver. Lo obsceno, así, es el producto de una determinada manera de ver, nunca una entidad en sí misma.

Cuando acusamos a alguien de ser obsceno o de cometer una obscenidad, decimos en efecto dos cosas: que se ha cometido un atentado contra la necesaria ilusión que requerimos para poder sostener nuestra vida en el mundo; y que se nos ha enseñado lo que, cualquiera que sea la condición, ha de permanecer oculto. La rebelión contra la obscenidad es, en el fondo, un rechazo de la verdad.

Ahora bien, en la frase de Baudrillard se afirma que lo real, cuando aparece, es obsceno; o sea que Baudrillard afirma que lo real es lo que queda fuera de la escena. Si esta expresión fuera del todo cierta, toda pintura, en la medida en que hace ver lo que no se ve, lo que no se pone en escena, habría de ser considerada obscena. No habría entonces obra de arte que no fuera obscena. Pero cierto es que llamamos “obsceno” no a un contenido determinable en un objeto sino al sentimiento que nos une a él: como la belleza que, según Hume, no dice nada del objeto bello sino de la relación que entablamos con él. Así pues, en rigor, lo obsceno describe nuestra relación con lo que está siempre fuera de la escena.

(Damos vueltas en torno a un asunto que no podemos ver; y, si lo vemos, lo rechazamos por obsceno.)

La cuestión es aún más difícil puesto que la escena no tiene contenido específico y, en cambio, lo obsceno sí lo tiene: podemos identificarlo en nuestro rechazo aunque –como cabe a lo real, que es enigmático– no podamos explicar por qué lo rechazamos.

No puedo seguir: estoy en un cul-de-sac.

TEMOR AL SUFRIMIENTO


Quien teme sufrir sufre ya por lo que teme.
(Montaigne. Ensayos III. Madrid: Cátedra, p. 360).

Al leer esta cita, he recordado uno de mis miedos infantiles que surgía de forma inesperada en la oscuridad. Uno de ellos aparecía en mi habitación, por la noche, justo antes de poder conciliar el sueño, cuando el rostro familiar de mi madre ya no estaba presente, ni tampoco su voz para sentirme en compañía. Ella se iba confiando que podría conciliar el sueño sola, pero antes de hacerlo, me recitaba una oración que invocaba a Jesús en su ausencia y que me hacía repetirla con ella. En soledad, una densa oscuridad envolvía mi entorno haciendo invisible cualquier objeto. Entonces en mi imaginación se despertaba un temor a que alguien desconocido y sin rostro estuviera debajo de mi cama y pudiera coger alguna parte de mi cuerpo que estuviera al descubierto para arrastrarme con él.

¿Cómo defenderme de aquel tormento de mi imaginación? Para ello, tomaba algunas medidas de precaución muy eficaces: me tapaba con las mantas todo el cuerpo hasta la cabeza y, a continuación, recitaba de memoria una y otra vez, una oración que mi madre me había enseñado: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tómalo, tómalo, tuyo es y mío no”.

Usaba mi propia voz para invocar una presencia imaginaria, la de Jesús, siendo niño como yo, sugerida en la oración que mi madre me había enseñado. ¿Y qué pueden hacer los niños, entre otras cosas? Jugar juntos y divertirse. Ahora comprendo la eficacia que tienen las oraciones o las máximas que, desde la antigüedad, se les proporcionaban a los hombres para que pudieran recitarlas en voz alta para sentirse protegidos imaginariamente en situaciones de peligro.

En la oscuridad, estamos rodeados de lo desconocido, y la propia oscuridad convoca nuestros fantasmas. Siendo niños, cuando tenemos miedo a que algo peligroso nos suceda, nos sentimos solos con nuestros fantasmas y estamos abrumados por ellos. En la Biblia, Dios alienta a los que temen con declaraciones como: No temas, porque yo estoy contigo (Isaías 41:10). La fe acepta el hecho de que el problema es demasiado grande para nosotros (como niños) y también el consuelo de que no estamos solos con él; tenemos a Dios, como figura de padre protector al que podemos invocar.

Pero, ¿y si resulta que eso que más tememos es lo que deseamos que ocurra? El temor de ser un objeto para el Otro en el fantasma es recurrente en todos los niños, en el tiempo en que desearían separarse del Otro para constituirse como sujetos de deseo, pero aún no pueden. Esas figuras monstruosas de nuestra infancia no dejan de invocar el deseo del Otro, que en este caso convoca al goce.

Para mí, ese temor y las medidas de protección infantiles se desvanecieron con el tiempo. Ahora, su recuerdo, sólo me hace sonreír.

UNO MISMO

Vuelvo sobre la frase de Céline: devenir soi même avant de mourir que recoge un sentido que por momentos se me escapa y que, en otras circunstancias, comprendo en todo su valor. ¿Qué puede querer decir “uno mismo” cuando, en toda condición, eso es lo que uno es?

Cuando se es joven –lo que debe leerse como el reconocimiento de que quien esto escribe ya no lo es– se cifra la condición de uno mismo en un resultado, lo que los anglosajones denominan un feat, palabra que se traduce pobre y toscamente en español como “logro”. Ser uno mismo es realizarse –qué metáfora tan cursi–, es decir, realizar una ambición o un propósito, la reparación de un daño recibido, como sacarse buenas notas o ganar un premio literario. O ser un oscuro objeto de deseo para los demás, una celebrity en la sala de conciertos, en la profesión o en el triatlón. Soy yo mismo si formo una familia feliz o fundo una gran empresa o si consigo llenar un anaquel completo de mi biblioteca particular con los lomos de mis propios libros, tal como un día detecta con íntima complacencia Sartre en un texto autobiográfico al mirar su obra pulcramente expuesta en la biblioteca de su estudio. Es paradójico, pero esta realización del sueño de ser uno mismo depende de la visión que se quiere dar a los demás a través de una obra o de una acción sobresaliente juzgada por otros. La mayoría de las aspiraciones comunes son de este tipo y, de hecho, la cultura y la sociedad están llenas de realizaciones de estos sueños infantiles finalmente logrados por hombres y mujeres de todas las condiciones. Y bien está.

Pero el uno mismo del que escribe Céline no es eso. Hay momentos de lucidez en que consigo representarme qué es y descubro que es justamente lo contrario de una obra, cualquiera que sea. Ser uno mismo no tiene nada que ver con la realización de un sueño sino una esperanza que se colma cuando ya no se espera nada de la consumación de una vieja aspiración o de un deseo trazado por otro para uno. Todos somos, para bien o para mal, el sueño proyectado por otros para nosotros. Ser uno mismo tiene que ser, en cambio, un acto gratuito, nunca una reparación o el pago de una deuda contraída sin querer o a sabiendas. Se parece más bien al tipo de experiencia que se atisba en la frase de Dylan Thomas –no puedo confirmar esta cita, que hago de memoria; no puedo saber si, en efecto pertenece a él:

Hoy es un día perfecto para abrir un bar.

Cuando se llega a experimentar este deseo en su pura desnudez, se alcanza –creo– el grado de la mayor libertad posible. Lástima que sea antes de morir; y quizá por esto lograrlo resulta tan deprimente.