AUTORRETRATO

La galería de personajes con los que un hombre (o una mujer) de espíritu puede identificarse puede ser larga, a poco que se mantengan bien dispuestos la curiosidad infantil y –naturalmente– el buen criterio. Se puede trazar un perfil muy preciso de un individuo con solo atender a las figuras en las que se ve representado. Yo, por ejemplo, siempre he sentido más simpatía por Héctor que por el bello e irascible Aquiles. He llorado por el destino de Aníbal después de batalla de Zama y por César, apuñalado en el senado de Roma por unos miserables conjurados republicanos. Quizá por eso los Idus de Marzo son para mí una fecha aciaga y de recogimiento. Admiro el sentido íntimo de Agustín, la elegancia de Mantegna y la formidable racionalidad de Thomas Hobbes y, aunque nunca he sido favorable a la Revolución Francesa, prefiero a Saint Just tanto como desconfío de Robespierre y, cuando leo acerca de las guerras napoleónicas me asombra y me conmueve la vida de Ney, el mariscal plebeyo, que transcurrió toda ella entre salvas de fusil, cañonazos y nubes de pólvora. ¿Por qué me gusta Ney si no me considero plebeyo y tampoco he pisado un campo de batalla?

En materia literaria y filosófica, mis preferencias son aún más arbitrarias. Puedo admirar a un escritor incluso si lo encuentro un tanto cursi, como me sucede con Ernst Jünger; o a un filósofo como Hegel, cuyos textos oscuros nunca estoy seguro de haber entendido del todo; o a un poeta ramplón, borracho, misógino y algo reaccionario como Philip Larkin, porque sintió lo mismo que yo cuando cumplió los cincuenta años. Puedo disfrutar de una árida especulación metafísica pese a que, en general, la metafísica me da risa; y la contradicción que esto implica no me quita el sueño porque la he visto manifestarse con relación a muchos otros contextos: el afeminamiento de Proust me resulta chocante y totalmente ajeno y, en cambio, esos mismos atributos afeminados en los ensayos de Roland Barthes me parecen maravillosos y propios de un ser superior que, como Tiresias, conoce los dos necesarios aspectos de toda experiencia. Cuando leo o cuando miro atentamente una obra de arte o cuando escucho una música no puedo evitar tomar partido o pensar que todas estas preferencias mías, que forman otras tantas identificaciones, están estructuradas y jerarquizadas y me han permitido compartir la compañía de otros espíritus, lejanos y desconocidos, con los que formo una comunidad inconfesada así como me han servido para conocer el lado oculto de mí mismo, lo que nunca confieso.

Así pues, cuando el vizconde François de Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba (trad. de José Ramón Monreal. Barcelona: Acantilado, 2004, vol I, pág. 93) escribe:

Progresé en el estudio de las lenguas; llegué a ser muy bueno en matemáticas, por las que siempre he sentido una marcada inclinación; habría sido un buen oficial de marina o de ingenieros. Yo había nacido con una buena disposición para todo: sensible tanto a las cosas serias como a las agradables, comencé por la poesía, antes de recalar en la prosa; las artes me arrebatarían; he amado apasionadamente la música y la arquitectura. Aunque propenso a aburrirme de todo, era capaz de captar hasta los mínimos detalles; estaba dotado de una paciencia a toda prueba y, por más que me cansara lo que me tenía ocupado, mi obstinación era más fuerte que mi desagrado. Nunca he dejado a medias nada que valiera la pena acabarse; hay cosas que he proseguido durante quince y veinte años de mi vida, tan lleno de entusiasmo el último día como el primero. Esta ductilidad de mi inteligencia podía verse hasta en las cosas secundarias. Era hábil jugando al ajedrez, diestro en el billar, en la caza, en el manejo de las armas; dibujaba pasablemente; habría cantado bien, de haberme educado la voz. Todo esto, unido al tipo de educación que recibí, a una vida de soldado y de viajero, hace que no me haya mostrado pedante, que no haya tenido nunca el aire estúpido o suficiente, la torpeza, las costumbres indelicadas de los hombres de letras de antaño, y mucho menos la altanería y la seguridad, la envidia y la vanidad fanfarrona de los nuevos autores.

Salvo en el gusto por las matemáticas, siento que Chateaubriand escribe acerca de mí mismo, que no es él quien se retrata sino que este soy yo; y solo si agudizo la razón concluyo que mi identificación con este texto es obra de la fantasía, como lo es cierta tendencia personal –por desgracia, muy dañina y quijotesca– a dar por real lo que, en verdad, no es más que un producto de la imaginación, deplorable falta en la que incurro sobre todo cuando me encariño por otro.

La invención del otro por obra de una pasión, de un gusto demasiado estricto y avasallador o de una incontenible capacidad de goce, no está sin embargo tan alejada de la proyección de afinidades y es también, como éstas, una extraña manera que uno tiene de hacerse con un autorretrato (o de contemplarse en el espejo).

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