SOBRE EL DESPERTAR DE LOS SUEÑOS

No somos conscientes cuando pasamos del estado de vigilia al estado del sueño; sí, en cambio, cuando dejamos de dormir y despertamos al estado de vigilia. En castellano el término “sueño” es ambiguo, ya que designa tanto el acto de dormir como las imágenes que se sueñan. Aristóteles en Acerca del sueño y de la vigilia distinguía con dos términos, el gr. hýpnon como “sueño”, para referirnos al acto de dormir, y el gr. enýpnion como “ensueño”, que hace referencia a las imágenes que se sueñan. El verbo “soñar”, por el contrario, no resulta ambiguo; significa poder “representarse en la fantasía imágenes o sucesos mientras se duerme”.

Freud escribe en su obra La interpretación de los sueños (O.C., Amorrortu, tomo IV, p. 31) que antes de Aristóteles, (Artemidoro Daldiano, Oneirocrítica) los antiguos no concebían al sueño como un producto del alma soñadora, sino como una inspiración de los dioses, de acuerdo a su cosmovisión del mundo por la que proyectaban fuera lo que no era más que un producto mental subjetivo. Que consideraran el sueño como algo extraño y no propio se corresponde con la impresión que provoca el sueño en la vida de vigilia cuando su recuerdo perdura al despertar: en el recuerdo, el sueño se presenta como algo ajeno, cuyo sentido se desconoce y contrapuesto a los otros contenidos de la conciencia.

¿Qué nos sucede en el momento de despertar? ¿qué es estar despierto? Abrimos los ojos y comenzamos a percibir el lugar y los objetos que hay ahí. El despertar se parece a abrir una puerta que nos permite ver lo que hay detrás de ella. Así también, cuando abrimos los ojos, abandonamos el mundo de los sueños y entramos en nuestra realidad cotidiana.

Ese mundo de los sueños es invisible y cabe preguntar qué nos muestran los sueños de nuestra subjetividad: de nuestros deseos, nuestros temores, angustia, etc.

Cuando hemos tenido un sueño, al despertar podemos cerrar los ojos y mantener por breve tiempo en la conciencia nuestras imágenes oníricas, nuestro ensueño. Si no queremos olvidarlas, cerramos los ojos para intentar recuperarlas; comprobamos que es incompatible mantener a la vez la visión interior de las imágenes oníricas y las imágenes que vemos de los objetos reales por percepción visual. Ambos actos se excluyen mutuamente. Poner por escrito el sueño nos permite componer un relato. La escritura nos ayuda a dejar constancia de nuestro sueño, que deja de ser imagen para convertirse en un texto que podemos interpretar con sentido. El sentido es resultado de las relaciones que se establecen entre expresiones lingüísticas. Pero no nos quedaremos atrapados en el sentido, sino difícilmente accedemos a esa escena invisible de los sueños. “Lo mental es tejido de palabras, entre las cuales hay equivocación”, dice Lacan en el Seminario 24, L´insu que sait de l´une-bévue s´aile à mourre (1976-77). Eso quiere decir que lo que se dice del sueño participa del equívoco. Si el texto pasa a ser narrado, pasa a ser palabra y en ese contexto puede hacer sonar otra cosa que sentido. Se trata de atrapar algo del decir, cuya enunciación participa del equívoco. Lo que hace la poesía al utilizar el doble sentido y violentar el sentido de la lengua, nos da una idea de cómo se puede captar esa operación que consiste en leer la letra del sueño.

Así pues, ¿cuándo se está realmente despierto? ¿Cuando lo que se presenta y representa tiene sentido o cuando lo que se presenta y representa es sin sentido?

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