PROPOSICIÓN DESHONESTA

En un cuento incluido (creo) en El héroe de las mujeres, Adolfo Bioy Casares, que durante toda su vida hizo gala de exquisito refinamiento –en su caso, nunca mejor dicho– y que, según él mismo confesó, fue un grande e incontenible mujeriego, pone esta frase en un diálogo de seducción que el personaje del cuento mantiene con una mujer, mientras la conduce en automóvil por las carreteras del sur de Francia:

–Si usted me permite: me muero de ganas de hacerle una proposición deshonesta.

(Cito de memoria E.L.)

(Si yo fuese mujer, no sería capaz de rechazar un abordaje como este.)

La fórmula sibilina y recursiva del personaje resulta notable no solo porque la enuncia un individuo que se tira un lance sino porque –a mi juicio– contiene todos los ingredientes sutiles que nos hacen caer rendidos ante el “estilo” de un escritor. Merece la pena examinarla con algún detalle.

Por una parte, el diálogo se inscribe a propósito en la estricta distancia decorosa que impone el “usted” pero, por eso mismo, la invitación resulta mucho más audaz de lo que sería una insinuación vulgar y corriente. Actualmente se usaría una fórmula mucho más directa, incluso soez, como he visto en una película de Quentin Tarantino:

–Wanna fuck..?

En segundo lugar, el personaje consigue confesar el fortísimo deseo que lo embarga y al mismo tiempo se las arregla para disimularlo con pudor o vergüenza, pero sin dejar de acosar a su presa, apelando a la reconocida inclinación que tienen las mujeres a dejarse embaucar por los hombres débiles o delicados. Incluso ese “me muero de ganas” que suena casi infantil, aparece como la confesión de una travesura, o si no, como una invitación a participar en ella. De hecho, el seductor no invita a una infracción sino a una aventura de niños que –como sabe casi todo el mundo– no es tal. Y, por último, encubre el erotismo de la propuesta con un manto victoriano –“proposición deshonesta”– que, paradójicamente, la hace aún más atractiva.

Algo me indica que esto precisamente es lo que actúa todo el tiempo en su trabajo el escritor cuando es consciente del indefinible “estilo” de su escritura: fraguar una invitación para un evento imaginario construido solo con palabras. Pensado así, el estilo del escritor es casi el paradigma de la proposición deshonesta.

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