GALANTERÍAS

–Estás muy joven. –comenta Ingrid Bergman.
–Tu compañía me rejuvenece. –responde él (Cary Grant).

Extraigo esta galantería de Encadenados (Hitchcock, 1946) a sabiendas de que es casi imposible escucharla hoy en día. Por alguna razón me resulta deliciosa, por lo extravagante.

Ya no se habla así, ni siquiera en un contexto literario. La riqueza infinita de la lisonja, como la riqueza de cualquier forma de modales refinados, incluso de esos modales que son tan cursis, de las fórmulas de la etiqueta o de las muchas liturgias que antaño ocupaban el espacio de lo público, todo eso parece que va perdiéndose irremisiblemente, como está escrito que suceda con los códigos que no se adaptan a los imperativos de la eficacia y la función. En esto mucho ha tenido que ver una parte del arte de vanguardia –probablemente sin proponérselo– porque los vanguardistas, como en general las personas que se consideran “de izquierdas”, suelen ser –pero solo cuando son moralmente rescatables– muy ingenuas.

Estamos dispuestos a aceptar que “se hayan perdido las formas” y lo hacemos con resignación, incluso llegamos a invocar principios trascendentes o teóricos para justificar esa pérdida y tenerla como transformación hacia algo muy nuevo. Conservamos el vocabulario de otros tiempos: todavía nos parece “bello” un edificio funcionalista o un mueble déco o un cuadro de Paul Klee (sobre todo si lo detectamos sobre el fondo de un montón de basura coloreada en la sala de exposiciones de un museo de arte moderno); pero, ¿se puede admitir la llaneza del lenguaje que empleamos hoy en día como equivalente de las expresiones usadas en otros tiempos? El habla cotidiana, dícese que se enriquece cada día con tecnicismos, con la profusa jerga carcelaria y con la progresiva e insistente incorporación de los errores gramaticales inspirada en la regla tácita de que la norma es el uso, pero esta aparente riqueza del vocabulario oculta una pobreza radical. No es la pérdida de la formalidad por la forma misma lo que se añora en el actual estado de indigencia sino la paulatina desaparición de la ironía, que antaño era la necesaria compañera de las formas y los modales. Hoy en día las expresiones de humor o de ingenio muchas veces son sustituidas por el gag que, como sabemos, empieza por ser visual y casi nunca pasa de eso.

No se sabe qué está primero: si la desaparición de los modales o la aparición de reglas que no regulan nada. Hemos olvidado que una regla no es sólo un límite sino un obstáculo que, si es preciso, se ha de sortear; y, de este modo, se convierte en una incitación a la trasgresión. Solo la trasgresión es generadora de una forma nueva y solo a través de una forma llegamos a la cosa: modelo de platonismo irrenunciable que resulta esencial en nuestra no menos irrenunciable tradición de pensamiento. De tal modo que la tolerancia a la grosería viene acompañada de una deriva hacia la literalidad y con ésta, a la ausencia de ironía y al triunfo de la ramplonería.

(¿Y la trasgresión? Ya no hay trasgresión, solamente atentado, boutade, ex-abrupto.)

La mayor parte de los hablantes ya no emplea el lenguaje: designa, refiere, comunica, a menudo ni siquiera utiliza palabras y se contenta con gesticular, como hacen los raperos. El hablante está seguro de que no hay nada que no pueda decir y, en consecuencia, dice solamente lo que quiere comunicar. Su aparente liberalidad oculta su pobreza relativa porque, como no hay nada contra lo que un hablante pueda rebelarse, casi no tiene ocasión para el descubrimiento de algo nuevo.

Me pregunto cuánto tardará esta pobreza relativa en afectar el modo en que internalizamos otras reglas de la vida. Las reglas sexuales, por ejemplo. Cuándo, de tan permisivos y literales y explícitos, habremos vuelto al sexo del misionero –a lo literal– sin darnos cuenta.

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