EL PUENTE MILVIO

Conducía el motorino por la calzada romana que recorre la ribera del Tíber en dirección al Puente Milvio. Yo creía que iba en busca de sellar allí mi compromiso contigo, pero ahora descubro que en realidad estaba huyendo.

Y –mira qué cosa–, de todas formas otra fuerza desconocida, mucho más poderosa que mi razón o mi deseo, había decidido que ni el compromiso ni la huida habían de cumplirse. Estuvimos un buen rato bajo la canícula romana intentando sortear los automóviles pero, por muchos esfuerzos que hice, hubo un momento en que el monumental atasco de Roma no nos dejó avanzar más; y, al final, nunca llegamos al Puente Milvio.

Yo sé que un día esa misma fuerza me arrastrará.

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