LA SEPARACIÓN

En Little Gidding, el más sombrío de sus Four Quartets, T. S. Eliot describe una de las primeras señales de la llegada de la vejez como el comienzo de la separación de la mente y el cuerpo. Su descripción es tan descarnada como la de un sabio estoico.

Primero es el final del deseo, que empieza por la experiencia de un desinterés que no es estético; y a eso sigue un hastío que por último desemboca en indiferencia. Segundo, la manera como el pensamiento se independiza y se despoja de los lastres del cuerpo: el cuidado de sí, la higiene, la coquetería, la alimentación, etc., que unos –los que son ilusos e incapaces de reconocer su propia desdicha– experimentan como una especie de liberación.

(¿Liberarse de qué? ¿Por qué ha de ser mejor el pensamiento que trabaja “libremente” y no bajo el influjo de alguna poderosa pasión del cuerpo? Cuando la mente está enajenada por la voluptas puede que sea torpe e incapaz de dominar la mayoría de las cosas, incluso las más mundanas, pero en compensación tiene la oportunidad de pensar una experiencia maravillosa.)

En tercer lugar, la forma precisa en que se dan a la mente los signos de la decrepitud, física y espiritual, algo que solo es posible cuando la mente está desentrañada, despojada de sus propias entrañas, como la piel vieja que el abejorro deja abandonada en los árboles de la selva del Iguazú.

Y, por último, ese discurso que se repite, como una salmodia que vuelve una y otra vez, en boca del viejo: acerca del significado de la vejez.

Una agonía en cuatro pasos. Enumerar sus síntomas es signo de una lucidez distinta que anticipa en mí la separación y que, por una vez (o ya definitivamente), no conlleva complacencia alguna.

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