APOLO

Pierre Grimal en su Diccionario de mitos describe así a Apolo, un dios al que invoco en secreto siempre que comienza un año pues siento simpatía por él:

[…] un dios muy hermoso, alto, notable especialmente por sus largos bucles negros de reflejos azulados, como los pétalos del pensamiento. No es de extrañar que tuviese numerosos amoríos con Ninfas y con mortales. (Grimal 1997, 36)

No puedo explicar mi simpatía, que quizás sea una muestra de inconfesada solidaridad. Apolo fue desafortunado en sus aventuras amorosas: Dafne lo rechazó, Casandra cayó seducida por sus artes adivinatorias y aceptó ser aleccionada por él, pero una vez instruida, también lo abandonó y el dios acabó vengándose de ella retirándole el don de inspirar confianza en sus predicciones; y Marpesa, una mortal, huyó de él escapándose con un semejante, temerosa de que Apolo la dejase cuando ella llegara a la vejez. Ni siquiera en el amor de los efebos tuvo éxito Apolo. Amó a Hiacinto y Cipáriso, pero ambos héroes murieron y se metamorfosearon, el primero en jacinto, el segundo en ciprés.

Una leyenda tonta difundida por Nietzsche pone a Apolo enfrentado a Dioniso. La pretendida rivalidad entre dioses se compara con la que, en nuestras fantasías, separa a la luz, el orden y la medida de las tinieblas, la desmesura y la pasión y explicaría por qué los griegos (y nosotros) tendemos a considerar lo apolíneo como un ideal inalcanzable e injusto y en cambio admiramos lo dionisiaco, por creerlo asociado a la embriaguez, a las fuerzas vitales y a la voluptas, que nos representamos como los atributos genuinos de lo humano.

Pero (al diablo con el Nietzsche romántico) yo siempre he pensado que nuestra auténtica humanidad está en Apolo, el dios perdedor que en la Iliada apoya a los troyanos y cuya excelencia lo hizo infeliz, pues abrasaba a quien se aproximaba demasiado a ella.