2014

MOLOTOV

La calle Madero era una calzada ordinaria trazada entre dos finales abruptos. Uno de ellos remataba en una alambrada que la atravesaba entre dos veredas sucias y daba a una zanja poblada de cañas; y más allá, entre matorrales y basuras, la ladera del terraplén por el que circulaba el tren de la línea llamada General Belgrano. Había dos casas allí, casi pegadas al borde del terraplén, aunque él no recordaba haber visto ni una sola vez a sus probables habitantes. Era un lugar apartado y sombrío, como la mayoría de las calles cortadas del barrio de Vicente López. Allí se reunían al anochecer las parejas para hacerse el amor y dejaban los restos de sus apasionados encuentros, desparramados como las señas de un crimen. Algún pañuelo olvidado, una pulsera barata, un broche de pelo y muchos preservativos usados y sus cajas, de la marca Velo Rosado. En alguna ocasión había encontrado uno, enroscado con un nudo impecable y todavía con el semen fresco dentro, empujado por el viento, colgando de la alambrada.

No eran habituales las calles cortadas en la planta municipal de Vicente López pero en todas ellas había algo singular; o quizás su propia presencia como excepción las hacía más sugestivas. Estaba claro que las calles se cortaban allí donde los jardines de las casas más grandes, algunas de ellas del tamaño de una manzana, rompían el diseño cuadricular que es característico de las urbanizaciones del Gran Buenos Aires e interrumpían el monótono trazado de la cuadrícula urbana. Por una vez, sus propietarios no habían infringido las normas urbanísticas al construirlas y vallarlas sino que esas fincas ajardinadas de altas paredes y rejas cubiertas de enredaderas, simplemente estaban ya allí mucho antes de que los terrenos baldíos circundantes acabaran por ser fraccionados en lotes y parcelas más pequeñas y, tras sucesivas recalificaciones del suelo, dieran al barrio su aspecto definitivo. Era divertido descubrirlas con la bicicleta, como pequeños fines del mundo; y asomarse al otro lado de las tapias que las cerraban o imaginar qué hacía la gente en ellas.

La calle Madero se extendía, pues, entre dos cortadas, a lo largo de unas doce cuadras. En una estaba el terraplén que servía de refugio a los enamorados y en el otro extremo una pequeña plazoleta a la que se llegaba tras subir por una cuesta empinada. En el centro de la plazoleta había un monolito con una estatua de don Eduardo Madero y, a la derecha, la vereda se extendía por una escalinata de piedra y baldosas pardas inusitadamente amplia, construida sobre la barranca que descendía hacia el barrio cercano a la estación de tren Mitre. Hasta allí fueron al final de una tarde de invierno él y sus inseparables compañeros, Pancho y Marcos, y un desconocido que se hacía llamar Mario, venido para enseñarles una técnica rudimentaria para fabricar la bomba Molotov.

Estuvieron un buen rato en el garage de casa manipulando los ingredientes necesarios para la Molotov y atentos a las instrucciones de Mario, que cumplió con su función con una eficacia casi profesional. Era un tipo flaco y desgarbado con la cara picada de viruelas y un flequillo grasiento que le caía sobre la frente. Había pedido que le trajeran una botella vacía de vino barato de la marca El Resero, un bidón de nafta y una bolsa de papel de estraza; y, por su parte, trajo un botellín de ácido sulfúrico y un sobre de plástico con un polvo amarillo apagado, que recordaba al azafrán, pero que en realidad era clorato de potasio. Él no había tenido nunca una Molotov en las manos. La había visto en alguna fotografía de prensa: una botella con una mecha encendida que, al ser lanzada, trazaba en el aire una línea de fuego como una antorcha arrojadiza. Olvidate de la Molotov de las fotos, dijo Mario de forma terminante, nunca la tires encendida, no vaya a ser que te estalle en las manos o te la eches encima. Su diseño de la Molotov era mucho más seguro, con la ventaja de que servía para almacenar varias bombas durante un tiempo indefinido y, a la hora de transportarlas, permitía llevarlas envueltas, sin llamar demasiado la atención. El artefacto, pues, parecía bastante más tosco que las Molotov que él había visto en las fotos pero Mario les aseguró que era infalible: había que mezclar cuatro partes de nafta y una de ácido en la botella, llenar la bolsa de papel con la cloratita en polvo y meter en ella la botella, previamente cerrada de manera hermética con un corcho lacrado. Una vez guardada en la bolsa con la cloratita, había que atar el envoltorio con una cuerda: así, ¿ven?, como un matambre, dijo Mario. Tirás la botella y al romperse, el ácido de la mezcla enciende la cloratita y hace estallar la nafta. Mario no dijo nafta sino nasta, aspirando la s, con acento arrabalero y fue en ese momento que él se representó el estallido de la Molotov e imaginó un infierno.

Finalizada la instrucción, pusieron la botella boca abajo para comprobar que no perdía ni una gota de la mezcla, la envolvieron con la bolsa, la ataron y barrieron los restos del polvo amarillo; y Mario propuso que hicieran una prueba para ver el resultado.Agarró la Molotov con una mano, la agitó y, sin pensarlo dos veces, la guardó en un bolsillo de su abrigo y salió con displicencia a la calle, seguido por sus tres aprendices. A él le pareció que en la penumbra de la tarde, los cuatro parecían cualquier cosa menos un grupo de amigos jovencitos que paseaban por el barrio. Y desde luego, Mario no se parecía a los vecinos de ese barrio.  

Recorrieron la calle Madero un buen rato y en silencio pero no era fácil encontrar un descampado para probar la Molotov, a cubierto de la mirada de los vecinos. Las fachadas de las casas y los árboles de Madero eran para él un paisaje muy familiar que ahora veía desde una perspectiva completamente nueva. Había hecho ese mismo trayecto infinidad de veces cuando era adolescente, del brazo de su madre y después del almuerzo. Recorrían toda Madero hasta el final y, al llegar a la plazoleta, descendían a la estación para hacer un alto y tomar un café o se dedicaban a mirar los escaparates de las tiendas próximas y volvían a casa por la calle Segurola, que no tenía el mismo encanto que Madero, quizá porque ya era parte del trayecto de vuelta. Lo hacían a paso firme y acompasado, como a ella le gustaba pasear. Él tenía muy presente la importancia de esos paseos como una ocasión única para intimar con su madre y le complacía pensar que ella, además, también disfrutaba de esos minutos de complicidad y de diálogo con él, sin terceros. Solía invitarlo a salir con un gesto, después de comer; y él siempre decía que sí, siempre se mostraba bien dispuesto a acompañarla. Era el único momento del día en que sentía que su madre le estaba dedicada, plena y exclusivamente. Caminaban juntos y la escuchaba conversar sin tapujos sobre sus intereses, la oía contarle episodios de familiares desconocidos, historias de amigos, o improvisar ideas sueltas y ocurrencias. De vez en cuando la conversación se hacía más íntima y ella dejaba escapar alguna esperanza. Un día se cruzaron con una vieja achacosa que se movía con dificultad con la ayuda de un andador. Su madre la miró de soslayo; él sintió que le apretaba el brazo con la mano y la oyó murmurar: ¿Ves eso? A mí no me agarran…

No recordaba haber tenido jamás altercado alguno con ella durante las caminatas, todo era plácido y acogedor. Siempre aprendía algo en esos paseos; y, entre chismes y complicidades, nunca faltaban las instrucciones sobre la manera más efectiva de andar para fortalecer los músculos y mejorar la postura del cuerpo. Caminá como si tuvieras que sostener una moneda entre las nalgas, decía su madre, apretá el culo, así, y seguime; si no, no sirve de nada, no hacés ejercicio. Nadie como su madre para combinar lo trivial con lo trascendente. Instintivamente, mientras llevaban la Molotov, él repitió la combinatoria y respondió al mandato aprendido de ella. Volvió a caminar como entonces, tal como ella quería, apretando las nalgas. Y las mantuvo así hasta llegar a la plazoleta. 

Debían de tener un aspecto inquietante, los cuatro, mientras recorrían la calzada desierta hacia el final de la calle Madero en medio de un barrio residencial totalmente ajeno a todo aquello. Pero no dijo nada y siguió a Mario con determinación, mientras este hablaba en voz muy alta, fumaba un cigarrillo tras otro y echaba el humo por la nariz en medio de comentarios audaces y sin dejar de sujetar la botella que llevaba en el bolsillo del abrigo. ¿Adónde se le ocurriría probarla?

Atravesaron la casa rosada de la esquina con Laprida y después, la valla del Colegio Michael Ham y vieron a unas chicas jugando al basquet al cuidado de una pareja de monjas, bajo la luz mortecina de unos focos elevados; y, al cabo de diez minutos interminables, llegaron finalmente hasta la plazoleta. Allí, en el espacio abierto al final de la calle, en la cortada, llamaban mucho la atención. A Mario no parecía preocuparle, se sentó junto al pie del monolito y resopló por el esfuerzo que había hecho al subir la cuesta con el cigarrillo en los labios. Giró la cabeza a uno y otro lado para asegurarse de que no había nadie cerca y estiró el tronco para mirar por encima de la balaustrada que daba a la barranca; y de pronto y sin aviso, agarró la Molotov y la arrojó al aire sobre el fondo de las escaleras. El bulto marrón trazó una parábola perfecta en la semipenumbra de la tarde y estalló con un estruendo al pie de la escalinata, en medio de una gran llamarada que iluminó las casas colindantes. Sin mostrar el mínimo signo de inquietud y con una mirada pícara Mario se puso rápidamente de pie y les ordenó huir. Le brillaban los ojos: dale nomás, dijo, caminen rápido y por separado. Y no corran. Al ver el resplandor del fuego en el fondo de la escalinata él sintió una especie de arrebato, como un signo o una marca que le indicaba lo que estaba fuera de la ley: el corazón le latía con fuerza en el pecho pero obedeció la orden y echó a andar. Deseaba desaparecer de aquel lugar cuanto antes y ojalá que no lo hubiesen reconocido. A lo lejos todavía alcanzó a oír a Mario en voz alta y sin el menor signo de alarma: ¿Ven lo fácil que es? ¡No falla!

Caminó con paso firme y sin rumbo durante casi una hora por las calles oscuras de Vicente López antes de llegar por fin de vuelta a casa. Una noche sin luna había caído sobre el barrio y el aire se había cargado con la humedad venida del río. Al abrir la puerta de calle estaba ya sereno. Pensó en lo mucho que se parecía la prueba de la Molotov a las travesuras de su infancia; pero también pensó que esa vez había sido diferente, que había cometido una especie de profanación.

DISCIPLINA (II)

El general Charles F. Smith fue un oficial de renombre durante la guerra civil norteamericana que sirvió en las filas del ejército de la Unión. El general Lewis Wallace cita su concepto de la disciplina militar:

La batalla es la meta a la que está dedicada la vida entera de un soldado. Puede ocurrir que viva hasta llegar a la edad del retiro sin ver una sola batalla. Sin embargo, ha de estar siempre preparado para ella, como si supiera exactamente la hora y el día en que habrá de producirse; y entonces, tarde o temprano, ha de desear luchar, ¡debe luchar!
(Lewis Wallace, cit. Catton, This hallowed ground, p. 72)

La verdadera disciplina no tiene propósito, como la vocación. La imposición de su carga, que es una decisión propia e intransferible, viene antes del esfuerzo, nunca después o formando parte de él.

UNA VOZ QUE AMENAZA

Un día de finales de verano, él escucha el teléfono que suena. Ignora quién le hace ese llamado. Descuelga el teléfono, e identifica una voz familiar que le habla; es un amigo con el que hasta ese día había mantenido la ilusión de que existía entre ellos un philéo fuera de lo erótico: el “querer” o “amar a familiares o amigos. El philéo que se define por su oposición a “odiar”. Del que había recibido y dado muestras de afecto. Pero de inmediato, escucha una voz que amenaza enfado, y a él le aparece el desconcierto. Lo que el otro le dice no encaja, no tiene sentido. En la voz del otro aparece sin velo el deseo de dominio, el deseo de ejercer el poder con la violencia, con una voz fuerte de las palabras. Ante esa actitud, él se calla pero siente una irritación legítima. Se calla y decidirá pensar y escribir después; se calla para intentar recuperar su voz a través de la escritura. Lo que siente en ese momento es tristeza, una grandísima tristeza, una decepción, se le cae en pedazos la ilusión que se había construido hasta entonces, al imaginar que existía un vínculo amoroso con él, pero no, ya no, si lo había habido antes, en ese preciso momento, se había roto porque lo real aparece sin velo, en su máxima crudeza. Contra el enfado de él, intenta mantener la serenidad, esbozar una sonrisa, pero no lo consigue por la conmoción que siente. Está escuchando la impaciencia del otro a través del hilo telefónico que se desvela en sus preguntas inquisitivas que rompen la posibilidad de un diálogo. La impaciencia manifiesta que sólo está dispuesto a escucharle un brevísimo tiempo más; amenaza con quitarle el tiempo de escucha que le había concedido. Aparece la prisa, la impaciencia; la oreja de él no quiere recibir más palabras que su amigo le dirige. El diálogo ya no es posible, se interrumpen los decires de uno y de otro porque –el que se imaginaba su amigo– ha colgado el teléfono y ya no pueden decirse nada más. Después de la conmoción, él reflexiona. Ha captado el deseo del otro de ejercer el poder con la violencia; entonces reacciona a la imposición disimulada con la rebeldía; rebeldía contra el poder arbitrario, el poder que manda responder a preguntas que no las puede responder ante la inmediatez de respuesta que el otro le exige. ¡El otro exige respuestas, ya!, sin mediación, sin posibilidad de aplazamiento. La rebeldía es lucha, lucha para defender lo propio, ese espacio donde la singularidad se expresa; lucha para no vivir en la queja, el aburrimiento, el tedio y la desesperación. Lucha para no golpear –a su vez–  violentamente.

EXILIO (II)

El automóvil se desplaza sin contratiempos por la Avenida del Trabajo en dirección al aeropuerto de Ezeyza. El día está nublado. Por la ventanilla se ven pequeñas parcelas del paisaje porteño, fábricas y talleres entre grandes descampados salpicados de carteles con publicidad de bebidas, vallas con marcas de detergentes y una, muy grande, que anuncia los amortiguadores Wobron. El dueño de esa fábrica se llama José Broner, es el jefe de la corporación de empresas afines al peronismo: ¿quién será el socio al que corresponde el Wo- de la sigla?

Ha visto ese mismo paisaje muchas veces y parece siempre el mismo, como si se tratase de un decorado puesto allí a propósito para los que viajan. Buenos Aires demuestra que es arqueológica porque casi no cambia; en esto se parece a los desiertos, que tampoco cambian. Por otra parte solo hay una ruta de acceso a Ezeyza, así que no importa cuándo, siempre tiene él la misma impresión: tanto si es él quien se va de viaje como si va a recibir a alguien, esas imágenes que se deslizan a ambos lados de la avenida del Trabajo trazan un corte en el tiempo y se le representan como signos de que algo muy importante, feliz u ominoso, va a tener lugar.

Al llegar a la autopista que conduce directamente al aeropuerto, a la derecha ve asomarse un cuartel de la Policía Montada que resalta, impecable, en medio del desorden habitual de la vida urbana porteña. Como todos los cuarteles argentinos, este también tiene un aire como de fortaleza anticuada, semejante a un fortín de los tiempos de la guerra contra el indio, con sus muros de blanco encalado, los canteros bien señalados y los pabellones de la guarnición casi siempre desiertos; y una especie de mangrullo que seguro es un resabio de la arquitectura militar del siglo XIX y que ya no sirve para nada. Rara vez se ve a alguien caminando por el cuartel. Lo que más llama la atención son unos letreros de grandes proporciones, visibles desde la carretera, que enseñan la silueta de un hombre en posición de tiro y advierten, por si acaso a algún desprevenido no le hubiese quedado claro:

NO SE DETENGA. EL CENTINELA ABRIRÁ FUEGO.

A él esa determinación anunciada de modo tan directo y tan literal le parece algo valiente.

En el coche viajan tres: él, que mantiene una reserva inusitada, serena y silenciosa y algo resignada también; su madre, con las facciones crispadas por la angustia; y el chófer de su padre, suboficial retirado de la Marina, que conduce el Ford Falcon sin movimientos bruscos, con la mano izquierda aferrada al volante y la derecha apoyada sobre la palanca de cambios que, en ese modelo de Ford todavía está acoplada a la barra de la dirección. El auto –lo mismo que el cuartel de la Policía Montada– está limpio e impecable, tanto por dentro como por fuera. La cabina huele al consabido ambientador con un fuerte aroma de pino. (“Uf, qué olor a amueblada”, fue el comentario que hizo un día su hermano menor al entrar al coche, con la clara intención de agredir al chófer. Él y sus hermanos están habituados a dar y recibir ese tipo de frases punzantes que suenan a los oídos de los demás como puñetazos en plena cara, pero su hermano, además, desde muy pequeño detestó al personal de servicio, cualquiera que fuese su función.)

Su padre tiene dos choferes asignados que se turnan en el servicio según horarios prefijados pero trabajan a todas horas del día y la noche, los siete días de la semana. Los dos son hombres muy pulcros y discretos y están acostumbrados a obedecer. Son guardaespaldas –o custodios, que es la forma eufemística que se usa para denominar el trabajo de matón guardaespaldas. Desde hace meses, debido al creciente número de secuestros y asesinatos de empresarios, a su padre le han asignado una custodia permanente y alguien –la policía quizás– dispuso nuevas medidas de seguridad en la casa de sus padres: la más espectacular, un poderoso reflector que encandila al que hace sonar el timbre del portal de entrada y una alarma ensordecedora que se dispara cuando alguien se aproxima demasiado a las ventanas de la casa. Su padre trata a los guardaespaldas correctamente y con deferencia pero los considera seres inferiores, como si fueran los perros de una cuadrilla de caza; o sea que no les atribuye entidad alguna fuera de la función que cumplen. A él siempre le ha asombrado la capacidad natural de su padre para dirigirse y entenderse con sus subalternos, valiéndose de una autoridad que no necesita de uniforme, que le permite impartir una orden sin recurrir a los gritos, una autoridad que es en gran medida gestual, pese a que es un hombre menudo y más bien socarrón y risueño. La autoridad de su padre se basa en la manera como usa su propio cuerpo: suele acompañar una indicación cualquiera con un movimiento de las manos de tal modo que sus largos dedos casi siempre apuntan al vacío en cada ademán, pero lo hacen con precisión y determinación. A veces, para dar la impresión de que una orden está acompañada de una decisión indiscutible, su padre respira fuertemente, hincha los pulmones y hace sonar la nariz, como cuando está muy molesto y a punto de estallar de ira, lo que no es habitual; desde luego, no con sus custodios. Suele montar en cólera en cambio cuando trata con su secretario personal, un empleado joven y servil llamado Gabet, que le resulta especialmente irritante. Casi cada día cuenta alguna anécdota que muestra al secretario como un miserable, un incompetente o un traidor. Sin embargo, no prescinde de él. Gabet es, efectivamente, muy servil y ladino, disimula la antipatía del trato que recibe con gestos exagerados de condescendencia, trata a su padre como a un viejo cascarrabias. A veces se permite sugerirle una alternativa para llevar a cabo una gestión cualquiera, que es otra manera de encarar un recado o incluso una opinión sobre el pronóstico meteorológico o una noticia leída en la prensa: “Doctor, pienso que lo mejor sería…”; lo cual desencadena un torrente de denuestos y descalificaciones por parte de su padre que suele responder: “Gabet, usted no piensa. ¿Cuántas veces quiere que se lo diga? Usted tiene estrictamente prohibido pensar.” A los ojos de los demás, ese trato puede parecer inhumano, pero a él le parece que su padre hace lo correcto: que la brutalidad paterna es la respuesta espontánea y merecida frente al servilismo.

Con los guardaespaldas, en cambio, no es necesario formalizar ninguna advertencia. Ellos la tienen grabada en sus mentes desde los tiempos en que todavía pertenecían a las Fuerzas Armadas; más aún, actúan como si carecieran de voluntad o como si tuvieran el sentido de la responsabilidad desplazado, por lo tanto, ni cometen errores y ni sienten culpa alguna; y de todas formas su trabajo como guardaespaldas no tiene demasiados secretos: son individuos que cuidan de la seguridad de su padre y lo traen y lo llevan donde se les manda; su tarea como choferes, cuando mucho, debe de resultarles un oficio extraño y hasta subsidiario: no saber nunca a dónde vas a ser enviado, no preguntar nada salvo la dirección, memorizar un encargo y guardar silencio, salvo cuando, por las razones que sean, el patrón les dirige la palabra. Su padre cuenta la anécdota de uno de estos choferes que era tan corto de miras y tan estricto y literal con respecto a las órdenes que recibía que un día, cuando se le encargó que entregara un paquete a una dirección, no bien hubo llegado al punto de destino con el paquete, llamó por teléfono: “Doctor, ya he llegado. ¿Y ahora qué hago?” Su padre, fuera de sí, contestó: “¿Cómo que ‘qué hago’? Ahora entregue el paquete, infeliz. ¿Para qué, si no, piensa que lo he enviado?”

Frucchi –así se llama el chofer de ese lunes a primera hora de la tarde en que se dirigen a Ezeyza– es especialmente circunspecto y callado. Es un hombre fornido, vestido casi siempre con la misma indumentaria anodina de colores pardos y una corbata de color liso. Va armado con una pistola Ballester Molina del calibre .45 que guarda discretamente en una cartuchera debajo del sobaco. Un día lo vio sentado en el Falcon, a la puerta de la casa de sus padres, montando guardia como siempre pero en una postura un tanto fuera de lo común. Se acercó discretamente y vio que Frucchi leía una novela de Gabriel García Márquez.

Frucchi bien podría ser el personaje de una novela de su madre, piensa él, mientras lo observa de reojo, sentado a su lado en el asiento delantero del coche, imperturbable y misterioso. A su madre le gustan ese tipo de individuos tortuosos, doblemente intrascendentes, por lo que muestran y por lo que ocultan. En sus novelas suele describirlos siempre con la misma pauta de carácter: una vez es un soldado venido de provincias, o un locutor de radio, o una secretaria o el director de una escuela inglesa, idéntico a Mr Heath, que fue el headmaster de su colegio primario. Siempre parecen sacados de una galería de fracasados. Incluso en una novela en que hace literatura con los últimos meses en la vida de Ernesto Guevara, describe la vocación de la guerrillera Tania como el inútil sacrificio de una mujer comprometida en la guerrilla por amor. Él mismo aparece allí como un adolescente atolondrado, dominado por una novia fría y arribista, adorado por su abnegada mamá y ganado a la causa revolucionaria por las canciones de unos curas progresistas. Una patraña; y, para colmo, sin ninguna gracia.

Siempre es lo mismo: su madre es incapaz de humor cuando escribe y menos aún es capaz de imprimir ironía en sus historias. Escribe abrumada por un contumaz sentimiento trágico que resulta inexplicable. ¿De dónde le viene? ¿De la educación católica quizás? Lleva su propia tragedia personal a cuestas (que él apenas conoce, o que ha conseguido reconstruir solo de oídas, desentrañándola a partir de un cúmulo de vaguedades y mentiras de familia) y no consigue despojarse de ella cada vez que trama algunas de sus historias. En sus novelas, sus sucesivos personajes principales son siempre versiones idealizadas de ella misma –mujeres sufridoras, generosas, atónitas, sensuales e inocentes–; o bien son figuras vampirizadas de la vida de las personas que tiene más cerca, o bien son transcripciones literales de ella misma: La señora Ordónez, la Colorada Villanueva, Sofía; o meros nombres cambiados de personas reales: Tulio, Rocky, el Jote…. Unas y otros, figuras que aparecen rodeadas de un aire como de calamidad inminente. Seguramente ella los piensa como sujetos trágicos, pero a él siempre le han parecido pájaros de mal agüero. En los cuentos, donde ella rara vez se representa tal como esa mujer moralmente excepcional que se imagina ser, los personajes sufren por el solo hecho de vivir pero sobre todo sufren porque están destinados a sufrir.

Él ama y respeta a su madre, cuya diabólica inteligencia le parece asombrosa, tanto como repudia el mundo literario que ha creado con ella, donde la felicidad o la beatitud son ilusorias y la realidad es alguna especie de penuria necesaria de la que no se puede escapar. Incluso en esa ocasión, a él no se le escapa que en todo lo que están viviendo ese lunes al mediodía hay algo de cómico: el militante parte al exilio en un automóvil conducido por un milico que es chofer y custodio de su padre, que está amenazado por la guerrilla de la que él mismo formaba parte. Una perfecta banda de Moebius. Su madre es incapaz de percibir que la situación tiene algo de grotesco; muy al contrario, su rostro está desfigurado por el llanto cuando despachan las maletas frente al mostrador de la compañía aérea que lo llevará a Río de Janeiro y sigue llorando mientras lo acompaña hasta la línea misma de la frontera. Camina por los pasillos del aeropuerto agarrada al brazo de él, que la oye implorarle: “Prometeme que no te irás a Europa, prometeme que no te irás a Europa…” Su madre no experimenta lo mismo que él, no ve el comienzo del exilio. En ese momento comprende que ella está encerrada en sí misma, que su egoísmo es una prisión de la que nunca conseguirá salir y que él ese día no escapa para salvar su vida sino que huye del funesto destino que su madre ha pensado para él. Así que cuando ya sentado en el avión escucha el clic de la hebilla del cinturón de seguridad, de pronto tiene una clara sensación de alivio.

INTERLUDIO

Cuando se llega al final de la calle Muntaner se desemboca sobre una plaza desarbolada y sucia que se abre sobre la ronda de San Antonio. En el frente, sobre una callejuela que lleva hasta una iglesia y, más allá, a la Facultad de Filosofía, se destaca el portal de un teatro. Enfrente del teatro hay una jamonería –nada tan español como una venta de jamones– toda tamizada de morados y rojos y amarillos, donde los dependientes lucen enormes boinas y delantales negros.

(¿Quién va a al teatro de Barcelona? El teatro es un anacronismo. Los aficionados al llamado arte dramático son tradicionalistas encubiertos, gente de talante conservador, como él mismo; aunque a él no le gusta nada el teatro.)

En los aledaños de la ronda de San Antonio se suele ver a muchos inmigrantes, sobre todo filipinos. Una tarde en que caminaba acompañado por Marbot, a la altura de la iglesia antes de alcanzar la ronda vieron cómo un individuo castigaba en plena calle a una mujer, filipina como él. Era chocante observar la disputa de la pareja desarrollándose a la vista de todo el mundo. Ella se resistía como suelen hacerlo las mujeres, pasivamente, no respondía a las agresiones del hombre pero tampoco intentaba huir. Su obstinación en ofrecerse como víctima de la brutalidad del hombre solo podía ser una especie de sacrificio, porque simplemente lo dejaba hacer. El tipo parecía querer llevársela a casa y ella se negaba pero no hacía demasiados aspavientos. Era una escena un tanto ridícula, como de una mala obra de teatro. Sin embargo, a Marbot la puso fuera de sí y la decidió a intervenir directamente en la disputa. “A ver, tú, déjala ya, que no estamos en tu país, aquí no se maltrata a las mujeres.”– le increpó al filipino.

Más que justiciero, a él le pareció que el gesto de Marbot era un típico alarde de solidaridad entre mujeres, además de ser veladamente xenófobo. Era correcto, sí, aunque no exacto, puesto que en España se maltrata a las mujeres tanto como en cualquier otra parte y, por otro lado, la actitud solidaria en ella sonaba algo impostada: él nunca se la había visto; lo que no era extraño en Marbot, pues lo impostaba absolutamente todo.

(¿Solidaridad? Él no siente que nadie se merezca solidaridad y tampoco la reclama para sí cuando tiene problemas; algo que aprendió en Barcelona, donde la solidaridad es una demanda ilegítima y lo habitual es hacer gala de que cada uno se basta a sí mismo.)

La disputa de la pareja de filipinos siguió durante un buen rato, entre forcejeos y gemidos y frases incomprensibles en tagalo. Sin embargo Marbot no estaba dispuesta a cejar en su alegato e insistió con su soflama igualitarista: “Para ya. Déjala en paz, cabrón.” Hubo un momento en que se puso tan desafiante que él temió que el filipino la emprendiese también contra ella. Sin embargo, no hubo nada de eso. Con absoluta indiferencia, el tipo no le prestó ninguna atención y en cambio se defendió con un argumento desconcertante. Como toda explicación le dijo a Marbot: “Que no ves que no pasa nada. Es mi mujer”; y no hacía falta que agregara “Hago con ella lo que me da la gana”; reacción que Marbot no podía prever y que bastó para acallarla; y entonces él aprovechó para convencer a Marbot de que mejor era que se salieran de allí y dejaran que los filipinos resolvieran a su manera sus diferencias.

A él el incidente le hizo pensar que lo atraen las mujeres filipinas, porque suelen ser pequeñas y sensuales y caminan con las piernas un poco abiertas, arrastrando las ojotas y echando el vientre hacia adelante, como hacen los perezosos; y no prestó mucha atención a larga invectiva contra los filipinos que maltratan a sus mujeres, que Marbot elaboró a continuación. Prefirió permanecer en silencio y recordó que la propia Marbot se había merecido una paliza y que él no se la había pegado; y que se arrepentía por ello. Pero no dijo nada. Ya era tarde, había pasado la ocasión.

GRETA

La película trata de la relación entre un francés rico y tetrapléjico y su asistente, que es negro y marginal. Como es del todo previsible, el negro le devuelve al tetrapléjico la capacidad de disfrutar de la vida y, llegado un momento le pregunta a su patrón, que es aficionado a la pintura moderna, por qué será que los humanos se dedican a una actividad tan absurda como el arte. Mientras contempla arrobado un cuadro abstracto desde su silla de ruedas, el tetrapléjico le contesta: “Para dejar un testimonio de su paso por el mundo”.

Película irrelevante y llena de tópicos, pero él se duerme dándole vueltas a esa frase que, como casi todas las observaciones que le suenan fuera de lugar, tiene un aire melancólico. Al despertar, se descubre pensando en un curioso profesor de Harvard llamado Nelson Goodman y en su somera explicación acerca de su afición por las exposiciones de pintura. A Goodman, cuyo aspecto de ejecutivo de una compañía de seguros no hace prever que tenga sensibilidad alguna, sin embargo le gusta mucho la pintura. Sus escritos están llenos de observaciones inteligentes sobre su afición al arte. Dice que el orden de una exposición de arte importa y significa casi tanto como su contenido y que una sala repleta de obras de arte hace que el visitante entre en ella de una manera y salga convertido en otra persona, expectativa que comparten casi todos los que acuden a una exposición pero que solo muy pocos realizan. La manera que tiene Goodman de describir su pasión por la pintura le parece admirable y, en cierto modo, la envidia; le gustaría que sus propias pasiones pudieran concentrarse exclusivamente en la pasión por el arte, que es inofensiva. Lo asombra además la argucia de Nelson Goodman: admitir que en una exposición sucede algo trascendente pero omitir toda explicación acerca de la experiencia que da lugar a la transformación le parece muy astuto. Se limita a dar cuenta de que algunos objetos –las llamadas obras de arte– tienen la propiedad de cambiar el estado de quien entra en contacto con ellos y al mismo tiempo deja sin explicar en qué consiste ese cambio y, de paso, se ahorra un montón de problemas.

No sabe por qué se ha puesto a pensar en Goodman esa mañana. Se ha despertado, como ya es costumbre en los últimos tiempos, haciéndose amargos reproches contra sí mismo y, para evitar quedar atrapado en ellos, decide distraerse pensando en Goodman y en su picardía: el profesor de Harvard coleccionista y aficionado a la pintura que deja el misterio del arte tal como lo encontró. Cosa harto habitual en filosofía, puesto que buena parte de las reflexiones filosóficas escamotean el asunto principal que las moviliza y, tras largas y complicadas parrafadas dialécticas, acaban por dejar la cuestión tal como la encontraron. ¿Para qué sirven entonces?, se pregunta él por la mañana, mientras se prepara el desayuno usando una cafetera de émbolo. Para nada; en cambio el émbolo –¡qué artilugio técnico tan ingenioso!–; el émbolo es un producto del pensamiento técnico que está en incontables aparatos: en las bombas de agua, en las jeringas y, como pistón, en el motor a explosión. ¿Por qué será que los filosofantes desprecian o desconfían de la técnica? En esa desconfianza siempre ha visto signos de resentimiento propios de intelectuales miserables; en cambio a él no le habría costado nada ser un técnico; que para eso los formaban en el Colegio; incluso cuando se fija en una obra de arte, lo que en verdad le interesa es la técnica que necesariamente subyace a ella. Detrás de toda obra humana hay siempre una inteligencia técnica, hasta para desconfiar de la técnica se necesita una técnica de exposición; incluso si se reduce la filosofía al íntimo placer que algunos sienten cuando se dedican a desgranar y articular argumentos, también es preciso conocer una técnica. Si acaso, para él, todo el encanto que se puede encontrar en la filosofía está en que, a diferencia de las demás técnicas, la de los filósofos no sirve para nada. Como sus elucubraciones en la mañana mientras prepara el café.

De todas formas él no es como Nelson Goodman. Puede determinar si una obra de arte le gusta o no; incluso está seguro de poder explicar lo que siente. Cree que sus gustos tienen fundamento y razón y con frecuencia llega a afirmar que tienen una base objetiva. No solo su propio gusto, piensa que todos los gustos son objetivos. No puede explicar en qué consiste que le guste algo (si pudiera hacerlo sabría por qué se ha enamorado de tantas mujeres diferentes), pero cuando juzga que una obra de arte le gusta, está absolutamente seguro de ello; y lo mismo pasa cuándo no le gusta. Y no se trata solamente de saberlo sino de que, simplemente, él tiene mucho gusto; tiene tanto gusto que este se le antepone a cualquier cosa que le llame la atención, antes incluso que pueda establecer si le conviene o si hay algo que pueda hacer con ella. No sabe si su gusto es bueno o malo (bueno, la verdad es que está seguro de no tener mal gusto, que el suyo es bastante mejor que muchos otros), pero sí que es tan imperativo que no puede prescindir de él. ¿Y cómo lo sabe? Es fácil: cuando algo no le gusta, es inútil, nada le hará cambiar de opinión. El gusto para él es una especie de genio tiránico, inquebrantable e incorruptible, que lo acompaña a todas partes, de tal modo que sería incapaz de acostarse con una mujer que no le gustara o que le gustara solo un poco, lo que le ha llevado a concluir de manera equivocada que todas las mujeres con las que se ha acostado le gustaban por igual.

Sin embargo, el respeto religioso por su propio gusto explica que no se haya acostado con muchas mujeres sino solo con las que le han gustado; por lo tanto, no se considera un mujeriego, no señor, los mujeriegos casi siempre son un poco tontos –piensa–, y vuelve así a la cuestión de la estupidez, que le ocupa los pensamientos esta mañana. Don Juan, por ejemplo, además de misógino, es tonto. Con algún matiz de más o de menos, él sostiene la misma interpretación del donjuanismo que defendieron Marañón y Freud: que los mujeriegos en el fondo no sienten ningún aprecio por las mujeres.

En cambio, a él las mujeres lo fascinan y no sabría decir si esa fascinación está antes o después de su gusto por ellas. Descubrió esa fascinación en su primera pubertad, a comienzos de los años sesenta, cuando se aficionó a las revistas ilustradas de moda femenina que, de hecho, eran las únicas revistas que se podía encontrar en su casa. Empezó por hojearlas para distraerse y acabó haciéndose adicto a ellas y en cuanto podía se encerraba para estudiarlas con fruición: El Hogar, Mundo Argentino, Para Ti, Claudia, etc.

Sin duda, en aquellas revistas gazmoñas había algo voluptuoso, antes siquiera de que él pudiese discernir sobre la voluptuosidad y la virtud. Sus compañeros de colegio preferían en cambio las revistas de deportes y los comics, que allá en Buenos Aires se llamaban “revistas mexicanas” porque venían importadas de México. No recuerda haber visto ni una sola revista deportiva en su casa pues su padre sentía el desprecio más absoluto por los deportes y sobre todo por los deportistas; y su madre aseguraba por otro lado que los comics eran tóxicos. Los había incluido en el Índex junto con otras dos interdicciones mayores que marcaron su infancia: jugar en las calles de Vicente López, el barrio de las afueras de Buenos Aires donde vivían; y ver la televisión. La interdicción regía estrictamente en los días laborables de la semana, se levantaba el viernes por la tarde y volvía a aplicarse los domingos después del mediodía, de tal modo que pasó toda su infancia encerrado en su casa con sus dos hermanos menores, obligado mirar a escondidas las revistas mexicanas y oyendo hablar a sus amigos de programas y series de televisión apasionantes que él no podía ver. Y eso le produjo una sensación de exclusión que lo acompañaría toda su vida, lo mismo que la consciencia de que no es posible vivir sin la demarcación de algo como prohibido; pero, a diferencia de lo que opinan los pedagogos modernos, nunca se rebeló contra las arbitrariedades sufridas en la infancia sino que aprendió a encontrar cierta complacencia en la disciplina, cualquiera que sea; y todavía ahora las ideas liberales, la educación sin pautas y, en general, cualquier especie de vida desordenada, le resultan angustiosas. Durante sus años de estudiante no sentía simpatía alguna por los maestros tolerantes o de trato fácil y abierto sino que, por lo contrario, le parecían unos papanatas. Él admiraba a los duros; y cuanto más implacables y exigentes, mejor.

Pero no poder leer las revistas mexicanas era una cortapisa particularmente penosa. Había que esperar a la llegada de las vacaciones de verano para acceder a ellas.

Dominados por una extraña voluntad de no repetirse, sus padres alquilaban cada año alguna casa de veraneo en la costa atlántica bonaerense o al otro lado del estuario del Río de la Plata, en el Uruguay, aunque nunca era la misma casa, ni el mismo barrio. Así pues, ningún veraneo era igual al anterior. Aunque le parecía extraño que una buena experiencia con una casa no pudiese repetirse al año siguiente, se acostumbró a la variación constante y acabó por asumirla como una regla propia que aplica cuando se trata de pasar el tiempo. Por eso nunca repite sus planes de vacaciones; de hecho, nunca repite nada. Toda repetición le parece un signo de muerte.

Como la casa de las vacaciones nunca era la misma, esa era la primera sorpresa del verano. El mismo día en que llegaban, mientras descargaban los bártulos para que la familia pasara un mes completo a orillas del mar, él se apresuraba a requisarla con cuidado. Había aprendido por experiencia que los sucesivos inquilinos estacionales a menudo dejaban libros y revistas de una temporada a la otra, de modo que se dedicaba a revisar los muebles de la casa alquilada, abría todos los armarios y las mesas de noche, incluso hurgaba en los trasteros y en los anaqueles de la cocina buscando las huellas de los inquilinos anteriores y, entre juegos de mesa y mazos de naipes incompletos, raquetas rotas, alguna pelota desinflada, facturas y cartas olvidadas, periódicos, libros, solía encontrar por fin unas pilas con las preciadas revistas mexicanas: Superman, Batman, Roy Rogers, Gene Autry, Hopalong Cassidy, Tarzán, etc.; y las que a él más le gustaban: una serie llamada Vidas Ejemplares, con la vida de santos en historieta –Santa Tecla, San Francisco de Asís, San Patricio, Ignacio de Loyola–; y sobre todo Vidas Ilustres, donde leyó historias que nunca olvidaría, como el relato de la construcción del Canal de Suez y del Canal de Panamá por Ferdinand de Lesseps, el triste final de la gesta del general Arthur Gordon en Khartum y la biografía de Tesla, el gran inventor. Todavía recuerda una anécdota de Tesla, el pionero de la electricidad que, tras cobrar su salario mensual, se plantaba en el mejor restaurante de Budapest para gastárselo todo en una sola comida, no sin antes pedir que le trajeran veinticuatro servilletas con las que repasaba lentamente y con todo cuidado cada uno de los cubiertos y todos los platos de la vajilla de la mesa; hecho lo cual comía opíparamente y, una vez pagada la cuenta, pasaba hambre el resto del mes.

Ahora que lo piensa, en la inopinada extravagancia de Tesla había un acto temerario, quizá tanto como fue para él rechazar cualquier estudio técnico o productivo y dedicarse a la filosofía.

Fue en el verano de 1963, en una casa del barrio Cantegril en Punta del Este, donde encontró dos pequeños volúmenes de tapas amarillas, publicados en una colección de divulgación, con retratos a pluma de los autores en las portadas: el Discurso del método de Descartes y El Anticristo de Friedrich Nietzsche. Esas fueron sus dos primeras lecturas filosóficas. Una día su curiosidad saltó de las revistas mexicanas a esos libritos, se atrevió con ellos: ¡y los entendió!

Durante el resto del año podía leer todo lo que quisiera pero tenía prohibidas las revistas de historietas porque, según su madre, el abuso de las imágenes estropeaba la imaginación. Solo se le permitían los suplementos en hueco-grabado de La Nación de los domingos y las revistas femeninas; y a estas acabó por encontrarles un interés especial que no era ni la moda ni la sociedad sino las mannequins de alta costura. Su interés por ellas fue en aumento hasta que un día se descubrió perdidamente enamorado de una modelo llamada Greta Lindström y empezó a seguirla de forma obsesiva, semana tras semana, en las revistas y más tarde se dedicó a buscarla en los anuncios de la televisión; y cada vez que la encontraba experimentaba un momento de exaltación. Se puso a recortar las fotos de Greta que encontraba en los anuncios publicitarios y en los reportajes de las pasarelas de moda y guardó los recortes en un sobre que ocultaba en su cuarto: Greta de frente, sonriendo, Greta con cara de asombro, con un mohín de picardía. Greta de gala, de sport, Greta anunciando una cerveza, Greta con los cabellos muy cortitos à la garçon, Greta con peluca negra, Greta con un dedo sobre los labios para indicar silencio… Cada tanto se encerraba en su cuarto, abría el sobre y desplegaba los recortes sobre la mesa y se quedaba un buen rato contemplándolos. Le parecía increible que existiera una mujer así. Greta Lindström no era una modelo habitual. Tenía las pantorrillas fuertes, el pelo muy corto y un rostro que a él le parecía de gran expresividad. Con ella aprendió a disfrutar del encanto de las mujeres y empezó a construir su propio y personal patrón de la belleza femenina.

La belleza inmaculada y distante de las mannequins configuró su ideal de mujer y su modo de responder a él. Desde entonces su relación con las mujeres bellas es la misma: no le inspiran lujuria tanto como admiración y respeto; y no es el único en haberlo experimentado: Rilke, según cuenta J.M.Coetzee, sostiene que el culto de la belleza es una manera de agradecer el no ser destruido por ella; así que –aunque nunca lo ha confesado– para él está claro que las mujeres bellas pueden destruirlo. Su devoción por la belleza femenina, pues, viene casi siempre acompañada de un sentimiento de recelo inspirado por el miedo; y su gusto siempre conlleva alguna forma de admiración. Sabe que la tiranía del gusto en la que vive le fue impuesta, como tantas otras cosas, por el vínculo con su madre, para quien la belleza era un don divino y un valor aparte y la fealdad, un defecto irreparable, una especie de estigma; aunque saberlo no le supone ninguna liberación. Aprendió esa religión de lo bello en la estrecha proximidad con su madre y de forma espontánea tiende a reproducirla cada vez que entabla algún vínculo íntimo con una mujer. Antes que poseerla o dominarla, lo que persigue es reproducir su afinidad con ella, comprobar cuánto participa él de su mundo oculto y maravilloso, semejante al que un día descubrió en las revistas de moda femenina; y no tendría inconveniente alguno en admitir que prefiere ser tratado como una mujer con atributos y deseos masculinos, tal como era tratado por su madre. La camaradería con su madre fue una relación muy intensa que lo abarcaba todo; por consiguiente, la complicidad con una mujer le resulta muy fácil y en cambio no puede evitar despertar recelo en los varones, lo que es recíproco, porque los varones casi siempre le resultan odiosos.

El gusto es además la única manera de acceder a él. Se gana la vida enseñando en la universidad que el gusto es una facultad subjetiva, la mera extensión del sujeto, pero en el fondo piensa que fue un error de los modernos querer explicar el misterio de lo bello a través del gusto. Él piensa que los antiguos tenían razón, que la belleza es una condición objetiva, solo que es una qualitas occulta, como la llamó Francis Hutcheson, una cualidad que solo se revela a quien previamente ha sido fecundado por ella.

Así ocurrió con Greta Lindström, salida como una aparición de las páginas de las revistas de moda. Él no la descubrió, se diría que ella acudió al encuentro de él, que fue Greta quien lo reconoció. La belleza es como Greta: cuando asoma, se apodera de la sensibilidad que la reconoce porque es afín a ella, hecha como está de lo mismo que la detecta porque lo bello es el lado sensible de lo inerte.

Empuja entonces el émbolo de la cafetera sobre la mesa de fórmica y no puede evitar recordar una frente combada sobre unas cejas como dos trazos perfectos de caligrafía oriental, unos dientes de un blanco inmaculado; y los labios que…

UN JEFE

Unos días antes del operativo hubo una reunión preparatoria en una parroquia del centro, muy cerca de la Diagonal Sur. Él asistió junto con sus dos compañeros más allegados, Pancho y Marcos, pero había unos cuantos más que apenas conocía. De algunos había oído hablar, pero la mayoría eran unos desconocidos. A él le parecía que asumir un riesgo al lado de compañeros desconocidos era una empresa aún más difícil que el riesgo en sí; y tenía además un atractivo especial: por primera vez sentía que por el solo hecho de participar en esa acción se incorporaba anónimamente a un movimiento social de alcance y dimensión imprevisibles pero que –de eso estaba ya seguro– haría historia.

Al llegar a la iglesia los atendió un cura joven de aspecto desaliñado y los hizo pasar con sigilo a una sala que tenía todas las trazas de servir habitualmente para las clases de catecismo. Era un sitio austero, sin ventanas y decorado pobremente, con una larga mesa desnuda en un extremo y algunas sillas de colores gris y pardo desparramadas por los rincones. Olía a jabón barato y en las paredes alguien había colgado sin ningún orden ni criterio unas plegarias enmarcadas: en una de ellas se leía una oración dedicada a la Virgen María y la otra era una estampa del Sagrado Corazón de Jesús igual a la que colgaba de la pared de su cuarto en casa de sus padres. La había puesto allí su madre, que no tenía nada de piadosa pero sí mucho de supersticiosa autoconsciente. Se suponía que esa estampa habría de servir como divinidad protectora de él y de su extravagante hermano menor, pese a que ninguno de los dos había demostrado poseer sensibilidad religiosa alguna. Sin embargo, encontrarla en ese lugar y por casualidad le pareció un signo de buenos auspicios; y así le sucede cada vez que por una razón u otra vuelve a dar con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús dondequiera que la encuentre. Esa estampa confirmaba las muchas afinidades que guardaba la educación familiar recibida de su madre con la imaginería italiana, sensiblera y devota hasta la superstición; y, por otra, lo remitía a algunas de las taras y tribulaciones sentimentales que compartía con su hermano menor.

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús lo muestra como una figura de género indeterminado, un andrógino delicado, de ojos tristes y entornados, envuelto en una túnica de un rosa virginal y tocado con una larga cabellera femenina que le cae por los hombros. Siempre le había resultado inquietante la mínima masculinidad de ese Cristo, que apenas se lo reconoce como varón por la barba adolescente que le corre por el bozo, las mejillas y el mentón y que no obstante, al combinarse con las manos delicadas, le da una sugestión y una ambigüedad casi diabólicas.

El pecho abierto deja a la vista el corazón: Cristo lo lleva en la mano izquierda, mientras con la derecha lo enseña (¿o lo ofrece como una prenda?). Es un corazón alado (aventurero), lastimado por la ristra de espinas y coronado por la cruz, un corazón sacrificial y sacrificado, que resplandece –o sea que no puede ser pasado por alto– y que tiene algo de obsceno porque está desnudo; aunque su desnudez sobre todo hace que parezca muy frágil e indefenso. La mirada del Jesús de la estampa podría ser neutral, pero no lo es. Acompaña al gesto, expresa un “Aquí me tienes, abierto de corazón”; o bien, “Yo soy de los que llevan el corazón en la mano”. En alguna medida, durante toda su vida él siguió ese ejemplo. ¿Cómo pudo pensar su madre que semejante imagen podía protegerlo? ¿No hubiese sido mucho mejor un Pantocrátor o un Jesús colérico expulsando a los mercaderes del Templo? El Sagrado Corazón le recordaba además a un cuento que su madre solía repetir y que a él le producía auténtico espanto. El cuento decía así: había una vez un joven que se enamoró perdidamente de una mujer maligna y despótica que le pedía constantemente pruebas de amor. Como siempre estaba insatisfecha y ninguna prueba le resultaba suficiente, un día la pérfida mujer reclamó de su enamorado: “Si me quieres de verdad, tráeme el corazón de tu madre”. Cegado por su pasión, el joven hizo lo que se le pedía, mató a su madre y le arrancó el corazón con un cuchillo y salió corriendo para entregárselo a su amada, pero en el camino tropezó y el corazón se le cayó de las manos. Cuando se disponía a recogerlo, oyó la voz de su madre que le hablaba desde el corazón y le decía: ¿”Te has hecho daño, hijo mío?”

Cada vez que escuchaba ese cuento, la inverosímil abnegación de la madre le parecía tan cruel como la codicia amorosa de la mala mujer y de algún modo se veía representado en la situación tal como lo ilustraba la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, como uno que va por la vida con el corazón en la mano, o como uno al que es muy fácil arrancarle el corazón.

De todas formas sus ojos enseguida dejaron de ocuparse de la estampa del Sagrado Corazón y observaron un tablero de madera pegado a la pared de la sala parroquial donde, apuntados en unos papeles gastados, estaban los horarios de las clases, las listas de los catequistas y los turnos para la Confesión. Se fijó en los nombres de los sacerdotes y le llamó la atención que todos ellos eran referidos por sus nombres de pila: Padre Esteban, Padre Mariano, Padre Damián. Quizá uno de ellos había sido el que los había recibido. Tuvo un momento de pudor.  A él, que solo conocía las iglesias por haberlas visitado como un feligrés cualquiera y de la mano de su abuela cuando lo llevaba a la parroquia de Santa Julia en el barrio de Caballito, haber ingresado a la trastienda de la iglesia le parecía una especie de profanación.

Pasó un buen rato antes de que comenzaran las conversaciones puesto que por razones de seguridad se había dispuesto que los asistentes entraran de dos en dos para no llamar la atención. ¿Cuántas horas de preparación y conciliábulo habían sido necesarias para organizar el encuentro? Imaginó las deliberaciones entre los católicos que la habían convocado y los sacerdotes de la parroquia. Los argumentos de los militantes y la renuencia de los padres. ¿O no había sido al revés? ¿No sería que la reunión y el operativo y la convocatoria clandestina habían sido una idea de los curas?

Echó un vistazo a los asistentes. Había entre ellos tres grupos muy distintos. Estaban él y sus dos compañeros más próximos: Pancho, que se había unido a la Federación Juvenil Comunista cuando era un adolescente y ahora era un apóstata del P.C. y Marcos, que mantenía una independencia irreductible frente al Partido sin por ello dejar de presentarse como de izquierda. Al primero lo unía una camaradería de hecha de lecturas y apasionamientos que no distinguía demasiado entre las ideas o el gusto por las mujeres; y del segundo, que él había conocido hacía muy poco, admiraba la precisión que empleaba para ordenar sus pensamientos y los de los demás con la ayuda de su poderosa memoria organizada. Él siente un respeto especial por las personas de buena memoria y desprecia a los olvidadizos.

En la reunión participaban además algunos trotskistas que conocía por nombre y de lejos pero que no sabía que estuviesen vinculados a la militancia semiclandestina en la que él y sus amigos empezaban a involucrarse. Y, por último, había unos desconocidos que formaban el grupo más numeroso y que Marcos y Pancho miraban con recelo porque –aseguraban– procedían de la derecha católica, nacionalista y ultramontana.

Nunca hubiese imaginado que hubiera militantes católicos revolucionarios; y, de hecho, sus nuevos compañeros tenían algo de anómalo: nada de barbas ni melenas sino el pelo cortado muy corto; y ninguno de los atributos por los que se reconocía a los activistas juveniles, incluso alguno había con bigote y ademanes de cadete del Colegio Militar. No mostraban signo alguno de afabilidad o de confianza hacia los demás, pese a que todos los que estaban allí habían llegado por su propia voluntad y se suponía que actuaban de común acuerdo en participar del operativo. Por lo demás, parecían unos tipos muy serios y circunspectos. Reconoció a Tato, sobrino de un crítico de cine del diario La Prensa; Alberto, un tipo huesudo y alto con la típica mirada triste que dan los ojos cuando apuntan hacia abajo; y a Pepe, el más fornido, de mejillas fuertes y oscuras y gruesas patillas, el pelo crespo endurecido por la gomina y peinado para atrás. De él decía Marcos que “era un buen Seis”, lo que significaba que, a su juicio, la inteligencia de Pepe solo le alcanzaba para servir como zaguero central izquierdo en un equipo de fútbol; y Fernando, un rubio alto y de aspecto torvo y huraño que no intervino en la reunión, pero que debía tener autoridad en el grupo porque, aunque permanecía apartado y callado en las discusiones, daba órdenes entre susurros a sus compañeros.

El más activo y el que parecía haber asumido la organización del encuentro era uno que llamaban Gustavo. Era bajito, con un aire como de petimetre, vestido con un traje Príncipe de Gales con chaleco, lo que le daba un aspecto como de empleado de los Tribunales o, cuando mucho, de estudiante de Derecho. Gustavo hablaba con una voz aguda y prepotente y se movía en medio de la sala con energía, dando unas largas zancadas con los pies muy abiertos, el pulgar de la mano izquierda en uno de los flancos del chaleco y la mano derecha señalando en el espacio la posición que, a su juicio, debía ocupar cada grupo de acción en el operativo.

Mientras Gustavo repasaba los detalles de la operación él tuvo por primera vez la impresión de estar encuadrado en una unidad militar.

Según se desprendía de la larga intervención de Gustavo, el operativo estaba ya diseñado y dispuesto; lo único que era preciso añadirle era la decisión y el compromiso de realizarlo. Al final, Gustavo  improvisó una breve arenga acerca de los motivos que había reunido a todos los asistentes allí. Usó las expresiones habituales: “la causa popular”, “la lucha contra la dictadura”, “el pueblo”, “nuestra patria” y explicó primero las razones del encuentro y la importancia de la iniciativa, que todos los asistentes habían asumido con objeto de formar un solo cuerpo. En ese momento, la expresión de Gustavo adquirió tintes mesiánicos, pero de aquella arenga las únicas palabras que a él le resonaron dentro fueron “sacrificio”, “disciplina” y, sobre todo, “decisión”. En el fondo las razones le parecían secundarias, lo importante era la voluntad de llevarlas adelante como fuera.

Los católicos habían elaborado la acción con todo cuidado. Habían diseñado el escenario, calculado los tiempos y estimado el plazo en que, iniciada la acción, llegaría la policía y habría que emprender la retirada, para la cual tenían previsto un equipo que llamaban “de seguridad”. En la valoración de las incidencias hablaban ya de “bajas” o de “caídos” pese a que nadie preveía que en todo aquello hubiese riesgo de muerte. Le gustó ese lenguaje. La llaneza del programa se correspondía con la voluntad y la decisión de ejecutarla. Le gustó la manera en que los católicos defendían su propuesta y ni siquiera se sorprendió cuando Gustavo sacó del bolsillo del chaleco un silbato y, con un gesto de oficial al mando los instruyó:

–Una vez que cada uno haya ocupado su puesto –y sopló el silbato– empezamos; y cuando oigan –y volvió a soplarlo dos veces– nos retiramos. ¿Alguna pregunta?

Nadie respondió; y casi enseguida agregó:

–Muy bien, está claro que este operativo necesita de un jefe; así que, si ustedes no tienen inconveniente, voy a ser yo.

GASTRONOMÍA

Se cambió de ropa, se acicaló y salió por la puerta lateral del pabellón de la Cité, en dirección al boulevard Jourdain, al final de una tarde muy fría y húmeda, a la hora en que abren los restaurantes universitarios; pero enseguida cambió de parecer y en lugar de elegir la puerta principal que da al parque de Montsouris, se dio una vuelta por los jardines que rodeaban las diferentes residencias estudiantiles nacionales que conforman la Cité Universitaire de París. Tomaría el camino alternativo, hacia la Porte de Gentilly, para alcanzar la parada del autobús 14. Su cita era en el Marais, pero era temprano y tenía algún tiempo para distraerse.

Atravesó una gran explanada verde que en verano usaban los estudiantes para jugar al fútbol y que ahora recorrían dos de ellos, bordeándola al trote. Reconoció a uno: iba enfundado en un chándal azul con dos bandas blancas en las mangas. Lo había visto otras veces: un tipo de ojos grandes y redondos y tupida cabellera castaña que le caía sobre la frente y le obligaba cada tanto a despejarla con la mano derecha. Era algo atildado y coqueto, así que no le sorprendió que también esa tarde hubiese cuidado su indumentaria para hacer deporte. Corría sin mucha gracia y con esfuerzo: parece un osito, pensó.

Cruzó la calzada pasando frente a la Maison du Liban y, al cabo de unos metros, alcanzó la terraza de entrada al restaurante central, un gran edificio de estilo normando, con altas chimeneas de piedra y enormes ventanales que remataban en toldos deshilachados, casi todos cerrados. Desde lejos parecía la sede de un club de golf o una gran residencia burguesa de verano como las que todavía se ven en los antiguos balnearios de Deauville y Trouville, en la costa de Normandía, pero con solo aproximarse era evidente que no lo era. Las ventanas estaban desvencijadas, el barniz de las maderas se había secado y convertido en placas enmohecidas y sucias. Sobre la terraza, la maleza asomaba entre las baldosas de piedra del portal y los muros laterales y las paredes del gran hall de la entrada, estaban cubiertos de pancartas y consignas revolucionarias escritas con aerosol en francés y en árabe.

El edificio tenía dos plantas, aunque él nunca supo para qué servía la planta superior y, de hecho, no parecía accesible al público. En la planta baja funcionaba el restaurante. Ya desde el acceso se olía el tufo que salía de las ollas donde se guisaban los menús recalentados durante horas y se oía el ruido de las puertas vaivén de las cocinas y el bullicio de las voces de los clientes, distribuidos en grupos por las largas mesas del amplio salón comedor iluminado con neones. En las horas de mayor concurrencia siempre había que hacer cola para entrar y estar preparado para tener que comer entre pedazos de pan, charcos de sopa, platos y cubiertos usados y servilletas sucias desparramadas sobre las mesas. La comida no podía ser más anodina: la mayoría de las veces, un rancho desabrido que sabía siempre a lo mismo. La única ventaja que tenía comer allí era el precio de la carta, que era muy barato. Había dos tipos de menús: el básico, que consistía en verduras hervidas y spaghetti o arroz con pulpa de tomate, cuando mejor, salpicados de unos granos de carne picada y acompañados de un huevo frito; y otro, más caro, que incluía las inevitables verduras y, como segundo plato, pollo, roast-beef  o cerdo, a veces empanado, con una ensalada de patatas acuosa y desabrida. Barato o no tan barato, en cualquiera de las alternativas, el precio era adecuado a los bajos estipendios que recibían los becarios y, sobre todo, era accesible al presupuesto de los muchos inmigrantes, en su mayoría magrebíes, que solían acudir a esos comederos.

Los restaurantes universitarios estaban repartidos por varios puntos de París y no todos servían lo mismo y de la misma calidad. En los de mejor reputación no se permitía el acceso a los indigentes o a los inmigrantes y se reservaba la entrada a los estudiantes, siempre que vinieran munidos del correspondiente carnet. Él había oído con atención las recomendaciones de sus compañeros de la residencia que aconsejaban variar de comedero según los días de la semana y según la hora de la colación. Curiosamente, no siempre los sitios recomendados para el almuerzo eran los mismos para la cena: a él le llamaba la atención que alguien se hubiese puesto a pensar en esas sutiles diferencias. Siempre que topaba con este grado de discernimiento sentía admiración por el género humano: los humanos, en cualquier ámbito, se pasan la vida estableciendo criterios y jerarquías, o bien ajustan prioridades con objeto de fundamentar una preferencia que, a fin de cuentas, ellos saben que es arbitraria. Así mismo actúa él en las discusiones: escoge una arbitrariedad en la que cree como base de un juicio y pone todo el esfuerzo en argumentarla de forma consistente y convincente; y casi siempre se sale con la suya. Por eso, cuando tras un largo razonamiento cargado de argumentaciones prolijas, descubrió en un sesudo texto de Paul de Man un comentario irónico del sabio belga en que decía “Esto que he escrito hasta aquí tiene que ser falso porque tiene demasiado sentido y todo encaja a la perfección. Venga ya, vamos a cambiarlo.”, se asombró de saber que no era el único que pensaba así.

Para compensar la ínfima recompensa que se obtenía de los restaurantes universitarios en materia gastronómica y sacar el mayor partido del menú, los clientes se valían de algunos trucos muy sencillos: el más usado consistía en cargar en la bandeja cuanto pudiese caber en ella y servirse cada plato hasta rebosar y, sobre todo, acumular cuanto más pan se pudiese; porque si bien los menús universitarios eran completos (una entrada, un plato principal y, de postre, alguna repostería, una fruta que casi siempre era una manzana o una gelatina insípida), aunque la colación consiguiera con cualquier combinación provocar la inmediata saciedad del cliente por la vía de hincharle el estómago, al cabo de media hora lo habitual era tener la desconcertante sensación de haber comido y no obstante pasar hambre.

La razón de esta anomalía le parecía un misterio de lo más intrigante. Durante un tiempo pensó que las viandas de esos comederos universitarios no eran tales sino que solo lo parecían; es decir, que las verduras eran sucedáneos, hechos de papel prensado, de color y sabor artificiales, de tal modo que los fideos no tenían nada de harina ni de huevo y las carnes no eran tales sino fibras vegetales elaboradas, como había visto hacer con el jamón cocido en España, fabricado con pasta de boniato elaborada industrialmente y el posterior añadido de un colorante rosado al que se le  agregaba un componente químico con el sabor y el olor sintéticos del jamón de York. O quizá la explicación era que lo nutritivo o lo sabroso que pudiera haber en ese rancho se desvanecía por efecto de los largos tiempos de guisado y cocción, lo mismo que hace la grasa en el caldo del puchero. De hecho, durante el año que pasó como becario en París, pese a que comía todo lo que podía, no engordó un solo kilo sino que adelgazó; o quizá fuera porque en París se sintió muy infeliz y ya se sabe que, en tiempos de infelicidad, casi nadie engorda.

En la medida de lo posible intentaba evitar comer en esos lugares. Prefería las fondas y las tabernas de barrio, que no necesariamente eran los llamados bistrós. Por desgracia, la moda de lo décontracté, iniciada a finales de los años cincuenta, ya había convertido los bistrós en establecimientos que empezaban a ser sofisticados y caros. Por lo tanto, él buscaba los sitios que frecuentaban los obreros, los estibadores o los subalternos de alguna oficina aledaña, de modo que, en materia de comida, se confiaba a la sabiduría popular; o si no, se preparaba arroz y huevos duros en el fogón que había en cada piso de su pabellón, en una pequeña habitación situada al fondo del corredor donde, además del fogón, los internos disponían de una repisa, una mesita de fórmica y una nevera sucia que guardaba en su interior, pequeños recipientes de plástico con el nombre de sus propietarios y paquetes con restos de comida, envueltos en papel de aluminio con la correspondiente marca de propiedad anotada con rotulador.

A veces, tal como había aprendido hacer en Italia, en las raras ocasiones en que veía una cuadrilla de obreros trabajando en la calle, pedía consejo a los trabajadores para escoger dónde comer y casi siempre acertaba. En cambio, los viernes por la noche solía escaparse con su amigo Gérard Naddaf a buscar algún restaurante griego o turco en las proximidades de la rue Mouffetard. En esos momentos, durante las cenas de los viernes, tenía la impresión de que recuperaba la experiencia de una vida normal y, al final de la cena, una vaga sensación de haberse alimentado de veras. La fórmula de los viernes era idea de Gérard y un típico producto de su racionalidad práctica. Naddaf era sistemático: solo cenaba en la rue Mouffetard los viernes. Era un canadiense corpulento, especialista en Platón; y lo mismo que tantos otros norteamericanos, estaba orgulloso de haber podido organizar su vida cotidiana de acuerdo con claves estrictas que no tenía inconveniente alguno en compartir con todo el mundo. Sus pequeñas reglas privadas le parecían tan obvias y evidentes y ventajosas que consideraba cualquier objeción a ellas como un signo de necedad. A él le causaba gracia esta rigidez mental de Gérard. Le recordaba la característica obstinación que muestran los norteamericanos en exportar su sistema democrático a pueblos que notoriamente ni lo entienden ni lo saben aplicar y en muchos casos ni siquiera lo desean. La rigidez de Gérard era además una medida de su sentimiento de diferencia y de superioridad frente al resto de los estudiantes del pabellón argentino, casi todos latinoamericanos. Naddaf venía de Nueva Escocia y cuando hablaba acerca la finesse de la vida y la cultura ciudadana de Halifax, su ciudad natal, el rostro se le encendía con inocultable orgullo nacional, pese a que él no era especialmente culto ni refinado ni mucho menos elegante. Aseguraba ser de madre católica; y quizás lo fuera, pero maronita, porque su apellido era de clara ascendencia libanesa, lo mismo que sus rasgos. De hecho, su primera residencia en la Cité había sido la del Líbano y nunca supo él por qué había acabado alojándose en la Maison de l’Argentine.

Gérard Naddaf no tenía el aspecto que se suele esperar de un estudiante de filosofía sino que más bien parecía un leñador: calzaba unas botas recias de un amarillo gastado y sucio y usaba siempre los mismos blue-jeans; y se abrigaba con un suéter grueso y una pesada camisa a cuadros encarnados y negros o un chaquetón, también a cuadros. Llamaba la atención lo satisfecho que se sentía consigo mismo y la excelente opinión que tenía sobre todas las decisiones que había tomado en su vida: la primera de ellas, la elección de su especialidad filosófica, tras estudiar una carrera técnica. Su elevada opinión respecto de su propia especialidad significaba automáticamente que, para Naddaf, todas las especialidades que no fueran la suya eran intrascendentes o banales o torpes extravíos de principiantes. Estudiaba en su cuarto con disciplina espartana y con la ayuda de una pizarra donde anotaba frases en griego clásico y diagramas que solo él entendía y pasaba horas leyendo con ahínco el Libro X de Las Leyes de Platón, que podía recitar de memoria. Eso sí, no tenía ningún empacho en confesar que no sabía casi nada de filosofía, con excepción de sus estudios de griego clásico y sus lecturas de los diálogos de Platón. Si acaso, admitía haber leído en profundidad a Spinoza y a Descartes y sostenía además que su director de estudios, Pierre Hadot, con quien se reunía formalmente para almorzar una vez al mes, era el único sabio auténtico en la Sorbona y no había mejor director de estudios que él.

Para comunicarse con su amigo él usaba el inglés, aunque podía haber sido el francés, que Gérard hablaba fluidamente, con fuerte acento quebequois y haciendo gala de un rico vocabulario, puesto que llevaba ya un par de años en Francia. Nunca cruzaron una sola palabra en español. El inglés fue, en alguna medida, la base de la complicidad que se entabló entre ellos. Al hablar Naddaf se acompañaba de los característicos ademanes de brazos abiertos que hacen algunos norteamericanos para poner énfasis. Años atrás Gérard se había casado con una chica de París, mayor que él y aparentemente de buena posición, que en aquella época estaba enferma de una enfermedad degenerativa que, poco a poco, la iba convirtiendo en una inválida. Tras un tiempo de vida en común, se habían separado y, aunque él intentó muchas veces que Gérard le explicase las razones de la ruptura, nunca recibió una explicación satisfactoria acerca de por qué había dejado su apartamento en el XIVme Arrondisément y se había instalado en la Cité como un estudiante más. Todo indicaba que había sido un matrimonio de conveniencia y que, al desencadenarse la enfermedad de ella, él había optado por una solución egoísta. Estaba en la Cité para ahorrar gastos y sobre todo, para no quedarse solo.

Saltaba a la vista que Naddaf estaba en las antípodas y, sin embargo, él se sentía unido a Gérard por una sincera camaradería. No era la primera vez que le ocurría. En materia de amor y de amistad él solo se siente seguro cuando el otro no tiene casi nada en común: desconfía de las relaciones por afinidades no construidas, por las mismas razones por las que detesta los clubes, los círculos, los cenáculos, las escuelas y los partidos políticos; nunca consiguió pertenecer a ninguno de ellos. En cambio se reafirma cuando entre el otro y él las diferencias o los contrastes no consiguen borrar el reconocimiento mutuo. Igual que en muchas otras ocasiones, él había sentido que Gérard lo había descubierto o, quizás, que se habían reconocido el uno al otro por sus respectivas incompatibilidades, o quizá había sido la edad, pues ambos eran mayores que sus compañeros de residencia.

Esa tarde Gérard no estaba junto a él y en cambio había un constante ir y venir de visitantes en el restaurante principal de la Cité y, como era habitual que ocurriese en los comederos universitarios, los parroquianos en muchos casos no tenían nada que ver con la Universidad sino que pertenecían a la variada hueste de indigentes y marginales de aspecto sórdido que recorren los barrios de París a cualquier hora del día o se acurrucan en las estaciones del Metro o se instalan en los pasajes y callejones próximos a las grandes terminales del ferrocarril. La sordidez de la pobreza fue algo que él conoció, con cierto estupor y por primera vez, en Europa; nada que ver con la pobreza limpia, ordenada y austera de los arrabales de Buenos Aires y Río de Janeiro de su primera juventud. En París, lo mismo que en los barrios de la Ciudad Vieja de Barcelona o en Londres o Nueva York, la pobreza y la marginalidad son máculas autoasumidas por quienes las sufren, como las de los tullidos y sarnosos de las calles de Calcuta, una indigencia que se exhibe sin ningún pudor, en todo su horror y desesperanza. Quienes la sufren, intentan exorcizarlas exhibiéndolas a veces casi con obscenidad. En medio de la opulencia de la vida urbana parisiense, los pobres parecían muertos vivientes o escupitajos, seres monstruosos, demoniacos: brutti, sporcchi e cattivi, tal como los ven los ricos. A él le parecían demasiado autoconscientes para ser considerados auténticamente pobres y en cierto sentido, la versión especular de los intelectuales o los artistas de París, cuya consciencia de si mismos ha sido siempre legendaria.

Pero esa tarde no le llamaron la atención los mendigos en el restaurante universitario sino unos tipos con aspecto de matones que montaban guardia en la entrada. Eran de piel oscura, vestían grandes chaquetas verde olivo que les cubrían el cuerpo hasta los muslos y lucían barbas frondosas. Se movían de un punto a otro de la entrada y miraban atentamente todo lo que sucedía a su alrededor. Solo podían ser árabes o persas y su actitud recelosa y agresiva mostraba que literalmente habían ocupado el edificio o que, en cualquier caso, podían disponer a voluntad quién podía acceder y quién no al comedero. Ese restaurante, que era el principal de la Cité, era territorio suyo. No había una sola mujer entre los clientes. Eran todos hombres.

Estuvo un buen rato tratando de imaginar de dónde habían salido esos matones y qué sentido tenía haber ocupado el restaurante y no pudo reprimir un sentimiento de alarma. En el autobús 14, durante el trayecto al Marais, le dio por pensar que París era una ciudad en peligro y que el mundo entero estaba amenazado por una callada marea de barbarie como la que acabó con Roma. Se sintió fuera de sitio, solo e indefenso y en ese estado de desazón llegó hasta su cita, en un edificio cerca de la iglesia de Saint Paul. Marcó el código para abrir el portal, subió las escaleras y llamó a la puerta del apartamento que se abrió sola. Tras unos instantes de vacilación  entró y se encontró con que todo el ambiente estaba a oscuras. Dio unos pasos y, superado el asombro inicial, alcanzó a ver en la penumbra a su anfitriona que, en lugar de acudir recibirlo, lo esperaba echada sobre la alfombra de la sala, con los brazos extendidos mirando extasiada la noche a través de la ventana que había abierto de par en par. Por toda explicación, ella le dijo que le gustaba echarse así para meditar mientras contemplaba las estrellas del firmamento de París.

Qué extraña manera de empezar una cena, pensó; y se olvidó de Gérard Naddaf y de los matones del restaurante y casi enseguida supo que le aguardaba una larga velada de acoso. Se encogió de hombros con resignación. Sabía todo lo que le tenían preparado y cómo habría de salirse de eso. No era una perspectiva halagüeña pero, en cualquier caso, al menos esa noche comería bien.

CHELSEA

Las calles de Chelsea están desiertas mientras él arrastra la maleta una tarde de mediados de agosto. Sus ojos tratan de acostumbrarse a los rótulos de las tiendas y a las discretas indicaciones escritas en carteles a la entrada de los edificios: uno indica por dónde han de proceder los servicios, el otro que hay un apartamento en alquiler; y aquel otro, que está prohibido pisar la hierba. Se usan frases cortas que le cuesta descifrar. Gira por un sendero que atraviesa una mancha de césped y desemboca en la entrada de su edificio, que por fuera parece un hospital.

Lo reciben los dos porteros de la tarde y a él le parece que lo miran con desconfiada cortesía aunque ninguno de los dos hace ademán de impedirle el paso. Se limitan a preguntarle cortésmente qué lo trae por ahí y, de pronto, él descubre que no lo sabe, lo único que atina es a dar los nombres de los amigos que le han prestado su apartamento en Chelsea para que él pase unos días, pero esa información a los porteros les trae sin cuidado, así que intenta que le disculpen su despiste, les dice que no recuerda…

(¿Qué es lo que no recuerda? Él nunca se olvida de nada. Lo recuerda casi todo…)

Busca la construcción adecuada en inglés para advertirles que no recuerda ni la planta ni el número del apartamento que va a ocupar, pero una incómoda e inesperada timidez le juega una mala pasada. ¿Cómo demonios se dice “la planta del apartamento” en Inglaterra? Él lo sabe, pero eso tampoco lo recuerda. My mind’s in blank, se dice, pensando innecesariamente en inglés.¿Plant? No, eso es una factoría en los Estados Unidos. ¿Level? No, eso es la categoría de un determinado nivel espacial en una propiedad horizontal y él no busca un level sino la planta de un apartamento. Ah sí, flat, pero flat es el apartamento en sí y eso es precisamente lo que no sabe ubicar. Está claro que va a un flat, entre otras razones porque en ese edificio solo hay flats. Empieza a notar que los porteros están algo desconcertados: si les ha dado el nombre de sus anfitriones, tendría que saber en qué lugar del edificio está el apartamento donde tiene la intención de instalarse; pero es inútil, no es que no lo recuerde, la verdad es que no lo sabe. Intenta entonces darles una explicación consistente y coloquial pero le sale un acento posh exagerado. Qué cosa más ridícula. Imagina cómo lo escuchan, porque él mismo reconoce su acento afectado y la innecesaria petulancia de su manera de pronunciar el inglés; pero no hay nada que hacer, sería incapaz de hacerlo de otra manera, él tiene una capacidad innata para imitar el habla ajena, los acentos, las pronunciaciones, la entonación o el timbre de una frase cualquiera, es un perfecto loro; y es algo espontáneo, le sale así. Oírse hablar un inglés tan amanerado le produce un repentino ataque de vergüenza y se hunde en una incómoda zozobra frente a la pareja de porteros que de pronto se le representan como dos suspicaces agentes de policía.

Ha adquirido esta debilidad –el sentimiento de pasar vergüenza– a consecuencia de la educación familiar. A él y a sus dos hermanos menores se les impartió el prurito de la honorabilidad en forma de una regla estricta y al mismo tiempo indeterminada que en su formulación abstracta suena algo así como: “Que nunca se diga de vos que, etc.”, regla que desplaza el pudor, sentimiento tanto más aconsejable cuando se trata de mantener unas cordiales relaciones con los demás. No cabe duda de que ese adoctrinamiento recibido de sus padres dio resultado porque consiguieron hacer de él un individuo que no tiene pudor alguno en lo que hace. Como su padre, que no veía inconveniente en pasearse por casa en paños menores delante del servicio porque, decía, “La servidumbre no tiene sexo”: boutade que a él le parecía impostada y que en cambio su padre consideraba muy elegante.

El caso es que él tampoco tiene pudor y en cambio la vergüenza se le impone como una enemiga implacable, siempre al acecho en todo lo que hace. Sufre más el reproche que se hace a sí mismo por haberse prestado a alguna iniquidad ajena que la maldad que puedan haberle infligido los demás. Algunas veces ha pensado que haberlos educado así, tan sensibles a la vergüenza, tenía el propósito de hacerlos más fuertes y resistentes a las contingencias desfavorables en la vida –más íntegros, como suele decirse (aunque él nunca ha sabido qué se quiere decir cuando se habla de la “integridad” de un individuo)–; pero al final resultó que la moral de la vergüenza que regía en su casa familiar acabó por convertirse en una cruel perseguidora aliada de las malas personas: cualquiera puede con él, con solo que se las ingenie para conseguir que pase vergüenza.

La moral de la vergüenza consiste en un puñado de reglas íntimas y personales que no se comparten y no se pueden explicar. Prolongan una afrenta recibida y le añaden un plus de humillación, de tal modo que cualquiera que sea el daño recibido, se convierte en escarnio; y el agravio sufrido dura mucho tiempo porque el sentimiento de la vergüenza no viene de fuera y rara vez es inducido por otro sino que está animado por uno mismo: uno acaba por convertirse en su propio perseguidor. Por ejemplo, cuando se es objeto de una traición, se sufre además la vergüenza de pensar que el traidor se ha permitido la audacia de traicionarte. ¿Fue un error de sus padres haber concebido semejante moral como pauta de conducta? Más bien parece que fue una manera de compensar lo incapaces que eran de impartir a sus hijos las reglas sociales asumidas y convencionales, quizá porque ellos las rompían una y otra vez con soberbia y obstinación, como cuando hacían un culto del amor conyugal, que era expuesto a la mirada de sus hijos sin tapujos, con besos, abrazos, caricias, regalos, elogios y todo tipo de declaraciones, pese a que se admitían de hecho todas las infracciones y las faltas y se toleraba la infidelidad hasta la desvergüenza. A la hora de decidir, él nunca sabía dónde estaba lo correcto: ¿había que ser fiel o aceptar la infidelidad como una regla tácita de vida? Imposible saberlo. La fidelidad era un signo de nobleza pero la infidelidad era la prenda de la libertad. ¿Cómo decidir entre ellas? Era como si cada regla dictada y expuesta, al mismo tiempo que marcaba una norma de vida, necesariamente dibujara con toda precisión la excepción o la anomalía válida de tal modo que, a fin de cuentas, él nunca sabía si lo correcto era seguir la regla o permitirse la excepción. De lo único que estaba seguro era de que no había que pasar vergüenza.

La vergüenza era pues un rasgo de honorabilidad pero sin contenido moral alguno. En suma, que él y sus hermanos fueron víctimas inocentes de esa curiosa manera de administrarla y, en general, algo indiferentes frente al sentimiento de culpabilidad. Podrían haberse convertido en tres psicópatas infelices, pero solo les alcanzó para añadir algo más de infelicidad a la vida ordinaria; él puede sentir (y sufrir) la culpa, pero la culpabilidad nunca le ha servido para establecer una pauta de conducta. Es capaz de soportar y asumir sus cargos de consciencia pero frente a la vergüenza no sabe qué hacer. Peor aún: la desvergüenza ajena lo paraliza, lo deja perplejo.

A cambio, él y sus hermanos comparten una misma actitud arrogante –el orgullo es el lado visible de la vergüenza, que a veces se confunde con el descaro– que les sirve para compensar cualquier daño que puedan sentir a causa de ella; y como cualquier situación puede hacerles daño, para protegerse de golpes imaginarios se muestran altivos. La arrogancia les sale naturalmente en forma de comentarios implacables o de impostada autosuficiencia; o en algunos gestos característicos, como mirar a los demás con impudicia y sin el menor respeto, como se mira a una res en una exposición ganadera. Ninguno de los tres ha sabido cómo controlar esa arrogancia que enmascara la vergüenza y se manifiesta en súbitos arranques de agresividad dirigidos contra los demás. Son agresivos, o llegado el caso, incluso violentos, pero solo por el gesto, porque en realidad lo que expresa su conducta es el amargo reproche que su consciencia moral avergonzada descarga sobre ellos mismos.

Como cabe esperar, los porteros del edificio se muestran totalmente indiferentes a estas tribulaciones suyas en el breve intercambio frente al mostrador de la entrada. Aceptan con paciencia que balbucee en un inglés afectado y unos segundos después uno de ellos adelanta:

Number ninety, fourth floor.

(O sea que planta era floor…)

En el breve trayecto en ascensor a él le da por pensar en homofonías imposibles para floor, entre su lengua española y el inglés y en el hiato semántico que separa ambos sonidos, que bien podría representar lo mismo que la distancia que lo separa de las costumbres inglesas locales. ¿Por qué al oír floor no entiende flor si, en el fondo, del concepto solo percibe el sonido de la palabra? Y esta gratuita cuestión fonológica lo lleva a pensar sin solución de continuidad que, frente a un badulaque que vacila, él no habría actuado como los porteros ingleses sino con fastidio; y sin embargo, no ha habido ni asomo de descortesía por parte de los servidores sino, cuando mucho, una delicadeza que su hermano menor calificaría como típica de la aloofness británica, que consiste en tratar al otro con deferencia, observarlo con objeto de marcar superioridad de forma doble: mirándolo de arriba a abajo pero sin faltarle el respeto, como si se tratase de enseñarle a reconocer que en este mundo hay unos que ocupan por derecho un nivel más alto y, de paso, mostrarles la índole de esa superioridad, que los británicos consideran que les ha sido dada a ellos por naturaleza. El portero ha estado correcto: ha dejado que él tropezara con el inglés y enseguida lo ha sacado del atolladero.

Mientras abomina de si mismo por su torpeza, a solas en el ascensor que sube hasta la cuarta planta, percibe el olor que despiden los pasillos del edificio: un tufillo algo rancio, de platos recocinados y grasientos, olor a humedad y a encierro seguramente agravado porque las puertas vaivén de los corredores, pensadas para frenar las corrientes de aire en los días muy fríos, impiden la ventilación, a lo que se añade el efecto del calor que, de forma imprevista en esa época del año está instalado en Londres desde hace más de una semana, empujado por los aires africanos que atraviesan todo el continente europeo. Un olor penetrante que despiden las maderas cubiertas de barniz viejo y la mugre pegada sobre la gruesa capa de pintura que cubre las paredes interiores del edificio.

Londres es una ciudad olorosa. ¿Reconocerán ese olor los londinenses que han sabido sacar partido de sus propias inmundicias y miserias y se las han arreglado para elevar su desorden al nivel de signo de distinción? No hay casa inglesa que no deje ver una delgada capa de mugre sobre sus muebles y sus objetos, que sus propietarios armonizan con su característica distinción para el desaliño estudiado: una casaca les resulta más elegante cuando falta en ella un botón y los zapatos les parecen más atractivos cuando han pasado por varias jornadas de lluvia y barro. Uñas y dientes sucios o manchados, uniformes viejos, libros usados, alfombras deshilachadas: en cuanto se atraviesa la fina pátina de confort y modernidad desplegada en las últimas décadas, inusitadamente prósperas, aparece la Inglaterra de siempre, con su hollín, sus papeles viejos y sus desechos industriales y su mugre distinguida.

Y así, pensando en su vergüenza y en ese desaliño británico que a Kant le parecía que servía para estimular la imaginación, abrió la puerta del apartamento en Chelsea y, como solo recibimiento, otra bocanada de calor.

EL UNIFORME

El comienzo del año en tierras australes es algo anómalo. El calendario marca que sea en los días de enero pero en realidad la vida del nuevo año comienza mucho más tarde, al final del verano, pasados enero y febrero, que son los meses de las vacaciones. Para él y para sus hermanos el año empezaba con el día en que se compraban los uniformes y los útiles para el colegio. Era una sola compra que duraba casi toda una mañana y se realizaba en unos grandes almacenes llamados McHardy-Brown, situados en la esquina de la calle Florida con Cangallo, en pleno centro de Buenos Aires.

No había mucho que esperar de esta compra programada, ninguna novedad digna de ser anotada como no fuera la convalidación de un protocolo riguroso, lo que era hasta cierto punto lógico, puesto que se trataba de un uniforme reglamentario. Para él y para su hermano menor la pieza principal era el blazer de paño azul oscuro, de tres botones metálicos dorados. Como alternativa existía una variante admitida por el colegio y que consistía en una chaqueta corta de corduroy azul hasta la cintura, ceñida con un moderno cierre de cremallera y rematada en los puños de las mangas con una banda de tejido de punto elástico. Sin embargo, esta fórmula, que daba a los alumnos del colegio una mayor ligereza en los movimientos, era desechada por el padre de él, que consideraba las modas importadas de los Estados Unidos –las gorras de visera tipo béisbol que usaba Perón, las zapatillas deportivas, las camperas, los calcetines cortos, etc.– signos de pésimo gusto. Lo mismo pensaba acerca de las camisas blancas: su padre sostenía que la combinación correcta para conjuntar con el blazer de paño debía ser la camisa celeste, desafiando de manera abierta las instrucciones del colegio, que exigía que la camisa fuese blanca. No hubo manera de hacerle cambiar de parecer, su padre nunca transigió y el colegio terminó por aceptar el celeste. La camisa, por otra parte, debía ser de manga larga, lo que suponía un inconveniente adicional puesto que en McHardy-Brown no había camisas celestes de manga larga para tallas infantiles, de tal modo que él usó durante toda su niñez unas camisas de amplios faldones pensadas para adolescentes y mangas larguísimas que por fuerza había que retocar cosiéndoles unos pliegues a la altura del brazo o, si no, doblando los puños.

La corbata del uniforme no planteaba problemas, pues era siempre la misma corbata de rayas blancas sobre un fondo azul oscuro, aunque era preciso comprar una nueva cada año puesto que la del año anterior solía estar mordida y deshilachada y toda manchada de grasa y restos de comida. El colegio exigía que el blazer llevase cosido sobre el bolsillo izquierdo de la pechera el badge de la institución, con el dibujo de un típico blasón escocés bordado en hilo blanco con dos cardos entrelazados y el lema, Sic itur ad astra. Lo habitual era que fuese el mismo badge reciclado del uniforme del año anterior; o sea que solía estar algo ajado y marcaba un feo contraste con el uniforme nuevo. De todas formas podían pasar meses hasta que su madre se decidiese a hacer que alguien, alguna costurera o mucama, lo cosieran en el lugar determinado. Ella se negaba de manera sistemática a hacerlo, lo mismo que rechazaba realizar cualquier tarea de las consideradas domésticas y que entonces estaban reservadas a las mujeres; y solo se avenía a ocuparse de ellas cuando a casa llegaba alguna recriminación por parte de las autoridades del colegio exigiendo que se cumpliera el reglamento del uniforme.

El uniforme se completaba con unos pantalones largos de franela. Él recuerda haber usado pantalones cortos, también de franela, pero muy al principio. El paso de los pantalones cortos a los largos tuvo lugar tras la inevitable negociación con sus padres que, por norma, solían resistirse a dar cualquier concesión a sus hijos, por razonable o atinada que fuese, lo cual estimulaba en ellos una necesidad imperiosa que luego, inexplicablemente, sus padres recompensaban con creces, incluso por encima de las expectativas de sus hijos. Así, él fue de los primeros en usar pantalones largos en su promoción y el primero en recibir un estipendio semanal para sus gastos, de tal modo que, de buenas a primeras pasó de la indigencia a disponer de dinero por encima de sus necesidades. Con relación a los pantalones, su padre también era muy estricto, exigía que fuesen de “franela peinada” y no gruesa, puesto que esta última estaba considerada como apropiada solo para el uniforme de los ordenanzas. Tampoco podía ser sarga ni cheviot sino una franela de un gris de tonalidad media y equilibrada, ni muy claro ni muy oscuro, ligera y muy suave, que al final del año se pelaba a la altura de las rodillas y que fatalmente acababa por descoserse en la entrepierna. El pantalón debía ser de pinzas hacia dentro y las perneras rematadas en vueltas que su padre insistía en llamar “botapiés” y no “botamangas”, como las llamaba todo el mundo, aduciendo que solo era correcto hablar de mangas con relación a los brazos y no a las piernas, a lo que añadía algún argumento académico o idiomático más o menos atrabiliario. Había una regla para establecer el rango de la pernera del pantalón: un poco más largo a la altura del talón, cuidando que la caída de la franela formara un solo pliegue –y no dos– sobre el zapato.

De todas formas, el rubro más importante en la compra anual del uniforme eran los zapatos. En materia de calzado su padre era especialmente meticuloso y exigente: habían de ser unos brogues negros pespunteados, de doble suela de cuero, nunca de goma, lo cual implicaba para él una considerable desventaja frente a sus compañeros de colegio, que iban calzados con unos envidiables zapatos semi-industriales, de cuero encerado y opaco y suela de goma antideslizante que les permitía correr en el patio durante los recreos y jugar con eficacia al fútbol. Se llamaban Gomicuer, marca que no dejaba lugar a dudas sobre el material empleado. La elección de los zapatos no era negociable: su padre exigía además que los cordones fueran de algodón, planos y no redondos y, como única concesión práctica, que pasaran por el zapatero para que les añadiese unas chapitas metálicas en las punteras y en un lado del tacón, a modo de refuerzo. Con el uso continuado, las chapitas acababan por desprenderse de la suela y colgaban del zapato, dejando rayaduras en la madera del parquet con cada pisada.

Esos zapatos solo los tenía McHardy-Brown. Olían fuertemente a cuero y crujían de una manera inconfundible al caminar con ellos; para él, los zapatos del uniforme, flamantes y lustrosos, eran el signo propiciatorio del año que comienza. Con ellos él aprendió a reconocer y gozar con ese crujido en otros objetos también de cuero: en las sillas de montar y en las cartucheras de los grandes portafolios marrones que también formaban parte de la compra anual del uniforme. Nada comparable a ese característico olor penetrante del cuero argentino cuando está nuevo y que, con el tiempo, acabó por ser un emblema de lo auténtico por antonomasia.

Aunque era un simple uniforme de colegio privado, no le fue difícil descubrir casi enseguida que se le podían hacer un buen número de variantes, a menudo sugeridas por compañeros que él admiraba o pretendía emular. Por ejemplo, no eran lo mismo los botones dorados si eran planos o abombados y redondos, así como había muchas maneras de llevar la corbata, anudada al revés, o semioculta entre el segundo y el tercer botón de la camisa, un poco abombada para que pareciese un discreto foulard. El uniforme le permitió desarrollar una coquetería íntima y distinta que era por una parte mera emulación de la de su padre; y por otra, un sentido de la variación del que nunca ha conseguido desprenderse y que se le impone como una regla gozosa que los demás pocas veces perciben; y que, si alguna vez la detectan, no entienden. Podría pensarse de él que es un niño que va siempre disfrazado pero en realidad no hay tal disfraz sino el mismo uniforme que a él le sirve para mirarse, vigilarse, escrutarse, en un examen permanente e implacable que se impone todo el tiempo sobre sí mismo.