POESÍA Y TESTIMONIO

Todo lo que se refiere a la poesía suele ser problemático. Se empieza por comprender qué textos son poesía (y cuáles no lo son), se sigue por saber cuál pueda ser la función o el interés de la poesía y si se la puede identificar entre los llamados “géneros literarios” y se acaba por determinar cómo se identifica a un poeta, investidura que muy a menudo es ilegítima.

Ninguna de estas cuestiones es vital o trascendente salvo para quienes piensan que para hacer algo con las palabras es preciso conocer en qué registro se tiene la intención de hacerlo, como aquellos que a la hora de “filosofar” creen necesario empezar por definir qué entienden por filosofía.

(Me ocupo, pues, de un asunto intrascendente.)

Pues bien, no se trata de esto sino de que a veces hay poetas que confirman o refundan su propio oficio y lo dejan pautado para los demás. Por ejemplo, J. L. Borges cuando daba a la función poética un valor realizativo que –dícese– es el sentido original del antiguo verbo griego poieín. Para Borges el poeta era un “hacedor”, por contraste con el mimetés, aquel que se limita a copiar. En el medio, entre poiesis y mimesis, podríamos situar el trabajo del testigo: el hystor, aquel que da cuenta de un acontecimiento memorable, como hace el cronista. De acuerdo con esta categorización sui generis, el poeta sería el testigo –cronista– de una experiencia personal, lo mismo que el historiador es testigo –de nuevo, cronista– de lo que han hecho los demás. Y un poema entonces –da igual si es en metro o en prosa– es primariamente un testimonio; tanto, que ha de ser lo más fiel y lo más preciso con relación a lo experimentado por el poeta, lo cual explica que la poesía conlleve cierto hermetismo.

Yo conocí la obra de Seamus Heaney justamente a través de una conferencia, transcrita en forma de ensayo e incluida en un volumen de miscelánea en prosa: De la emoción a las palabras. (trad. y ed. de Francesc Parcerisas. Barcelona, 1996). En ese texto Heaney intentaba explicar cómo se genera el texto poético a partir de una emoción, el “nudo en la garganta” del que habla Robert Frost para describir lo que le sucedía en el momento de ponerse a escribir. Poner por escrito una impresión indeterminada que paradójicamente el poeta busca (y a veces encuentra) por medio de ensayo y conjetura. La labor poética, pues, consiste en dar testimonio de lo que el poeta siente, tarea indefinible que según Heaney se suele llamar “inspiración” y que –de forma más precisa y críptica– él entiende como un digging into oneself.

No hace mucho encontré en una revista británica este “poema” de Heaney, significativamente titulado Testimony: The Ayax Incident y me detuve a leerlo, como leo casi todo lo referido a la tragedia de Áyax.

Lamps had gone out, the late sentries dozed,
When something just came over him. He rose
And rigged for action, lifted down
His two-edged slashing sword, a bedside weapon
He kept like a second bedmate, then slipped outside
Far more nimbly than you’d have expected
For a man his size, with that night-mirroring
Blade in hand, aloft. Anything
I said meant nothing to him, mere
Wife-babble, ignored the same as ever,
Even though this time there was no attack
Being sounded, no command.

Then he was back,
In through the tent door like a conquering drover
With his captives on a rope: bull calf, heifer,
Milk cows, rams and ewes, the very sheepdogs.
How long he’d rampaged through their pens and paddocks
Or why he was herding them I couldn’t tell
Until the butchering started. I can still
Hear the slosh of innards, piss and muck.
Some he beheaded with a single stroke
Down through the neck bone, some he wrestled flat,
Legs and belly up, and cut their throats,
For all the spurted dung and kicks and horn-toss.
Some that he tied and tortured like prisoners
Slit by slit, hamstring and lip and ear,
Just bled to death, hoofs beating at a chair.

At last there came a lull, then a tirade
Against those chiefs he thought he’d left for dead
On the floor behind him, once comrades, men of honour,
But now reviled; he stood by the tent door
Bellowing hate and havoc and their names.
Then, bloody-spoored and raving, in he comes,
Returning to his senses bit by bit,
And starts to butt the tent-pole, going quiet
As he climbs and slips and struggles through a mess
Of entrails splattered and opened carcasses.
And so for a long while he just lay there dumb,
Dragging his nails and fingers for a comb
Through his slathered hair, breathing like a beast
Slack-mouthed and winded. But came round at last,
Risen off all fours to overbear,
Turning on me to explain the massacre,
So I told him what I think he knew he’d done.

Then Ajax raised his voice in lamentation,
At bay now and in disproof of his rule
That warriors didn’t weep, they weren’t old women –
But soon his head-back, harrowing wail
Turned to the long deep moaning of a bull.

Slumped, slow motioned, he is in there still,
Ensconced on a pile of slaughtered meat and offal,
Lowing to himself. Something gathers head
And is going to happen. We must pay him heed.
Nothing is over, only overdue.
A friend should go to him. One, friends, of you.

Áyax es la más antigua de las tragedias de Sófocles que se conservan. Su asunto es incierto, pues trata aparentemente de la locura y del honor del guerrero aunque las lecturas más inteligentes descubren detrás de esta trama convencional sentidos profundos e inquietantes. Por ejemplo, Jacques Lacan, apoyándose en una observación de Karl Reinhardt, se sirve de ella para dar una definición recursiva y característicamente barroca de la condición heroica (me ocupé de este tema en El Nubarrón del 14 de octubre de 2011)

Heaney en cambio es mucho más modesto. En su asumido papel de testigo, recoge la anécdota que narra la tragedia –la masacre–, la amplifica y la traspone a la prodigiosa síntesis expresiva de la lengua inglesa, pero también la allana y la hace pedestre e intrascendente como una repugnante exhibición de casquería; y rebaja también la estatura del héroe, como uno que se ha “pasado de rosca” (Nothing is over, only overdue). Y esa llamada final que suena a un “Venga ya, que alguien se ocupe de este infeliz…”

El testigo y su tosca y ramplona mirada proletaria miran con sus ojos desentrañados el espectáculo de la vergüenza de un héroe que no es tal; como tampoco la tragedia es tal sino un mero “incidente”, la aventura de un desequilibrado.

Es muy extraño este poema: una obra de arte (?) irreverente que viene a devolver la grandeza del arte clásico a su llaneza terrestre y la usa como motivo para un ejercicio de lengua. ¿A qué me recuerda? A que en gran medida eso es lo que hace toda la literatura moderna con la vieja tradición.

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