LA PERSPECTIVA Y LA VISIÓN

En un libro de Jean-Luc Marion. (El cruce de lo visible. Castellón: Ellago Ediciones, 2007) se afirma que todo cuadro es una anamorfosis; es decir que una pintura es un programa diseñado con el propósito de hacer visible algo. En realidad, Marion puede afirmar esto porque reduce la anamorfosis al modelo de la perspectiva y su tesis principal y punto de partida del libro es que la perspectiva hace visible lo invisible.

En efecto, la perspectiva es un signo. Indica al ojo cómo debe procesar el plano de la visión para generar un espacio virtual. La indicación establece jerarquías en las formas para determinar planos virtuales, aunque esas jerarquías siempre se pueden invertir, tal como se muestra en algunas ilusiones ópticas o en los grabados de Escher.

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Por todo ello, no creo que la perspectiva tenga la capacidad ontológica de hacer ver lo invisible. Marion confunde la generación con la simulación.

La perspectiva hace ver, en el sentido de que simula una presentación (por ejemplo, la presentación de un espacio o un escorzo, o incluso el sesgo de una opinión), pero ella misma no se ve. En el mismo momento en que la “vemos” su efecto se desvanece. No obstante, se me ocurre un contraejemplo notable: el Cristo yacente de Mantegna.

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que, de tan manierista, resulta casi blasfemo, pues la perspectiva y la destreza del pintor para ejecutarla se anteponen a la representación de Jesucristo, que queda a un lado en cuanto “vemos” la proyección tridimensional simulada en el cuadro.

En cualquier caso, no puede haber una perspectiva de la perspectiva, del mismo modo que una operación entre números solo se reconoce o se detecta cuando se opera con ella. Alguna vez me he preguntado qué es eso de “sumar”.

(Tú no preguntes. Suma y calla.)

La perspectiva y las operaciones con números, como las categorías kantianas, son objetos trascendentales. Importan por lo que hacen posible, lo mismo que los operadores lógicos y los signos de puntuación. Son meras funciones y, en este sentido, solo cabe pensarlas como si estuvieran fuera del lenguaje, del mismo modo que una jugada de ajedrez tiene lugar en una partida pero no forma parte de ella como regla pese a que incluso se la puede ensayar y repetir. El espacio de la perspectiva –como la expresión de un semblante– es como la jugada maestra que da jaque mate al rey: se ve tal como de pronto ve el jugador de ajedrez un movimiento decisivo que le permitirá ganar la partida; y como éste, resulta de una combinación inteligente y discreta de relaciones lógicas e intenciones. Por medio de las primeras la mirada hace posible y presentable una forma, la construye y la piensa; y, guiada por las segundas, dispone a la consciencia a creer en ella.

Así es como llegamos a creer en lo que vemos.

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