SENTIDO Y CONSISTENCIA

(Con la muy apreciable colaboración de Carlos Yannuzzi)

Toda explicación de un hecho comienza por la formulación de una hipótesis. En una segunda fase se procede según dos alternativas: una es el ensayo, que permite alcanzar cierto grado de consistencia teórica. El resultado es engañoso puesto que la reproducción de condiciones semejantes a la realidad –por ejemplo, en un laboratorio– presupone la instrucción de protocolos empíricos de prueba y, consecuentemente, la determinación teórica sobre cuál de los hechos que se observan sirven para convalidar una teoría y puede tenerse como “experiencia”. Por esta razón los resultados quedan algo falseados. La otra consiste en refugiarse en la consistencia racional de los enunciados teóricos que las más de las veces se logra por medio de alguna argucia retórica. En este segundo caso, si el teórico respeta la lógica, puede que consiga imprimir verdad a su argumento; por lo contrario, si la consistencia de la teoría ha sido lograda por medio de componendas y artimañas, su “verdad” tiene tanta validez como la de un sofisma cualquiera. Para dar un breve ejemplo: desde un punto de vista formal las proposiciones “Todos los hombres son mortales” y “Nadie ha montado jamás a un unicornio” son ambas verdaderas. Sin embargo, su valor predicativo no es del todo equiparable puesto que en la segunda de ellas al menos uno de los elementos es imposible de corroborar.

La primera alternativa –establecer la prueba por contraste con la experiencia–, no es del todo satisfactoria puesto que una teoría nacida de la observación de un acontecimiento se funda en experimentos que, a su vez, han sido diseñados (o etiquetados) como experimentos de acuerdo con los postulados y requisitos formales de alguna teoría complementaria. Parecería entonces que, por muy empíricas o realistas que se pretendan, las teorías no son más que variaciones o desarrollos de otras teorías. En la segunda alternativa, en cambio, la autoridad del juicio se apoya en la lógica, pese a que sabemos que es limitada, pues los procedimientos lógicos son verdaderos en todos los mundos posibles pero solo si se mantienen en el plano de las proposiciones analíticas, condición de verdad que no puede invocarse cuando la lógica se aplica a un ámbito situado fuera de la pura forma.

Por añadidura, se da la paradoja de que en el plano de los acontecimientos, en términos estrictos, nada tiene sentido y, en cambio, todo puede tenerlo. La posibilidad del sentido es el fundamento irrenunciable de la voluntad de saber. ¿Cómo? Para hacer que algo que parece no tener sentido lo tenga basta con argumentarlo correctamente. Una buena parte de las verdades llamadas “científicas” proclaman su autoridad no en virtud de pruebas empíricas irrefutables sino de procedimientos racionales impecables. Y, por otro lado, un buen número explicaciones que a la postre resultan ser patrañas son convincentes porque parecen sostenerse –y a veces así es– en observaciones empíricas evidentes.

La hipótesis, por lo demás, contiene un componente paradójico: desde el punto de vista lógico, toda hipótesis que explica fenómenos controvertidos, goza per se del status de lo (que se tiene por) verdadero; como bien es sabido, un consecuente falso (no probado), dará valor de verdad al enunciado con independencia del valor de su antecedente. La hipótesis es siempre verdadera, porque lo que explica no corresponde a hechos probados sino solo supuestos.

El caso de las teorías llamadas “conspirativas” es un ejemplo palmario de lo que intento explicar. Lo más notable de este tipo de teorías no es su endeblez lógica o su falta de sentido, sino todo lo contrario. Una teoría conspirativa tiene, por así decirlo, demasiado sentido, puesto que al peso de los hechos que presenta como evidentes añade la fuerza de un argumento, lo que a menudo la hace rotundamente convincente. Más aún, puesto que la hipótesis de una conspiración cualquiera está inspirada por el saludable espíritu de la sospecha y esta, a su vez, está en la base del espíritu crítico, deberíamos prestar mayor atención a las teorías conspirativas. ¿Cuánto debe el conocimiento a individuos que se resisten a admitir como válido un argumento o a tener por verdadera cualquier cosa que se le presente ante sus sentidos? Bienaventurados sean entonces los que sospechan, porque contribuyen al avance del saber.

Las teorías llamadas “conspirativas” se suelen orientar por un desvío que se apoya en hechos observados. Su regla hermenéutica consiste en desconfiar del sentido y atender solo a la consistencia de una probable explicación. Y viceversa, cuando se trata de convencer, ponen todo el esfuerzo en el diseño del argumento en detrimento de su fundamentación. Al teórico conspirativo le basta con mostrar que la exposición de cualquier explicación diferente a la suya carece de sentido porque es inconsistente con relación a lo que muestran los hechos. En cambio, la explicación (pongamos que) científica procede al revés: demuestra racionalmente que, aunque parezca inverosímil o inconsistente, así es. Por esta razón, ante la alternativa de escoger entre una opción o la otra con objeto de establecer un caso de modo convincente, muchas veces nuestra decisión es irracional. Por otro lado, las teorías conspirativas razonan de acuerdo con la famosa navaja de Ockham. Según esta cortapisa la teoría que en igualdad de condiciones ante otras teorías presenta menos excepciones a sus reglas es la correcta. 

En este punto unos elegirán el sentido, otros preferirán la consistencia. ¿Estuvo alguna vez el hombre en la Luna? Mientras no sea posible verificar si hay o no vestigios dejados en la superficie del satélite por las siete misiones Apollo que la visitaron y sea inevitable sospechar que todos los elementos de prueba de dichas expediciones pudieron haber sido trucados, no habrá manera de convencer a los que piensan que esas exploraciones fueron una estafa. ¿Por qué? Pues porque esos elementos probatorios son a su vez generados por procedimientos técnicos manipulables. Curiosamente, el mismo argumento utilizado por los inquisidores durante el juicio a Galileo que, según decían, había añadido las imágenes de las fases de la Luna a la lente del telescopio para dar por convalidadas sus teorías.

De forma significativa, una construcción ideológica que se oriente por la deriva de la conspiración no trata de alcanzar el sentido (o la verdad) sino que le basta con concebir una explicación mínimamente consistente. Así proceden no solo los ideólogos políticos sino la gran mayoría de los comentaristas, los epígonos y los escoliastas de los grandes filósofos cuando “resuelven” las dificultades o las inconsistencias de los maestros. ¿Qué es lo que hace tan convincentes a las explicaciones ideológicas? ¿De dónde extraen su fuerza, por ejemplo, las teorías que señalan a un “género” como víctima o como dominador del otro? ¿O las que atribuyen causalidad final a los hechos de la historia? Los judíos niegan los cargos de los antisemitas que los acusan de haber tramado una conspiración para apoderarse del mundo, pero para defenderse recurren a su vez a otra teoría no menos conspirativa, según la cual desde hace milenios hay una permanente conjura antisemita empeñada en exterminarlos. Unos y otros esgrimen hechos que avalan sus reclamos tanto como desautorizan los de sus enemigos porque, afirman, los han manipulado.

Mientras sea posible –es decir, legítimo– para el juicio discriminar entre sentido y consistencia, seguiremos incurriendo en todo tipo de arbitrariedades, ideológicas o no; y la verdad permanecerá, como siempre, lejos del alcance de nuestro entendimiento.

Ahora bien, ¿queremos de veras que esa diferencia que nos impide llegar a estar en lo cierto desaparezca del todo? No estoy muy seguro de que sea así. Los errores generados por el prejuicio y la sinrazón se pueden corregir; en cambio las certezas (que solo consiguen las máquinas) no.

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