CLEOPATRA

Una leyenda que –creo– difundió a comienzos de nuestra era Plutarco, en su biografía de Antonio, describe a la pérfida y sensual Cleopatra, uno de los arquetipos de la femme fatale, dándose a sí misma muerte por un procedimiento harto sofisticado en comparación con lo que suelen ser las veleidades de los suicidas pero, en todo caso, muy a tono con su bien ganada fama de cortesana intrigante y sin escrúpulos. Según cuenta Plutarco, Cleopatra se dio muerte haciéndose morder por un áspid que previamente había sido escondido por orden suya en una cesta con frutas. Algunas versiones de esta escena dramática muestran a Cleopatra a punto de ser atacada por la serpiente, otras la enseñan postrada por el veneno, con el brazo exangüe junto a la serpiente; y otras mordida por la víbora en uno de sus senos.

(¡Los senos de Cleopatra!)

En todas ellas, Cleopatra es víctima de su aliada natural, el ofidio venenoso, lo cual confirma el relato del Génesis que asocia a la mujer y la serpiente unidas hasta la muerte.

El italiano Guido Cagnacci fue un pintor del Barroco tardío que alcanzó notoriedad hacia el final de su vida en la Corte de Viena. Allí pintó dos representaciones sucesivas de la muerte de Cleopatra, en 1658 y en 1660. En la primera versión, Cleopatra es una joven de belleza idealizada y frágil que yace plácidamente tras haber sido mordida por el áspid, rodeada por sus damas de compañía.

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El retrato apela a una vaga intención erótica: la reina moribunda está semidesnuda, lo mismo que una de sus servidoras, pero el decoro prevalece sobre cualquier derivación lujuriosa de la escena, lo que es da a entender que Cagnacci trabajaba en este cuadro bajo estrictas indicaciones de su comanditario.

En cambio, en la segunda versión de este mismo episodio, pintada dos años después, parece evidente que Cagnacci trabajó inspirándose en un tema de su repertorio pero sin referirse a éste sino más bien a su propio deseo, puesto que aquí no es la muerte de Cleopatra lo importante sino la modelo que la representa y el gesto escogido por Cagnacci para presentarla.

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¿Quién sería esta mujer voluptuosa que mira a su retratista con gesto audaz y casi obsceno? ¿Una criada de la Corte, quizás, o una cortesana desenfadada? ¿No sería acaso su propia amante?

En la primera Cleopatra, Cagnacci se ajusta a una idea y a un motivo y –probablemente– a una indicación y su labor es, pues, la de un artesano aplicado. La segunda representación en cambio es como si el pintor hubiese preferido atender a su propia pulsión y hubiese decidido mostrarnos cómo es su Cleopatra. Trabaja emancipado, es decir que se comporta como un “artista”.

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