PREJUICIOS

Pocas cosas son tan comunes, repetidas y generalizadas como la calificación moral que aplicamos a los demás. Por otro lado, lo habitual es que cuando se ocupa de la ética la filosofía intente que los juicios morales sean (o parezcan) opiniones razonables. Sin embargo el solo hecho de que –en filosofía– descompongamos la unidad que forman el sujeto y su acción en una “persona” (o consciencia moral) y su correspondiente “conducta”, prueba que este edificante propósito que se supone dirigido a comprender la acción, de entrada vincula el juicio moral con los prejuicios dualistas del que juzga. La verdad es que no hay tal “persona” y, si la hay, entonces es indistinguible de la acción; y no hace falta remontarse al verso de Yeats:

How can you tell the dancer from the dance? (”Among school chidren” en Yeats, W. B. The Poems. Ed. de Daniel Albright. Londres: Everyman’s Library, 1992.)

para recordar que nada hay de distinto entre la acción y quien la ejecuta. La disociación que aplican los filósofos contiene un supuesto dualista –y que conste que yo no tengo nada en contra del dualismo– usado para que el juez pueda moralizar a su antojo.

Y, desde luego, este supuesto es también un prejuicio. Por ejemplo, sirve para juzgar así: “Yo creo que eres una buena persona, pero si sigues por este camino, te pierdes…” pero también para sostener de forma tajante y sin tapujos que un individuo es un hijo de puta aunque sus actos no lo demuestren.

Podría parecer que pensar en términos de pautas morales es parte irrenunciable del juzgar y signo imborrable de la humana inclinación a pensar y actuar humanamente; y, en definitiva, que la moralidad es una prueba más de lo mucho que reducimos lo que es o lo que ocurre a las condiciones de nuestros esenciales antropomorfismos, que nuestra “humanidad” se muestra sobre todo en la arbitrariedad de nuestros juicios morales. ¿Pero son estos los únicos juicios sesgados o parciales? Honestamente, creo que no. El único momento en que juzgamos con objetividad es cuando media un contexto técnico. En ese caso nuestro juicio se atiene al objeto (o a la letra de la norma, como se enseña en las escuelas de judicatura), lo que solo se consigue tras mucho esfuerzo de “despersonalización” –como suele decirse. Cuando la técnica diseña el dominio de la deliberación el juicio queda absolutamente desentrañado, como si fuera de otro; y tras un proceso que se parece lisa y llanamente a la abstinencia crítica, suele acabar muy próximo a la anomia y muy lejos de la ética filosófica. Así ocurre a veces con las sanciones de algunos jueces que, de tan “despersonalizadas”, resultan casi anómicas.

¿Pero cómo? ¿Puede uno convertirse en una máquina de tal modo que las propias opiniones sean como las instrucciones de un manual de uso de un artefacto cualquiera?

(Devenir máquina es el sueño de los psicópatas…)

No. Pese a los esfuerzos de los científicos y los técnicos que se disfrazan de científicos, no somos máquinas y no nos satisfacen los juicios precisos sino, en todo caso, que algún deseo se colme. Por lo tanto, la imparcialidad es wishful thinking y una ilusión trascendental. No solo porque el deseo forma parte del pensamiento sino además porque al juzgar, sobre todo en materia de moralidad, interviene siempre la voluntad en forma de un no querer ser imparcial. Ser tolerante, o ecuánime, o equitativo, etc. suele ser universalmente tenido como una virtud aunque lo más probable es que, quien presume de tolerancia, no sea sino uno que vive enredado y hecho un lío con sus prejuicios. Su idiosincrasia tan solo muestra que ya no puede desprenderse de ellos y que ha optado por disimularlos tratando que sean adoptados por los demás. Pero he de advertir que la suya es una operación tan válida como conservar el dulzor cambiando el azúcar por el edulcorante.

La razón aconseja separarse todo lo que se pueda de los propios prejuicios pero no para disimularlos o convertirlos en normas nuevas, sino que se trata de conocerlos en uno mismo con el mismo cuidado con que se los reconoce en los demás. Y que esa cualidad, que muy pocos poseen y que nada tiene que ver con la sabiduría, es ella misma una virtud que no está libre de prejuicios.

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