SENSIBILIA

Consiguió levantarse con un movimiento forzado de la cadera sobre las sábanas y un golpe de brisa le dio de lleno sobre la cara. Se sentó con agilidad sobre el borde de la cama, estiró los brazos y aprovechó el retorno del brazo derecho para pasarse la mano por los cabellos. Los sintió duros y apelmazados. Observó el movimiento de su brazo al desplazarse por el aire y se lo representó como un tentáculo. Dijo en voz alta: “extremidad…”, como si hablara en una lengua extranjera; y al oír su propia voz no entendió que se tratara de un miembro salido de su cuerpo sino que pensó en algo extremo, en una especie de exceso. Y añadió: “desagerado”, como un andaluz. Pensó además en lo fácil que es la deriva semántica… “Extremo” y “extremidad” no son lo mismo pese a que seguramente tienen un mismo origen etimológico. ¿Lo tienen? ¿Para qué sirve la etimología? La distinción entre su brazo-extremidad y algo extremo le pareció de lo más arbitraria pero no se entretuvo a considerarla. Para qué, si no llegaría a conclusión alguna. Se puso de pie rápidamente para vestirse y se ajustó la malla elástica mínima que se suele poner cuando va a nadar; y sobre ella se calzó unos pantalones cortos de líneas azules y se enfundó una camiseta también de color azul. Qué curioso, los azules eran diferentes: uno, el de la camiseta, parecía denso y sólido –¿cómo es un azul sólido?–; en cambio vio el azul de los bastones del pantalón más tenue y deslucido. Llamarlo “deslucido” le pareció de todas formas un inopinado juicio de valor –¿a qué desluce?– y, desde luego, improcedente para describir lo que veía. De todas formas la combinación de los azules era bastante armónica, con el añadido del azul de unas sandalias de una goma viscosa compradas años atrás en una tienda del barrio de Laranjeiras en Rio de Janeiro y que usa para ir a nadar. Una vez hubo dado un paso con ellas sintió el tacto mullido de la goma. Azul con azul y más azul: sin querer, había dado con un acuerdo de tonalidades. ¿Era eso lo que se entiende por armonía? El efecto armónico no duró mucho y enseguida dio paso a la objeción: la armonía de lo idéntico no es lo mismo que la armonía de la diferencia; y pensó en la camiseta del club Boca Juniors que siempre le pareció de un pésimo gusto. Por lo demás, tampoco la armonía de los azules era lo mismo que el azul. En alguna medida el azul, como cualquier color puro, es inalcanzable. El color es una impresión permanente y en cambio la armonía con la que había dado por casualidad era solo circunstancial; o sea que al final, como todo lo que vemos está coloreado, resulta que no hay otra cosa que armonías de tonos únicos o de contrastes; y todas son contingentes y caprichosas. Algo que nos parece que encaja con algo otro y eso combinado, una vez reconocido, en el mismo momento en que es asumido se deja a un lado. ¿Para que sirve entonces la idea de un color puro; más aún, la propia idea de pureza? No es tanto una experiencia posible sino más bien una aspiración de ella, uno de los variados nombres que damos al sentido. Ya está, concluyó, lo puro es como el sentido; y fue hasta la mesa. En medio de los papeles desparramados halló las llaves del automóvil y repitió el gesto de los brazos poniendo empeño en mirar cómo las recogía su mano –de nuevo vio la “extremidad”, el tentáculo– y siguió su desplazamiento hasta guardarlas en un bolsillo. Salió de la habitación y tras unos pocos movimientos rutinarios se encontró delante de la puerta del ascensor, con su pequeña ventana de vidrio. Al mirar por ella se vio reflejado en el espejo: el ascensor era una caja metálica forrada de cristal azogado. Tenía algo de siniestro. Allí dentro cualquier cosa queda aplastada por la luz del neón y reproducida de forma inverosímil porque todas las paredes del ascensor son espejos. No se puede escapar de allí: así que tuvo la desagradable sensación de estar prisionero. Se distrajo unos instantes pensando cómo se vería el interior de esa caja de espejos cuando no había nada dentro, ¿qué se reflejaría en ellos? ¿La luz? Él no está muy seguro de que la luz sea un objeto corriente como todos los demás que, por otra parte, son efectos de luz. Él entiende que una de las “razones” por las que la luz “se mueve” a una velocidad inalcanzable es que no es un objeto sino otro intangible. ¿Cómo se puede reflejar en el espejo algo que no es un objeto? La luz es como el color azul cuando es puro: mera entelequia, una condición, pero no un estado, por eso está siempre asociada con algo que no se puede alcanzar y que resplandece, como lo bello o lo sagrado o lo divino. Al entrar en el ascensor el espejo le devolvió su imagen de perfil y algo encorvado. Así era él visto por otro, esa era su imagen –o lo que había aprendido a reconocer como tal. No tuvo más remedio que admitir que ese que veía en el espejo era él aunque la verdad es que solo reconoció su pelo tupido y revuelto y la piel anaranjada que él llamaría “trigueña” por vaga reminiscencia con el amarillo opaco del trigo maduro, pese a que sabe que “trigueño” es un eufemismo racista, una simple argucia para hacerle admitir que él no es lo que se dice blanco. Volvió a ver los azules de su indumentaria y la piel trigueña combinada con el azul le recordó una vez más la odiosa camiseta del Boca Juniors; y ya dentro del espejo, atrapado en la caja, se encontró con su propia mirada. Se vio a sí mismo mirándose y se propuso prestar atención a cómo miraba, pero enseguida desistió: imposible hacerlo. Tampoco lo pudo el infeliz Narciso: algo hay de irrealizable y de inverosímil en esa fábula, lo que indica que quizá la hayamos entendido mal. ¿Por qué se abalanzó Narciso hacia su propia imagen y acabó ahogándose? No quiso fundirse con ella sino que fue en busca de algo, fascinado consigo mismo. ¿Pero por qué? Él no ve nada fascinante en su imagen en el espejo. ¿Por qué no pensar que Narciso no se vio a sí mismo sino que descubrió algo horrendo? Quizá le pasó lo mismo que a Cioran aquella mañana en que, antes de salir a la calle, cometió la imprudencia de mirarse al espejo y se le ocurrió pensar que ese que veía reflejado no era él. O quizá lo que la fábula enseña es que no es bueno mirar como Narciso para no terminar como él. Solo pensarlo le produjo un pico de angustia y le hizo buscar otro lugar donde poner los ojos, aunque no fue fácil porque estaba metido en una caja. Buscó la botonera del ascensor y extendió el brazo para pulsar un botón donde se leía: “menos uno”. El signo del botón era en realidad “-1” y de nuevo su mente derivó hacia el posible error; pensó en la eventualidad de que algún despistado no entienda que “menos uno” significa “planta inferior a la planta baja” o “subsuelo” y el solo hecho de que las plantas del edificio se designen con números le pareció enormemente complejo, señal de lo mucho que él y todos los que usaban el ascensor habían aprendido. ¿Pero cuándo aprendió semejante cosa? Imposible acordarse. Son innumerables los aprendizajes que no recuerda e inmenso es el acopio de saberes que media entre un significado y el signo correspondiente, como un botón luminoso y una planta de un edificio. Se pasó una mano por la cara para despejar su pensamiento y pulsó “menos uno” tratando de descartar la asociación entre el signo “-1” y la planta del garage que de pronto se le presentó como una operación enormemente compleja. Tras un breve zumbido el ascensor experimentó una leve sacudida y él vio a través de la ventanilla de la puerta cómo la pared se desplazaba hacia arriba. El descenso –¿porque era un descenso, no?– duró unos pocos segundos. Cuando comprobó que el ascensor se había quedado quieto abrió la puerta y salió a una zona oscura a la que se accedía bajando media docena de escalones: vio un recinto apenas iluminado por luz de neón que olía fuertemente a gases orgánicos, aceite quemado y desinfectante. Recordó el término “acaroína” y, aunque lo había usado infinidad de veces en su adolescencia como sinónimo de “desinfectante”, fue la primera vez en que comprendió que vagamente tenía que ver con matar ácaros. La acaroína servía para combatir las chinches. Era un olor característico, inolvidable: así olían los calabozos de la comisaría de San Miguel, con ese olor absolutamente químico, artificial. En realidad, casi todos los olores que lo rodean son artificiales y siempre huelen así; siempre se huele algo como la acaroína. Se sintió invadido por el olor, como un rato antes se había sentido atrapado por su propia imagen e igualmente incómodo, así que apuró el paso hacia la cochera y oyó unas voces. Qué odioso encontrarse con vecinos en el garage del edificio y someterse a la falsa formalidad de los saludos intercambiados con desconocidos, la cordialidad impostada e incluso la mera coincidencia espacial…; porque toparse con un extraño significaba que él y el otro estaban haciendo lo mismo y eran meros casos, momentos de una anónima e indeterminada contingencia que no obstante algo o alguien había reducido a necesidad. Quizá por eso él vivía cada uno de esos encuentros, que por fuerza eran al mismo tiempo casuales e inevitables, como una intromisión en su intimidad. Por fortuna no tuvo que saludar a nadie pues las voces venían del fondo, de un grupo que descargaba unas cajas y no le prestaron atención. Abrió la cerradura del coche desde lejos y, como siempre, ese gesto trivial, ejecutado con un pequeño adminículo que funciona por un mecanismo cuyos principios son desconocidos para él, le pareció mágico: el poder de accionar una cosa desde lejos era algo maravilloso. Repasó mentalmente su gesto: había abierto el automóvil sin la mediación de una fuerza, es decir, sin tacto ni impulso pero algo invisible se había movido entre su mando y había puesto en marcha el mecanismo del cierre del automóvil. Entre el mando y el mecanismo había habido “comunicación”; y entonces pensó que esa palabra era muy abstrusa pues indicaba que dos cosas compartían algo, que tenían algo “en común”, lo que era imposible, no podía ser real, las cosas no comparten nada (salvo para Walter Benjamin, sobre todo cuando piensa sumido en la embriaguez del hachís). Dejó a un lado el sentido profundo de la palabra “comunicación” porque tampoco lograría resolverlo: no había habido orden ni preparación o deliberación previa a la orden de apertura. Entre él y el vehículo no había habido relación ni contacto, pero su poder sobre lo otro había sido completo, tanto que podía hacer y deshacer el mismo movimiento, podía repetirlo cuantas veces quisiera y, una vez recibida la orden, seguro que la cosa obedecería. Pulsó de nuevo el mando y el coche se cerró y volvió a pulsar el botón mágico y las portezuelas quedaron abiertas. Con ese sentimiento de poder se incorporó al automóvil y, lo mismo que en el ascensor, de nuevo se encontró literalmente dentro de una máquina pero esta vez con la impresión de estar al mando de ella. Ahora él era en cierto modo parte de la máquina pues estaba en las entrañas de ella. Bastó con que metiera la llave en el encendido y la hiciera girar para que la máquina se agitara como si se despertara de un sueño profundo y de inmediato aparecieron unas luces sobre el tablero y oyó el sonido inconfundible del motor en marcha. También eso había sido aprendido –lo recordaba–, aunque ya no recordaba cómo y cuándo lo aprendió ya que todos sus gestos en el mando de esa máquina hacía tiempo que habían dejado de ser un recuerdo, así que condujo el automóvil marcha atrás para salir de la cochera y pensó que la diferencia entre lo aprendido y lo aún no aprendido no está mediada por la memoria sino por el olvido y acabó por razonar que a menudo llamamos “aprendido” a algo que hemos olvidado. Mejor dicho, que lo aprendido parece no haber pasado nunca por un aprendizaje. Qué ingratitud hacia nuestros maestros, qué indiferencia hacia la experiencia recibida en legado… Una vez hubo puesto el coche delante del portón del garage pulsó de nuevo otro mando y, por arte de magia, el portón se abrió. Se fijó en las palancas y las poleas que lo movían. También eso era una máquina. La vida de esas máquinas estaba de algún modo ligada a la suya, por un mando. Avanzaron entonces él y la máquina que ya era una extensión de sí mismo, una prótesis perfecta; y entraron en un escenario distinto donde también aquí, entre otros individuos que circulaban con sus prótesis perfectas, tuvo la sensación de incorporarse a otra máquina mucho más grande donde todo era artificial y no obstante familiar: el hormigón, las manchas de vegetación cuidada, las piedras, la disposición de las luces del tráfico, los colores y los ruidos, que eran producidos y sin embargo también habían sido aprendidos y él podía identificarlos sin equivocarse. La ciudad entera le pareció un gigantesco bloque de mampostería plantado sobre un territorio original inaccesible. Suspiró profundamente y apretó con suavidad el acelerador; y entonces comprendió por qué le gustaba tanto ese rito privado de echarse a nadar al mar. Allí, en medio de unas aguas turbias y poco saladas, por unos minutos conseguía escapar a la imponente presencia de las obras humanas y sus ilusiones. Allí él dejaba de ser un cuerpo protésico o una pieza de una máquina o un yo. Allí tenía un anticipo de la definitiva armonía que solo se alcanza con la muerte.

Uf, qué romántico… –dijo–, en el mismo momento en que el semáforo se puso en verde.

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