CIERTO

La posibilidad del mundo se sostiene en la creencia de que existe. Que hay algo ahí afuera y que eso que hay no depende de mí: existe, está ahí, siempre ha estado y siempre estará, o no, lo mismo si alguna entidad (o alguna contingencia) lo creó y lo puso allí. De tal modo que resulta imposible que no pensemos en él, que no lo tengamos en cuenta. Esa consciencia de la existencia del mundo se sostiene en una certeza, es decir, en un tipo inconfundible de certidumbre y esta, a su vez, se funda en nuestra sensibilidad: meto la mano en el agua y siento algo líquido que no es mi mano; miro hacia el sol y esa luz potente me deslumbra, por lo tanto, no puedo pensar que la producen mis ojos. Tengo calor o frío y las yemas de mis dedos son capaces de distinguir sin temor a equivocarse entre una piel suave y una superficie áspera y rugosa: no son la misma cosa.

¿Por qué estoy tan seguro de que el mundo tal como lo experimento existe? Porque no se me da por efecto de una ensoñación, no es una fantasía o la idea de un borracho sumido en delirium tremens. Si me quedo dormido y dejo de sentir, al despertar el mundo sigue estando allí. Reconozco sin lugar a dudas el espacio que ocupa mi cuerpo o la hora del día, incluso puedo calcular cuánto tiempo he pasado dormido. El mundo, por consiguiente, es algo cierto. Esta certeza es tan elemental e imperativa que muy pocos se atreven a discutirla.

Por eso Hegel comienza su Fenomenología del espíritu por un capítulo dedicado a la certeza sensible. Cualquiera que sea el saber que podamos proponernos acerca del mundo y sus objetos tiene que empezar por esa experiencia y sensación inducida por la certeza sensible. Lo que la consciencia sabe primariamente acerca del mundo, sin embargo, no es lo que siente en forma de certeza sino la consciencia de su propio saber. Un animal, sea o no un mamífero desarrollado, también siente el mundo que lo rodea pero no sabe que sabe. En la pura sensibilidad no hay saber. Un organismo unicelular, una ameba, por ejemplo, se agita al ser tocada, lo que demuestra que en ese cuerpo mínimo se da la distinción entre lo que está dentro de él o lo que está fuera. En un protoplasma hay una membrana que permite o impide el paso de sustancias y, por lo tanto, podemos admitir que allí hay vida. No obstante, no hay saber y la precondición para el saber –que es lo que nos sugiere la certeza de la existencia del mundo– está en la consciencia. Así pues, Hegel está en lo cierto: la primera consciencia –y por lo tanto el primer signo de actividad espiritual– por fuerza ha de ser la consciencia de que se sabe.

Hegel llama a este saber primario determinidad (Bestimmtheit). El saber así determinado, pura y simple consciencia de saber, es lo que el pensamiento un poco más elaborado denominará objeto: eso que está ahí es un objeto. Pero, como estamos en un momento muy inicial de la experiencia del saber del mundo, es un objeto que todavía no se distingue claramente del sujeto. Hegel lo llama «saber de lo inmediato y de lo que es». En alemán es relativamente sencillo establecer la relación entre el saber y la consciencia pues ambos términos están estrechamente relacionados en el habla corriente: Wissen= saber, Bewusst= consciencia. Bewusste=lo sabido/consabido. Cuando se determina algo como un objeto –que hay algo– se está de algún modo “seguro de que se sabe”, aunque todavía no se esté seguro de qué es lo que se sabe. La primera instancia se parece a la sensación que se tiene cuando se está en un recinto totalmente aislado y a oscuras y se siente (o sea, se sabe) que hay algo más allí dentro aunque no se sepa qué. Este saber no tiene contenido alguno, o sí, pero es un contenido tan pobre y general que no cuenta como conocimiento. Probablemente es lo que siente el bebé cuando lo sacan por la fuerza del vientre materno.

(Probablemente la experiencia más horrible.)

Hegel describe ese saber de lo inmediato como un saber infinito, sin límite ni contorno. No hay división en este conocimiento, no hay cosa distinguida de otra cosa. No obstante, es el conocimiento más rico y el más verdadero pues el objeto se nos da en estado puro: saber que algo (como un objeto) es. La verdad más abstracta y la más pobre: saber que algo es, está ahí, (Da-sein). 

(Y rompemos a llorar desconsoladamente.)

Esta experiencia tiene además un efecto beneficioso adicional pues enseña a la consciencia a reconocerse a sí misma. Un verdadero acontecimiento. Hasta entonces la consciencia sabe de ella en la pura inmediatez: lo sabe solamente por un nuevo tipo de certeza que le inspira ese objeto. Ahora descubre: “Yo soy este que se sabe en el objeto”. Y mi saber es esto. Conocimiento ostensivo, deíctico. Por eso Martin Heidegger advierte a Eugen Fink en el Seminario sobre Heráclito que: Bewusst ist eigentlich der Gegenstand. Lo consciente (es decir, lo que es producto de, generado por, la consciencia) es ante todo el objeto. No es el sujeto. Es decir, pensar la consciencia desde la perspectiva del sujeto es un error: la prueba de que hay consciencia está en la experiencia del objeto. Por este camino no podemos equivocarnos.

La inmediatez se da como relación del yo consigo mismo objetivado: yo soy éste que siente esto. No se piensa la mediación entre el sujeto y el objeto sino la certeza de que en esa experiencia extraordinaria uno es uno y lo otro; y entretanto el sujeto tiene al objeto ante sí, sin mediación, como puro esto. (Da)

Hegel se pone entonces existenciario. Es tan pobre la experiencia en este nivel, que el sujeto (éste) sabe de sí sin autorreferirse; y el objeto (esto) sabe de sí sin distinguir entre el objeto y el saber mismo, que también es un objeto. ¿Qué se sabe del objeto? Respuesta: ESTO, un saber ostensivo, deíctico; o sea, nada.

La certeza sensible es puro Beispiel, ejemplo de esta inmediatez. En la certeza sensible ser es lo mismo que puro existir o la esencia, y la certeza es relación inmediata, pero sólo como ejemplo de ella.

Otro ejemplo posible podría ser la existencia de cada uno de los “estos”: esto aquí (objeto), éste (sujeto) que señala esto, pero esto es sobre todo determinable para nosotros –lo más genial de Hegel es haber comprometido su propio punto de vista, que además es experiencia, como un Deus ex macchina, el de la lógica y la filosofía desarrolladas– como una inmediatez que se piensa como mediada. La filosofía comprende, por decirlo así, que la certeza sólo se tiene por medio de un otro que es precisamente el yo. O sea, que la consciencia (saber) del yo llega después del objeto no antes.

¿Está seguro este yo primigenio de que o es YO/sujeto o es ESTO/objeto? Solo alcanza semejante nivel de seguridad si acepta una mediación pero para ello su saber (consciencia de ser, de estar ahí) debe pasar por la consciencia de otro. Acotar la mediación significa mirarse a sí misma como otra cosa: pero entonces ya no es certeza sensible sino percepción, otro tipo de experiencia donde el sujeto y el objeto están uno delante del otro.

El sujeto sabe de sí no por razón de sí sino por intermedio de la cosa y esta, por consiguiente, es ser y no nada; o sea, un objeto propio, independiente, aunque haya sido pensado a través del yo.

Se establece una contradicción –observa Hegel– entre ser/esencia y ser/ejemplo, una mediación que detecta nuestro punto de vista, el de la filosofía. La contradicción produce la mediación y esta es el principio o fundamento del concepto por medio del cual se puede pensar algo como distinto (separate en inglés), mediado, es decir, junto y a la vez descompuesto, uno y múltiple.

En la mediación ya no sucede que la existencia del objeto solo se dé como ejemplo de algo que le pasa a la consciencia sino que el objeto es y permanece –como ese mundo que nos rodea– y el saber puede pensarse como objetivo, especie de realismo irrenunciable que nos recuerda qué atinada es la punzante observación de Heidegger.

Y el mundo entonces, ¿existe o no? Claro que sí, pero no está tan claro.

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