TRADUCIR

Cualquier lector más o menos instruido sabe que los textos están compuestos por varias capas de sentido, que tienen derivaciones y vericuetos, puertas falsas, trampas e incluso remansos peligrosos; y que unas veces conducen a iluminaciones y otras, muchas más, a toda clase de perplejidades e inconsistencias lógicas. Buena parte de la gracia que conlleva la experiencia de leer consiste en asumir el riesgo de perderse por la deriva de un texto mientras la consciencia propia, guiada por una bendita curiosidad que unos han venido en llamar “voluntad de saber”, se afana en busca del significado definitivo. 

Ningún texto resulta tan problemático como una traducción que, a las dificultades de la escritura, suma las que devienen de la trasposición y reinscripción en una lengua extraña y en un código gramatical distinto. La traducción es, como está señalado por Walter Benjamin en el título de un artículo célebre –Die Aufgabe der Übersetzer– una “tarea” y al mismo tiempo una “rendición” o “capitulación” (Aufgabe) que por fuerza ha de tenerse por el reconocimiento de su fracaso en captar el sentido. Toda traducción resume un esfuerzo noble para reproducir con fidelidad y justicia lo que el original se ha propuesto decir y es la constancia de su fracaso en lograrlo.

Si consideramos la traducción como una variedad del género de la copia deberíamos extender la constancia de ese “fracaso” a todas las copias y concluir que no es posible reproducir con absoluta fidelidad nada y que en este mundo solo puede haber originales. Pero sabemos que ya no es del todo así, en parte por las razones que apunta Benjamin en otro ensayo célebre (“Sobre la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”), a tenor del estatuto actual de las llamadas “obras de arte”. Una vez realizada la copia perfecta por la técnica la cuestión de la autenticidad, que es también la del sentido verdadero y que siempre ha sido cosa debatida con relación al arte, adquiere nuevas implicaciones justamente cuando deja de tener relevancia dilucidarla.

Piénsese ahora en la traducción, que también es una copia: ¿cuál es el verdadero Aristóteles? ¿El original, que solo puede ser un autor imaginario, o el reescrito/traducido por los copistas árabes? En poder del traductor a menudo está no solo el contenido de una obra y el perfil intelectual de un autor sino el destino de un texto. Su sentido, fijado tras una lectura traspuesta, se lega a una época y se constituye en tradición. Una traducción incluso puede llegar a fundar o determinar una fama literaria. 

Por añadidura, cabe a Walter Benjamin haberse apercibido de que en la traducción se juegan muchos de los asuntos más serios que atañen a la teoría de la literatura por lo que toca a dilucidar el misterio de la creación del sentido.

Esta fue la inspiración del ensayo que dedica Paul de Man a “La tarea del traductor” en la compilación titulada La resistencia a la teoría. (Ed. de Wlad Godzich. Trad. de Elena Elorriaga y Oriol Francés. Madrid: Visor, 1990). Anoto a continuación unos breves comentarios míos a sus observaciones finales; y lo hago con sincero entusiasmo puesto que pocas cosas me colman tanto como dar con una lectura inteligente.

Tras hacer referencia a las tres ingenuidades de Hans-Georg Gadamer en materia de crítica hermenéutica (posición, reflexión y concepto) que –afirma– remiten a un Hegel escolar, Paul de Man pone en duda que Benjamin defienda en su texto que el espíritu esté en el lenguaje, lo cual daría a éste un poder decisivo. Por lo contrario, Benjamin parecería romper con el modelo discursivo del arte cuando propone en cambio una idea sacramental de la práctica artística. Si, como sostiene de manera contundente, ninguna obra de arte ha sido pensada para el público, el arte no puede ser tratado simplemente como un lenguaje. Benjamin piensa que las obras de arte no sirven a la comunicación de nada sino que siempre son expresión pura pues en ellas están copiadas las puras relaciones que las cosas entablan entre sí. Y esta dimensión casi mística que también está presente en todas las lenguas queda a la vista en el trabajo del poeta, cuya palabra apunta a un sentido que no está en el lenguaje (lo sagrado) sino que lo trasciende.

(Y yo añadiría que lo mismo sucede en el caso de la pintura, donde el trabajo del pintor no se orienta según lo que se ve sino estrictamente –y siempre– por lo que no se ve, que por lo mismo, solo tiene sentido comprender como algo sagrado.)

A diferencia del poeta, el traductor es un go-between, un intermediario con frecuencia torpe e inexperto que media entre dos dimensiones del lenguaje que no puede controlar, lo mismo que Ión, el rapsodo atolondrado que retrata Platón en el diálogo que lleva su nombre. El poeta hace el sentido mientras que el traductor solo alcanza el registro poético por casualidad o por conjetura. Lo mismo le sucede a los demás copistas: el escoliasta y el filosofante hermenéutico, que en su afán de fijar el sentido de un original de referencia para establecerlo definitivamente, lo matan. En tanto que los aplicados copistas, despojan al texto de su condición canónica y lo hacen proliferar. Se diría que lo entronizan “en un sentido” y, con ello, consiguen que sobreviva. En efecto, los textos sobreviven gracias a la traducción y al comentario hermenéutico aun a costa de convertirse en otros textos.

Asimismo, observa de Man, el traductor se parece al historiador que humaniza la naturaleza al historizarla. El pensamiento hermenéutico, la crítica y la historia coinciden en que no son actividades originales, es decir, no abordan el sentido de forma inmediata, como sí lo haría la poesía, sino de manera derivada, igual que hace el traductor. Por lo tanto, en la traducción se muestra algo que estas variedades de la crítica textual mantienen oculto. En efecto, la traducción muestra que todas las lenguas se parecen en cómo significan. (Art des Meines) En ello ha de fijarse el traductor para hacer su trabajo con eficacia. O sea que todas ellas son variantes alternativas de una misma función crítica llamada a fracasar. La filosofía es un examen crítico de la percepción, movido por la puesta en duda de lo que se percibe. La crítica literaria pone en duda lo que se significa en la poesía y la historia revisa críticamente la acción. Las tres dimensiones de la teoría coinciden en un discurso derivativo y subsidiario y, lo mismo que la traducción, siempre fracasan, pues no se parecen a aquello de lo que derivan y, en cambio, lo trivializan. Mejor dicho: lo desacralizan, lo trasponen a la mera llaneza de una comunicación.

¿Por qué, según Benjamin, es tan reveladora la ímproba “tarea” del traductor? Porque la traducción –el significado que nos depara– nos saca de la aparente comodidad en que nos encontramos dentro de la lengua propia. No expresa los “dolores de parto” del sentido sino que sobrevive a la muerte del original por efecto de la trasposición y se vuelve ejemplo de aquello que ejemplifica. Su fracaso es la constatación de la bancarrota del sentido, que se da marcado por la inconmensurabilidad entre lo que Benjamin define como le dire (lo significado, das Gemeintes, logos) y le vouloir dire (lo significante, Art des Meines, lexis) que el traductor vive en carne propia como una pesadilla. Cada traducción debería acoplarse a todas sus posibles variantes, pero tan solo marca la inscripción de una serie articulada de palabras en un contexto nuevo y, por este medio, se carga al original de connotaciones impredecibles. Sin embargo, aunque lo mata, la traducción da nueva vida a un texto. Lo descabalga del canon en la medida en que lo inscribe como caso en un aleatorio cotejo de vocabularios. Ya no solo no copia o reproduce el sentido original sino que inevitablemente se presta a darle un significado nuevo, punto de partida de una deriva imprevisible. Casos conspicuos de estas nuevas significaciones son, por ejemplo, la traducción de peri hypsous por “sublime”, debida a Nicolas Boileau; y el aberrante anglicismo “performativo”, nacido de una mala interpretación literal del verbo to perform (hacer), que hoy en día ha sido consagrado como sinónimo de una manera particular de realizar algo.

Con razón Paul de Man advierte que poética y hermenéutica son excluyentes e incompatibles. El respeto a la literalidad y la libertad de juicio, en la traducción tanto como en la crítica, solo pueden hacer que el significado original, si alguna vez lo hubo, desaparezca. En su esfuerzo por hacer consistentes la gramática y el significado, el traductor acaba por mostrar cómo se rechazan entre sí, cómo la una nunca conduce al otro, tal como ocurre con el símbolo y aquello que es simbolizado. Por eso Benjamin compara la traducción con una vasija recompuesta a partir de sus fragmentos: el objeto reconstruido “da una idea” del original pero la figura recreada es inadecuada para lo que simboliza y –añade Paul de Man– algo parecido sucede con el tropo, que nunca consigue explicar aquello que figura sino que, cuando mucho, consigue mostrarlo. La figura no sirve para el sentido y es lo primero que desaparece con la traducción y, sin embargo, es el sentido mismo, como en su momento observó Rousseau.

¿Qué se espera pues de una traducción? Que sea libre y afín o familiar al lector, pero también se le exige que sea fiel; en suma, una aspiración irrealizable

(“Fiel pero desdichado”, tal como reza el lema en las armas del duque de Marlborough.) 

pues la traducción ha de atender a su propio discurso y al mismo tiempo ha de reflejar las tensiones presentes en la lengua original y, si acaso, intentar reproducirlas, tarea a todas luces imposible.

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