LA DIFERENCIA ANIMAL

Al comienzo de su Teoría de la religión (Ed. Thadée Klossowski. Madrid, 1998) Georges Bataille propone una inesperada explicación de la condición animal. Afirma que “la animalidad es la inmediatez o la inmanencia”. (p. 21)

Se supone que inmediata es la relación del animal con el mundo y que esa inmediatez se hace patente y manifiesta cuando éste se come a otro animal. En ese momento se convierte en semejante a su presa.

Nosotros, que somos y no somos animales, también comemos animales y también para nosotros la ingestión, el devorar, es el grado máximo de asimilación o de fusión con el medio (y con el otro); como lo es de la afirmación de semejanza y de comunidad. No recuerdo a título de qué, pero Elias Canetti también se ocupó del devorar en Masa y Poder. El horror de ser devorado figura entre los temas habituales en los relatos infantiles y cumple un papel importante en las historias de los mártires cristianos. Por otro lado está entre las más afamadas fantasías sexuales. Entre amantes sinceros siempre hay un momento en que uno de los dos fantasea con comerse al otro. Bataille diría que esa fantasía de canibalismo realiza de manera imaginaria la posibilidad o el deseo de una unión absoluta, tan estrecha como cabe pensar que sea la inmanencia.

Sin embargo, devorar a otro también marca el reconocimiento de una diferencia porque, observa Bataille, –y esto lo saben hasta los etólogos aficionados– los animales nunca comen a ejemplares de su propia especie, no se comen entre sí. Ya sé que existen muchos casos que podrían servir para contradecir esta afirmación; por ejemplo, el caso de muchas especies en las que las madres tienen la muy reprobable costumbre de devorar a sus crías, pero no es esto lo que me ocupa aquí. No es la (im)posibilidad del canibalismo que, como una vez me comentó el añorado Alberto Cardín, es una práctica que ha sido señalada infinidad de veces pero que no resulta fácil probar.

En términos generales, cuando el animal devora (y no devora) a su semejante, fija asimismo una diferencia puesto que objetiva al otro. Bataille observa que el acto de comerse al otro consuma a éste como objeto. En efecto, nunca más clara la determinación que cuando devoramos el objeto. No se trata únicamente de pensar al otro como cosa –como (dicen) que hace el sádico y desea el masoquista– sino de concebir el objeto como tal. Por detrás del acto de devorar al otro hay una profunda reflexión, aún más profunda si pensamos que no comemos a cualquiera. No comemos a uno como nosotros porque se nos parece. Por lo contrario, traemos a lo no semejante a la semejanza.

Bataille afirma que, puesto que la presa se resiste al ataque de su depredador, la relación entre ellos (devorar) solo es posible en virtud de la diferencia de fuerza; y como sus fuerzas son desiguales, hemos de pensar que entre animales solo se establecen diferencias cuantitativas. En cambio para nosotros, que somos unos animales un tanto especiales, añadimos la diferencia conlleva la cualidad. El animal “está en el mundo como el agua en el agua” (Ibidem, 22), afirma Bataille subrayando la frase; y con razón, porque “estar como el agua en el agua” es la más precisa descripción de la inmanencia que recuerdo haber leído nunca.

(Si es que alguna vez he leído alguna, puesto que lo habitual es que los filósofos –vaya uno sa saber por qué– dan la idea de inmanencia por consabida.)

Si el animal “está en el mundo como el agua en el agua”, nosotros en cambio, cuando es posible, estamos en el mundo “como el pez en el agua”, que es una condición totalmente distinta porque en ella un sujeto está permanentemente separado, por una diferencia esencial, de su medio. ¿En qué consiste esa diferencia? Los animales alcanzan a mirar a los demás animales como objetos y consuman esa mirada al devorarlos; y asimismo pueden reconocerse como sujetos puesto que se defienden cuando están a punto de ser devorados por otro animal. Pero, concluye Bataille, el animal nunca consigue mirarse a sí mismo como es mirado por el otro, es decir, como el objeto del otro.

Es evidente que hay aquí una dialéctica sin desentrañar (lo que es comprensible puesto que aún no he terminado de leer el libro) pero me hago cargo de un matiz relevante en lo que podríamos llamar diferencia animal. En la medida en que la reducción a semejanza hace posible que un animal se coma al otro, la determinación de la diferencia –el animal no come a los de su especie– se funda en cierta inhibición que solo por pereza mental aceptaríamos llamar “instintiva”: en efecto, cuando en un argumento alguien apela a la noción de “instinto”, es que ha dejado de pensar.

La cuestión es: ¿en virtud de qué criterio el animal discrimina entre un objeto que es semejante a él y que puede devorar y otro objeto que es también semejante pero que no le está permitido comerse?

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