LA IMAGEN Y EL SÍMBOLO

Hay unas cuantas nociones que dan sustancia a las ideas corrientes que nos hacemos acerca de la imagen. Algunas son deliberadamente relevantes y un punto solemnes, como “la época de la imagen del mundo” (Heidegger); otras son algo inconsistentes, como la llamada “sociedad del espectáculo” (Débord); y otras, a fin de cuentas, son superficiales, como la llamada “cultura de la imagen” de la que hablan los que se autodenominan comunicólogos.

Sin embargo, cualquiera que sea la noción invocada, la imagen se entiende como lo que se interpone –tal como se supone que hace la forma– entre lo que hay (verdadero) y su sombra o su apariencia, que inevitablemente se realiza como experiencia. La imagen sería, pues, aquello que nos aleja de la verdad: supuesto de vieja raigambre platónica.

Resulta muy difícil desprendernos del modelo legado por Platón, que está fuertemente arraigado en la filosofía misma. Sin embargo la imagen puede ser comprendida de una manera del todo diferente. No tanto como aquello que nos aleja de lo que hay o que lo sustituye por un fantasma o un simulacro (Schopenhauer) sino como lo que nos acerca o nos trae a presencia lo que es. La consciencia de la imagen –que hayamos descubierto que estamos inmersos entre y rodeados de imágenes– no sería entonces el momento de máxima enajenación sino el comienzo de una lucidez nueva que solo se alcanza cuando la obra de arte pierde su aura por efecto de la reproducción técnica (Benjamin). La técnica, que al fin y al cabo es la consumación del platonismo, opera un efecto liberador. Vemos la imagen en la obra de arte cuando dejamos de estar bajo la influencia de un aura generada por la lejanía. Esta epifanía solo tiene lugar cuando la obra de arte es reproducida técnicamente. La reproducción hace irrelevante el original, aun cuando le añada un valor extraño que Benjamin llama –de manera no menos extraña– “exhibitivo”. 

Es algo sorprendente, tomamos consciencia de la imagen cuando la tenemos como copia y no como original. Con sagacidad Sigfried Kracauer y Walter Benjamin se apercibieron y señalaron ese acontecimiento con motivo de la invención de la técnica fotográfica y, sobre todo, de su uso masivo en los medios de comunicación.

Pero que la fotografía nos revelara las imágenes no nos hizo más sabios. Lo cultual no obstante persistió en la religión del arte, aunque arropado en un nuevo disfraz. El objeto ordinario, sin su aura, resultó reinvestido como “arte”. Casi no hay teoría que no intente por todos los medios disponibles restituirle al objeto “artístico” esa perdida sacralidad. Solo de vez en cuando algún artesano irreverente o un cínico como Andy Warhol o un puñado de bárbaros islámicos, nos recuerdan que la obra de arte puede ser tenida por sagrada pero no es más que una cosa. 

La crítica de este renovado ejercicio de mixtificación se ha hecho de muchas maneras. No cabe que yo las repita aquí. Lo que en verdad importa es conocer por qué es preciso que el objeto que la técnica y las vanguardias artísticas del siglo pasado consiguieron desacralizar, ha recuperado su aura. Mejor dicho, tiene que recuperarla. Propongo aquí una explicación a modo de hipótesis. Se puede imaginar un mundo profano y ramplón, únicamente poblado por copias y remedos, puro artificio y técnica y simulación, pero no se puede renunciar a tratarlo simbólicamente –de hecho, eso mismo es lo que yo hago ahora– porque eso equivaldría a abandonar toda determinación de diferencia, toda expectativa de conocimiento y pretensión de verdad. En el arte, lo mismo que en el lenguaje, se manifiesta nuestra humana disposición a la experiencia simbólica, eso que justamente nos separa de la animalidad: de una parte, imaginar una trascendencia y estar en condiciones de pensar así nuestra inexplicable espiritualidad (nuestra diferencia específica); de otra parte, servir como el fundamento y la raíz misma del pensamiento, que consiste en tener lo que hay como otro: sujeto u objeto.

Permanecemos atados a torpe mixtificación que se oculta en la religión del arte no por efecto de una conspiración tramada por sus mercaderes y tampoco debido a una experiencia inefable, sea bella o sublime: la llamada “experiencia estética”, que nunca tiene lugar. Y, no obstante, no podemos renunciar a ella. Así pues, volvemos una y otra vez a imaginar que la reencontramos delante de esta o aquella obra artesanal y rendimos homenaje o tributo aquél que nos la proporciona.

Puesto que corresponde a nuestra manera de estar en el mundo no cabe ponerla en cuestión. Por lo tanto, cuando intentamos explicar lo que creemos es una “experiencia estética” buscamos en el lugar equivocado. No es la sensación lo que importa. La única experiencia, la que la técnica y el arte contempóraneo nos hacen ver, es la simbólica.

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