YO Y EL OTRO

Un supuesto muy difícil de erradicar es el que afirma la unicidad (o singularidad) del sujeto. En otras palabras: que en tanto que yo, somos también y necesariamente uno. El prejuicio no afecta la consciencia cuando se aplica al llamado “sujeto colectivo”, previamente legitimado en la gramática por medio de la persona plural simple –nosotros– que suele presentarse en variadas representaciones muy usuales: como por ejemplo el Pueblo, la mujer, los condenados de la Tierra, la clase obrera, los fascistas, la burguesía, etc.; y siempre con una responsabilidad asociada puesto que el sujeto es, por fuerza, de una acción, la persona del verbo, tal como prescribe la gramática. Sin embargo, aunque en estos casos se presta nombre a la función, nunca se presupone un yo. El yo siempre es uno y está ahí, incluso aunque no haga nada. 

Es extraño que a la condición subjetiva, que hoy en día se la tiene como una ilusión, como mero límite del mundo (Wittgenstein), se le siga atribuyendo una singularidad (ser uno). Sin embargo, esta precomprensión del sujeto como uno resulta fundamental y está en la base de la psiquiatría normalizada, pues sirve para establecer, por ejemplo, si un individuo ha perdido el juicio. Literalmente: un tipo que dice estar convencido de ser dos personas al mismo tiempo está considerado loco. Lo que, por cierto, es de lo más razonable. Tanto como es contrario a la razón aceptar como válido que la condición subjetiva sea algo distinto de la identidad, argumento falaz que sirve para justificar los caprichos de los individuos aquejados por algún trastorno de conducta; como por ejemplo aquellos que afirman ser hombre y mujer al mismo tiempo con el argumento de que su “identidad de género” no está estrictamente a tono con una única perspectiva consciente. Creo que al síntoma del sujeto dividido se lo llama disociación. En forma moderada, es muy habitual entre casi todo el mundo, entre otras razones porque cualquier actividad reflexiva –desde escribir hasta preparar una receta o hacer el amor o atender a las quejas de un enfermo o a una llamada de auxilio– requiere de algún tipo de disociación que separe el sujeto del pensar de la situación del sujeto del saber que se está pensando. Por allí, en esas circunstancias, asoma la consciencia moral; eso que le falta al psicópata.Dejemos a un lado disquisiciones más o menos jesuíticas, como distinguir entre la subjetividad íntima y la pública, o entre el yo y la persona (esto es, entre yo mismo y la parte de mí que ven los demás y que me acompaña como una máscara –prosopón– y que solo me resulta accesible cuando la veo reflejada y deformada por un espejo). Como he apuntado más arriba, este tipo de discriminaciones solo sirven para justificar anomalías de conducta y no son muy honestas que digamos, por lo que es habitual oírlas en boca de los individuos que se comportan como Tartufos. Su excusa preferida es que tienen el “sujeto (o también dicen ‘el deseo’) dividido”.

No. La experiencia de un yo, cualquiera que sea la identidad o la máscara que se asuma, es única, tanto es así, que no se puede comunicar. ¿Cómo puede ser tenida entonces como experiencia? Puede que sea única, pero también es falsa. El yo siente, sí, pero no se siente yo. Es apenas un límite, una marca imaginaria que separa algo del conjunto de las cosas, pero aquello que separa no tiene lugar determinable ni ocupa un espacio. Su acontecimiento es pura ilusión. Por esta razón la mayoría de disciplinas ascéticas –me resisto a hablar de “religiones” por mor de ser lo más estricto y preciso que pueda– se concentran en disiparla. Solo cuando dejamos de “experimentar” el yo alcanzamos el tipo de lucidez requerida para la experiencia mística. Una especie de fusión con el alma del mundo. Incluso el psicoanálisis recurre a este ascetismo cuando empuja al paciente a sumergirse en su propio discurso inconsciente, lejos de las complacencias y las autoindulgencias yoicas. Siempre con la esperanza de que, fuera de mi yo, libre de su influencia, llegaré a conocerme como soy en verdad. Por consiguiente, el yo parece la suprema representación, la apariencia absoluta, lo falso. 

(Eso dicen.)

Pero su condición ilusoria no lo hace menos único y singular. ¿Lo es? No estoy seguro. 

Cuando hablamos del yo como único nos referimos al sujeto del conocimiento. Allí tenemos por objeto la sustancia de una función gramatical. ¿Pero qué ocurre con el yo de la volición, ese que se revela en la experiencia de la música? El yo de la escucha musical no es un límite y existe porque siente, se conmueve y (a veces) se armoniza con lo otro de sí.Hegel lo explica mejor, aunque –como de costumbre– no sea del todo claro. (Cfr. Fenomenología del espíritu. A, I y II. Valencia, 2007.) La cosa, el objeto (otro) y yo son en un principio lo mismo y la consciencia oscila, bascula (pendonea) del yo al objeto, del objeto al yo, y vuelve a la inmediatez considerando el todo de esa relación (yo-cosa) como esencial. En esa oscilación piensa o bien desde uno o bien desde lo otro. Cuando es objeto piensa la cosa como esencia, cuando es sujeto piensa el ser de la cosa como inesencial, a la manera de los sofistas. Es el momento en que el yo actúa como un solipsista y declara: la cosa es solo para mí. Hegel presupone que la consciencia progresa desde el objeto hacia el sujeto y desde este hacia el todo de la certeza sensible hasta conseguir la mediación en la forma (determinidad) de una percepción, pero de ese avatar resultan dos yos (!!): uno seguro y cierto de su propia sensibilidad y otro plural, universal, que es la síntesis de todos los yos singulares. Un yo abstracto pues. La historia del pensamiento refleja este proceso sensible. Hegel describe así los tres momentos:

a) saber objetivo (el ser de Parménides) que acaba con la negación del objeto
b) saber subjetivo (Protágoras y los sofistas: el hombre como medida de todas las cosas) que acaba con la negación del sujeto por un yo universal.
c) determinación del objeto como cosa para un yo universal: res cogitans y res extensa, cuando el objeto y el yo ya no son inmediatos.

Los dos yos se piensan en su mutua idealidad y se niegan o se anulan recíprocamente. Lo que uno piensa el otro no lo reconoce en parte de su propia experiencia. Aquí está el origen de la desconfianza en la realidad del mundo: la consciencia descubre en esta dialéctica de los dos yos incompatibles que no puede estar segura de lo que siente, que nunca estará en lo cierto de aquello que solamente percibe.

A la filosofía le cabe determinar cuáles son los estados de la consciencia que conllevan absoluta certeza, como en las matemáticas y en la música, y cuáles la hunden en el vértigo de la disociación.

Ni falta hace que explique cuáles son.

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