SOBRE LO MODERNO

Hans-Robert Jauss asegura que la palabra modernitas aparece en el siglo XI para designar un tiempo intermedio entre la antiquitas y un tercer momento al que dará lugar la reformatio. Es decir, que la noción de lo moderno nace al mismo tiempo que el rudimento de la noción de Edad Media.(Jauss, Historia, 22)

¿Pero cuándo se plantea no la diferencia sino el conflicto entre la experiencia actual (a la que denominamos “moderna”) y lo antiguo? ¿Por qué razón lo que hacemos ahora ha de destacarse o contradecir lo que hacían nuestros antepasados? Yo, por ejemplo, nunca quise contradecir a mi padre sino, por lo contrario, quería parecerme a él. La necesidad imperiosa de rebelarme me vino inducida por mis (malas) compañías. Y en materia espiritual ¿qué otra cosa hubiese querido que ser tan genial como Virgilio?

En un sentido teórico, el conflicto entre “antiguos” y “modernos” se plantea ya con precisión cuando a los europeos se les ocurre convertir lo antiguo, todo lo que es de antaño, en materia exclusiva del tratamiento histórico-historicista, de donde cabe concluir que la autoconsciencia del presente histórico –esto es, la representación de uno mismo como moderno– se sostiene en una determinación del pasado como antigüedad. O sea, en una falacia flagrante: Post hoc ergo propter hoc. No está en absoluto claro que el pasado tenga que ser considerado una antigualla. ¿Qué tienen de “antiguo” Luciano de Samosata o el divino Arquíloco de Paros? ¿O incluso, más cerca de nuestro tiempo pero igualmente lejano: Michel de Montaigne?

Parecería que los humanistas del Renacimiento italiano, hoy en día tan celebrados por sus herederos Ilustrados porque se supone que representaban la resistencia contra el dogmatismo de la Iglesia católica, se sentían distintos de sus predecesores medievales no tanto por el orgullo de pertenecer a una época que coincide con un nuevo despertar de la cultura antigua sino ante todo, por la consciencia, perceptible en esa deplorable metáfora del intervalo oscuro, de una separación histórica entre Antigüedad y el presente propio. Jauss sostiene –y no me atrevo a corregir la opinión de un hombre tan sabio– que en el terreno del arte esta separación es sentida como la distancia que nos separa de la perfección y constituye el fundamento de una nueva relación entre la Imitatio y la Emulatio. (Jauss, Historia, 25)

Es posible que la idea de crítica (por cierto, característicamente moderna) surja aquí, como balance entre la imitatio (elogio de la perfección) y la emulatio, que sería una especie de celebración del pasado pero por la vía de la afirmación de lo presente. En cualquier caso, lo seguro es que en el humanismo se establecen las claves para pensar la Antigüedad como una época dorada a la que suceden tiempos oscuros, versión tópica e intrínsecamente equivocada de la Edad Media, que debemos a Petrarca y Marsilio Ficino. Jauss cree que el humanismo vendría a sostener que la alternativa entre imitatio y emulatio puede resolverse como un equilibrio razonable y que ese equilibrio se rompe en la sesión del 27 de enero de 1687 de la Académie Française, cuando Charles Perrault levanta la Querelle contra los antiguos por algo más que una simple cuestión de estilo.

La Querella entre Antiguos y Modernos discurre en torno a la diferencia entre lo actual y lo pasado. El diferendo planteado en ella queda de hecho resuelto cuando el arte consuma su completa historización (Jauss,Transformaciones, 11). La invención de la “historia del arte” tiene lugar, pues, cuando la Antigüedad deja de ser el modelo a imitar y cualquier época puede aspirar a convertirse en “clásica”, lo que significa que cualquier debate acerca del valor o del estilo se resuelve de acuerdo con una pauta historicista. El concepto de modernidad se inscribe, pues, en la cuestión de la historicidad del arte, ya sea para afirmar la actualidad absoluta de un programa artístico que borra cualquier alternativa poética o plástica precedente; o bien para mostrar cómo la historia demuestra que el arte del pasado ha muerto. De este modo todo arte se convierte en anticipación programática de algo que terminará por ser clásico o canónico. Un supuesto que en términos ideológicos se expresa como todo lo que es moderno es también lo más. De hecho, la piedra de toque del vanguardismo.

Y, en filosofía, ese vulgar prejuicio que comparten los marxistas, los positivistas de distintos pelajes y los que quieren hacer del pensamiento una metodología de la ciencia.

La explotación retórica de este supuesto –y su consecuente banalización– sería entonces lo posmoderno.

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