GUERRA CIVIL

En un apartado del artefacto literario que J. M. Coetzee tituló Diario de un mal año (p. 25) se hace una observación interesante a propósito de una cuestión política de fondo: la que discierne sobre cuál puede ser el mejor sistema de trasmisión del mando, asunto que de alguna manera presupone tener idea de cuál es el gobierno más justo o adecuado. Coetzee reflexiona en torno a la sucesión de un gobierno sin preocuparse de la naturaleza del mando en sí. Trata, por así decirlo, de cualquier modelo de poder político. Y de manera harto razonable, como cualquier individuo con un mínimo de sentido común, piensa que el ejercicio de un poder delegado es en todo caso necesario. Un motivo de reflexión política será pues qué es lo que hace a ese poder necesario. 

La soberanía del poder común en una comunidad surge de un mandato investido por los ciudadanos de esa comunidad con una finalidad principal que nunca aparece expuesta en los procedimientos políticos seguidos para determinarla. Tras apuntar que las elecciones en los sistemas democráticos con frecuencia tienden a imponer un marco forzoso en forma de opción política –entre A y B– y dejan a un lado la opinión de los individuos indiferentes, Coetzee señala que la elección en sí no avala de manera suficiente el poder constituido si no se apoya en una decisión previa a las elecciones, una decisión que también hacen los indiferentes aunque no voten, una especie de legitimación que entraña la verdadera decisión política. En suma, que en una elección lo que los ciudadanos opten es secundario respecto de lo que ya tienen decidido: que haya un poder por encima de ellos, cualquiera que sea. Por supuesto que en esto Coetzee no es nada original, pues este era el argumento de Thomas Hobbes en su teoría del Estado. Desde esta perspectiva, resulta indiferente –subrayo: políticamente indiferente– cual sea el método escogido para la translatio imperii que sustenta el poder. Lo fundamental es que los ciudadanos se muestren dispuestos a reconocer como legítima la autoridad del soberano; y lo cierto y evidente es que el procedimiento electoral, el sufragio, ni rubrica ni desmerece la legitimidad que se deriva del acto de elegir.

Naturalmente, este punto de vista contradice algunas versiones modernas de la democracia representativa que justamente basan la legitimidad del mandato soberano en el procedimiento seguido para constituirlo. Una legitimidad apoyada en una decisión que no se haya sometido a consulta no puede ser admitida como democrática. Sin embargo, en la medida en que la legitimación solo puede pensarse como establecida fuera de la ley civil o del orden constitucional, esta interpretación permite explicar por qué millones de ciudadanos de culturas y sociedades variopintas han reconocido gobiernos que hoy en día, desde nuestra estricta observancia democrática, se nos aparecen como injustos y condenables. Así el caso del despotismo asiático, de la divinidad de los faraones y los emperadores romanos, del poder absoluto del monarca o del caudillismo que impera en la mayoría de las comunidades nómadas y en buena parte de las naciones gobernadas por políticos populistas. Los populistas que defienden a sus carismáticos gobernantes no reconocen haber infringido el mandato popular sino al contrario, están seguros de que lo desarrollan de manera sui generis y con la misma o mayor legitimidad que lo hacen los gobernantes elegidos por procedimientos democráticos convencionales. ¿Usan un lenguaje político diferente? ¿Están enfermos? No. Lo único que explica tan marcado contraste de caracteres es la creencia en que la determinación de la pauta que hace razonable la obediencia a un poder político cualquiera no depende de la naturaleza de ese poder ni del procedimiento seguido para la sucesión sino de un principio fundado en la propia obligación de obedecer. Brota de esta como la existencia de Dios surge de hecho de la creencia que la sostiene; y no al revés.

Pero con este argumento solo hemos conseguido llevar la cuestión a otro terreno. ¿Cuál es el origen de semejante obligación? ¿Qué es lo que la inspira? Lo único que se me ocurre –y reconozco que en este punto tampoco yo soy muy original– es el miedo a la guerra civil.

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