LA POSIBILIDAD DE UN ACUERDO

Quienes no comprenden que el conflicto es insoslayable no conciben que los individuos no consigan ponerse de acuerdo. En cambio para mí lo verdaderamente sorprendente es lo contrario: que se pongan de acuerdo, pues a nuestro alrededor solo alcanzo a ver una gigantesca gresca, una palestra donde se enfrentan todo el tiempo un número incalculable de fieras y gladiadores, en combates despiadados que inevitablemente se resuelven por la muerte de uno de los contendientes.

Puede que sea deseable pero ¿qué tiene de razonable la posibilidad de un acuerdo? En general, lo que llamamos acuerdo –o la concordia, palabra que significa la unión de los corazones y que da nombre a una plaza célebre de París, la ciudad de las controversias y las revoluciones– es el triunfo de uno logrado tras la derrota del otro. De hecho, cada vez que alguien asegura haber alcanzado un acuerdo sobre lo que sea, lo que hace es ocultar que ha habido una capitulación previa. O sea que lo que llamamos “acuerdo” es en buena medida el reconocimiento de una derrota. Todos los pactos son imaginarios, como el gigante Montesinos. Y como casi nadie está dispuesto a aceptar que ha sido derrotado o vencido o aplastado, el mundo está repleto de conflictos interminables y de individuos que reclaman justicia o equidad o recompensa, tras un más que improbable acuerdo, pese a tener la certeza casi absoluta de que jamás habrán de alcanzarlo.

Entre todos los acuerdos posibles sobresalen las llamadas “coincidencias ideológicas”, pero estas solo atestiguan la humana inclinación a formar un rebaño. Ninguna ideología de acuerdos se constituye sino a expensas del interés propio. Y todas ellas implican la reducción del interés al nivel de una consigna. Por esta razón un número incalculable de racionalistas de todos los pelajes utilizan la ideología como pegamento universal para reparar las heridas que se hacen los hombres; y como el acuerdo en torno a una ideología satisface la inclinación gregaria de los individuos pero no es parte de su experiencia real, ninguna coincidencia ideológica es durable como no sea que todos marchemos a paso de oca por la fuerza o que aceptemos comer un primero, un segundo, postre o café, todos a la misma hora del día, porque así lo hacían nuestros mayores.

He ahí los únicos acuerdos posibles.

Por consiguiente, no es la posibilidad racional del acuerdo aquello que debe preocupar a los filósofos sino la universalidad real del diferendo y la vía de instituir una nueva Pax Romana que ponga a todos en consonancia en virtud de lo que de veras comparten: sus respectivas e insoslayables disidencias. Pero eso, mucho me temo, no será un efecto de la razón sino, como en tiempos del Imperio, del uso inteligente de la fuerza.

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