SOBRE LA COMUNICACIÓN

Debería haber titulado este apunte: “Sobre el supuesto de que alguna comunicación es posible” pero, para no incurrir en prolijidades y evitar la peligrosa deriva de la exageración, vamos a dejarlo así.

Cuando mucho, la comunicación es una expectativa generalizada de vínculos que necesariamente se esperan pero que rara vez se realizan. Lo habitual es que los hablantes se expresen por medio de algún lenguaje –de palabras, de gestos, de sonidos, de colores, etc.– pero no menos habitual es que no se entiendan o que lo hagan a medias; y que solamente conjeturen lo que se les comunica. Que lo comprueben, lo aprueben, lo admitan, lo compartan, etcétera, ya es otra cosa. Mucho me temo que la experiencia de la comunicación es decepcionante y pobre compensación es que la mera coincidencia con relación a un enunciado sirva como prueba fáctica de que una “comunicación” ha tenido éxito, o que simplemente ha tenido lugar.

Cada vez que nos comunicamos algo tiene lugar ¿Pero qué es lo que sucede en verdad? Está claro que algo hacemos cuando nos comunicamos, pero no está tan claro qué es lo que hacemos; y, sin embargo, justamente eso que hacemos es lo que en verdad debería considerarse comunicación.

El principal problema que plantea la comunicación es que se trata de un fenómeno tan intangible e indeterminado como la existencia del Unicornio o el lugar donde yacen los restos de Alejandro Magno, que tienen consistencia ontológica porque dícese que existen o han existido alguna vez. El primero porque se narran historias que lo tienen como protagonista; y la segunda porque se supone que los restos de cada uno –sobre todo si son de reyes– van a parar a alguna parte: ¿por qué Alejandro habría de ser una excepción a la regla? Asimismo, ¿cómo poner en duda que entre los seres conscientes, animales o humanos, hay algún tipo de comunicación si la inmensa mayoría de ellos interactúa (horrible palabra) con su medio y con los demás?

Pero –insisto– la cuestión de fondo no es admitir o probar la fenomenalidad de la comunicación, que es tan efectiva como indeterminable, sino que:

a) haya razón para aceptar que la comunicación llega a buen término en todos los casos;

b) consista en algún tipo de intercambio, cuya índole se puede establecer.

Ahora bien, conviene que seamos prudentes con los argumentos. Soy consciente de que si sigo mi argumento de acuerdo con esta deriva, acabaré por reafirmar el tercero de los apotegmas nihilistas atribuidos a Gorgias, a saber: que si algo fuese cognoscible, no podríamos comunicarlo.

No. Por muy inquietante o plausible que sea la boutade del Divino Gorgias, no se trata de eso. Podemos efectivamente comunicar también lo que desconocemos. Algo sucede en la comunicación, pero ¿en qué consiste? ¿Qué sucede? La clave está aquí.

Una parte muy importante del misterio de la comunicación consiste en que, aunque sabemos que en ella intervienen signos, entre otras cosas porque hemos aprendido a operar con ellos, desconocemos su naturaleza. Bueno.., tampoco es que no conozcamos qué son los signos sino que los describimos y explicamos de muchas maneras y las definiciones que damos de ellos no siempre son del todo consistentes entre sí.

Nietzsche vislumbró la cuestión y propuso una extraña noción de signo que desprecia todas las demás, en un fragmento póstumo muy lúcido (cfr. KSA 10, 7 [173])

(Ya sé que es un lugar común observar la lucidez de Nietzsche.)

donde anota que en un origen que solo puede ser conjeturado, el uso de los signos no servía para comunicar sino que se trataba de retener o de aferrar lo que fuese, para –quizás– apropiárselo mecánicamente, algo semejante a la idea de concepto en alemán: Begriff, en sentido literal, “lo que ha sido agarrado”. El signo era, pues, un instrumento de poder pero no de comunicación. Más adelante, cuando hubo que incorporar al otro –es decir, cuando hubo que contar con la voluntad y el poder del otro que perseguían fines semejantes– los signos se usaron lo mismo que en el comienzo, para apropiarse de la voluntad ajena. Así pues, la comunicación devino una tentativa de conquistar al otro y, en consecuencia, comunicarse empezó a servir para extender el propio poder sobre el otro.

Llegado a este punto en la especulación, una mente ordinaria hubiese derivado por uno de esos tópicos redentoristas, como la denuncia de la dominación o de la manipulación de la conducta por medio de signos, pero Nietzsche era muy listo: en lugar de incurrir en un redentorismo fatuo y previsible, aprovechó para intentar una definición distinta del signo como “la huella (a menudo dolorosa) de una voluntad sobre otra”. Según esto, los signos son rastros de un acto de poder que nada tiene que ver con lo que se suele entender por comunicación, donde incluso el lenguaje es secundario. ¿Cómo podemos representarnos el signo como extensión de una fuerza que se aplica sobre otro con la finalidad de hacernos con su voluntad? La derivación es simple: el signo solo puede ser un golpe. Nietzsche concluye, pues, que en la llamada comunicación, en su forma originaria, nos hacíamos entender por medio de golpes, como las hormigas. Las heridas infligidas al otro son un lenguaje de signos del más fuerte, escribe en una apostilla.

Si la comunicación es un intercambio de golpes que son signos (o de signos que son golpes) ¿en qué consiste comprender una serie de signos organizados? Consiste en reconocer la sensación de dolor y valorarla; y sobre todo, consiste en reconocer ese poder extraño que nos lastima. Más aún, comprender velozmente, fácilmente, es del todo recomendable para recibir cuantos menos golpes y empujones que se pueda, aconseja Nietzsche. Comprender, pues, es una especie de condescendencia.

En la medida en que la llamada comunicación hace posible la constitución de agrupamientos humanos, tribus, asociaciones o comunidades, que son de hablantes, el factor cohesionante, de acuerdo con el modelo nietzscheano, no sería estrictamente lingüístico sino práctico (pragmático) o incluso prudencial: cada uno de los hablantes se une (o comparte) a aquellos cuyas palabras y gestos le hacen menos daño, al mismo tiempo que se distingue de los que le infringen demasiado dolor. De esos afirma sencillamente que no los entiende. No se “comunica” con ellos, diríamos nosotros.

Está claro que en este modelo hay poder y dolor, que se dan y se reciben, pero ni la verdad ni la referencia convalidan los signos de la comunicación. En suma: no hay Otro sino una fiesta de empujones donde la “comunicación” no es más que una ecuación de fuerzas y resistencias enfrentadas. Ya no es necesario presuponer que en un litigio irresuelto, en un diferendo inconciliable, o en una alocución cualquiera que no llega a su destinatario se “ha roto la comunicación” o se ha “interrumpido el diálogo”; ni siquiera es necesario hablar en términos de error, sino que de lo que se trata es de medir las fuerzas propias y las opuestas: e imponerse, o abandonar el campo de batalla.

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