ALGO QUE SE LE PARECE

(O la semejanza, título que quizá sería más apropiado para estas anotaciones.)

Definimos semejanza como el parecido que una cosa tiene con otra. Por ejemplo, la gran pirámide de Keops

se parece a esta figura geométrica y viceversa.

“Se parece” significa que es como. La figura, pues, es una ficción de la pirámide original. En cambio la pirámide no es una ficción sino una realidad. Digo bien que es una realidad para subrayar que no es real en algunos otros sentidos que tiene la noción de real, porque de hecho, la figura también es real, aunque lo sea de otra manera. Desde una perspectiva diferente también puede decirse que la pirámide y la figura se parecen porque comparten un parecido recíproco; es decir, se parecen a eso (a algo, tal vez una forma) que ambas comparten. ¿O es al revés? Ese fue el descubrimiento del clasicismo (véase El Nubarrón del 23 de enero de 2916 titulado FORMALIDADES [III]).

¿Pero a qué se parece esta imagen de Hermes, la que vemos aquí fotografiada y la original? Cabe apuntar que esta de la foto es una efigie romana copiada de un original griego del siglo V a C.?

El parecido entre la pirámide de Keops y su forma estilizada por una geometría tridimensional se puede comprobar. En cambio, nadie ha podido comprobar jamás el parecido de la efigie de Hermes con el dios propiamente dicho porque, como es bien sabido, los dioses son invisibles. 

(Si no, no serían dioses.)

¿Cómo se fija el parecido de esta representación con un objeto que nadie ha visto jamás? Es cierto que los dioses no han sido vistos por nadie pero también es cierto que muchos los han pensado, o sea que los han representado de alguna manera. La invisibilidad de los dioses, no obstante, no es condición suficiente para dar por válida la idea que se hace el artista de la figura de Hermes. ¿De dónde procede entonces esa idea? De una creencia que sustenta una descripción convencional donde Hermes aparece como siendo esto y aquello, con tal o cual atributo. Sin embargo, una creencia no puede dar pábulo a realidad alguna. No hay una Hermes original que haya inspirado sus copias. Cuando observamos que su efigie se parece a Hermes nos ahorramos decir que, en realidad, el artista no se inspiró en el dios sino simplemente en una forma que sintetiza cómo se lo imaginaba. Lo mismo que en primer caso, la relación de una ficción (la efigie) con un fundamento ideal se mantiene intacta, pero en esta ocasión no hay nada que sirva de sustento real. Y como la realidad en este caso no importa, el Hermes que aparece idealizado en la efigie puede muy bien parecerse al Hermes ideal. La relación con una ficción no es la misma, pero observemos que hemos salvado la semejanza que, en este caso, es un parecido que se establece entre dos ficciones. Lo que –de paso– nos permite dar por sentado que esta copia romana se parece a un original griego que tampoco ha sido visto por nadie porque se ha perdido.

Parecería que alguien hace trampas. Pues no. La copia y el original perdido son signos.

Por consiguiente, hay cuando menos dos tipos de semejanza posible: la de un signo con la cosa que representa y la de un signo con otro signo. En ambas relaciones, la semejanza se establece por alegoría. O, si acaso, por símbolo, si admitimos como válida la distinción romántica entre alegoría y símbolo, a pesar de lo mucho que tiene de distinción retórica.

Ahora bien, dejando de lado la pirámide y la efigie de Hermes ponga,mos por caso este otro ejemplo. ¿A qué se parece esta imagen?

A nada edificante, desde luego. Según las referencias que recojo de una fuente anónima de Internet, esta criatura (?) es el virus bacteriófago T4, retratado con un microscopio electrónico. ¿A qué se parece? Ha de parecerse a algo porque si no la foto no podría servir como representación y la imagen no sería del virus T4, un bicho que no tiene ninguno de los atributos de los ejemplos anteriores: no es tangible en ningún sentido y no es divino, salvo que entendamos que lo es porque es inmortal, una de las características más inquietantes que comparte con todos los virus conocidos. Su semejanza, por decirlo así, es inconcebible e infundada. Pero como no tenemos otra manera de considerar una representación si no es de acuerdo con el principio de semejanza, hemos de presumir que la imagen de T4 se parece a sí misma, que es una especie de simulacro de un virus real. El origen o el procedimiento técnico empleado para producir este simulacro no importa. Si cumplimos los pasos que requiere el principio de la semejanza tendremos que concluir que se parece a algo que se asemeja a su semejanza, es decir que goza de una condición tautológica: se parece a lo que se parecería si se pareciese a sí mismo.

(Convengamos que, con la aparición del virus, la cuestión de la semejanza empieza a ponerse sumamente enrevesada.)

Los griegos antiguos establecían que la mimesis era posible –y por tanto, legítima– porque el objeto en la representación compartía una semejanza con el objeto real representado. El criterio de semejanza podía servir pues para valorar una tejné representativa, la pericia del artesano, algo que en parte todavía se mantiene en lo suele llamar “arte”: cuanto más parecida era la representación a su objeto, mejor realizada estaba. La copia no era tanto del objeto sino de la semejanza del objeto con relación a una posible representación. En ese contexto, naturalmente, era fundamental la idea de forma. Sin una forma inteligible no hay semejanza posible. De este modo se salvaba la dificultad que suponía establecer el valor de una efigie que representaba a un objeto del que no había experiencia posible. De acuerdo con este principio racional la figura geométrica de la pirámide y el Hermes en efigie son, en ambos casos, la mimesis de una forma, es decir que no son copias sino imitaciones de lo semejante que está en (o participà) la forma.

No puedo presumir de solvencia en materia de conocimientos bíblicos pero alcanzo a entender que el célebre pasaje “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” (Génesis 2:7) no debería entenderse como que Dios creó al hombre tomando como modelo su propia imagen reflejada en un espejo sino que, lo mismo que para los griegos: Dios creó al hombre semejante a algo que se le parece. Más claramente, no creó un ser parecido a Dios sino parecido a algo que se parece a Él. De acuerdo con esta interpretación, en toda representación hay un tercer término soslayado que, no obstante, resulta decisivo para comprender que toda mimesis es también creación: la puesta en el mundo de un objeto nuevo.

(Ni que decir tiene que con esto ya tenemos explicado de dónde viene el supuesto tan difundido de la genialidad/divinidad que caracteriza al artista mimético.)

Llegamos así a concluir, de manera quizá algo anacrónica, que solo si aceptamos esa mimesis bíblica originaria como plausible podemos admitir que la imagen de T4 se parece al virus que lleva ese nombre (o a algo que se le parece). En pocas palabras: que esa criatura repugnante existe.

Comments are closed.

Post Navigation