LA GEISHA

En un fragmento inesperado, incluido en una compilación de lecturas y observaciones médicas (Cfr. Ceronetti, Guido. El silencio del cuerpo. Barcelona, 2015, p. 194), Guido Ceronetti se detiene a reflexionar al pasar acerca de la frigidez, un temple (o un trastorno) que comparten de forma encubierta una mayoría de mujeres. Afirma que la frigidez –naturalmente, desde la perspectiva masculina– es un memento mori, es decir que el frío y la indiferencia del cuerpo de la frígida, remite al hombre directamente a la sensación de muerte. Sin embargo, contra lo que algún despistado podría pensar, Ceronetti no asocia la indiferencia erótica en la mujer con ninguna estricta condición femenina y tampoco incurre en el tópico del macho despechado que invoca como alternativa la potencia y el furor de la femme ardente, ese lugar común que en el imaginario masculino a veces sirve para compensar la desconcertante aridez de las frígidas: “¿Pero qué demonios te pasa…?”

No. Entre estos dos arquetipos extremos y en gran medida nunca del todo realizados, la frígida y la ninfómana, desentraña de pronto Ceronetti una máscara, la geisha, esa falsa mujer que dispensa su ficción erótica como poder supremo sobre el impulso irrefrenable del macho.

(Ah sí, la geisha…, a esa la conozco yo muy bien.)

De modo desconcertante Ceronetti describe la geisha como una fémina excepcional, capaz de un ne quid nimis, de algo que ni es frigidez ni es voluptas sino un erotismo administrado en proporción, moderado y armónico. La geisha pone su cuerpo para libre disposición del otro con un arte que solo ella conoce: “el arte de hacer creer al hombre que el hielo está en ebullición”, que –dice Ceronetti– es la “base de una auténtica educación de la mujer” (Ibid.) como si la mujer perfecta tuviese que ser una gran embaucadora. Por extraño que parezca esta descripción de la geisha no parece animada por resentimiento alguno. Por lo contrario, hasta se diría que en estas frases que hablan de un “arte” asoma una discreta admiración por la frigidez sublimada.

Yo, desde luego, no pienso lo mismo. La geisha es un maquillaje encarnado, un muñeco maldito, pura exaltación de un erotismo que es nada, el perpetuo ensayo de buenas –y lúbricas– maneras aprendidas. Un cuerpo que se ofrece con astucia, sí, pero solo para inmediatamente sustraerse detrás de una persona que no tiene identidad. Un simulacro triste como un monigote.

Ceronetti, sin embargo, aprecia la pericia de la geisha como “el supremo arte femenino” y le atribuye una recompensa subsidiaria puesto que este amor moderado, regulado por un oficio que solo una cortesana puede inspirar, asegura que alimenta la literatura erótica auténtica y la poesía amatoria. Como si la auténtica escuela del amor fuera la okiya.

Ah no, esta idealización de literato putero me parece la simple sublimación literaria de algo que, en el fondo, no es más que un fiasco. Yo no sería –no soy– tan indulgente. La geisha es pura patraña.

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