LA AFINIDAD

Casi enseguida que aparece la pulsión que nos hace leer, que no es más que una de las muchas variantes de la curiosidad humana, nace la afición por un autor, por un estilo, por una manera de emplear las palabras. La impresión es inmediata: surge el signo inconfundible de una adhesión sin condiciones que se manifiesta en forma de complacencia y de insólitas coincidencias. El lector se descubre exclamando “Mira…, ha pensado lo mismo que yo.” o “Yo hubiese hecho lo mismo”, seguido por algún gesto de admiración y de reconocimiento que se tiende a compartir con otro lector.

¿Cómo se llama esto? Afinidad, que es una especie de sintonía involuntaria, muy parecida a la que produce la música. Parece inmediata, pero por supuesto que no es así, porque ninguna filiación postulada con acontecimientos, con las acciones de otros o con las personas mismas, se da sin mediación. Los humanos vivimos todo el tiempo rodeados de signos. Ninguna cosa o circunstancia es posible sin el signo que la determina y la transforma. La afinidad con un texto o con un autor está, pues, por fuerza enlazada al espíritu por el signo correspondiente.

Pero la semiótica no sirve para explicar nada, tan solo describe lo que hay con una austeridad impostada, sin implicarse. ¿Cómo se establece en la lectura esa adhesión al espíritu que piensa o siente como uno? Si pudiéramos explicarlo, tendríamos resuelto el misterio de la seducción, incluso del amor a primera vista, que también es tan cierto y compulsivo y fatal.

(E inexplicable.)

Qué poco es lo que sabemos acerca del origen de nuestras afinidades.

Dice Homero en el Canto VI de la Iliada:

¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Lo mismo que las hojas, así se suceden las generaciones entre los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo y la selva, al reverdecer, produce otras cuando llega la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra muere.

Versos que son circunstanciales. Una situación los descifra y los vincula a otros versos que les dan sentido. Probablemente se puede dar de ellos unas cuantas traducciones alternativas, no siempre coherentes. Como ocurre a menudo en Homero, el lector repara en el símil, inspirado en esa necesaria tensión (y la pertinencia recíproca) entre naturaleza y cultura, que atraviesa toda la epopeya. Pero no solo.

Léelo de nuevo. El pasaje contiene algo más.

¿Donde está la afinidad que me lleva a recortar el pasaje y, más tarde, a citarlo? ¿Acaso es la figura? No. No soy tan formalista. Tampoco es el tema ni la ocasión. La afinidad es la melancolía que templa estos versos torpemente vertidos al español que, en definitiva, hablan del paso del tiempo, de la necesidad de la muerte y de la también necesaria resurrección. Pongamos entonces que el lector (yo) y el bardo divino compartimos una misma melancolía. ¿Y qué es la melancolía sino una manera de estar?

¡Acabáramos..! Al final resulta que Homero y yo estamos en el mundo de la misma manera. Esa es nuestra secreta afinidad y el signo que una vez, cuando lo leí por primera vez, me unió a su espíritu para siempre.

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