VISTO Y NO VISTO

De las pocas interacciones posibles con los niños de pocos meses de vida es un juego simple, que consiste en llamar su atención, posteriormente ocultar nuestro rostro con ambas manos y descubrirla a los pocos segundos, acompañado esto con ruidos ululantes o estridentes. El niño revuelve sus extremidades incontroladas y esboza lo que el adulto interpreta como una risa, pero que seguramente no sea más que una mueca involuntaria. Allí hay una especie de diálogo, que para el niño podría durar horas y horas.

Sin embargo, el sencillo juego goza de algunos matices que el adulto, a fuerza de imitación, reproduce con estricto orden y debe hacerlo para que funcione. Me refiero al desvelado de la cara, si se destapa demasiado rápido, el niño no percibirá qué ha cambiado; y si lo hace demasiado tarde, el niño puede inquietarse o perder el interés. La práctica, como digo, permite que esa relación lúdica pueda repetirse hasta el agotamiento del adulto.

El juego consta, por tanto, de tres fases: la inicial, el estado de cosas original, el adulto y el niño viéndose frente a frente; el ocultamiento del adulto, que altera al niño, pero habilita su curiosidad, y la posterior exhibición del adulto otra vez, para regocijo del niño, que ya no ve igual a esa persona respecto al estado inicial, algo cambia. Desde luego, eso que cambia no está en el adulto, aunque es quien lo desencadena. No obstante, desde la perspectiva del pequeño, lo que cambia es aquello que tiene ante él. Y digo aquello, porque desconocemos el grado de consciencia de los neonatos, quizás saben quiénes somos y quién o qué es lo que tienen ante sus ojos. Pero, en principio, su visión no es de conjunto, es parcial, está sesgada por su consciencia de la realidad, sus órganos sensoriales y por la imposibilidad de una interacción real con lo otro ante él.

Pasivamente, el pequeño contempla esta trinidad, que bien vista podría ser considerada de manera análoga a las formas en cómo el ser humano se ha relacionado con Dios o, mejor dicho, con su imagen…

El primer momento (el natural del niño ante el adulto), podría llamarse de normalidad con respecto a la trascendencia. Dios enseñando su rostro y el hombre asumiendo su realidad, su presencia, casi como una relación de pertenencia, connaturalizado. Algo así como lo que sucede en las culturas primitivas y su relación con el tótem (palabra ojibwa) donde un animal, un vegetal o un objeto inanimado es considerado genitor del clan, su principio o su origen. El tótem es el dios, así como el adulto es lo que hay para el niño, su relación no está establecida en lo ceremonioso, aunque su única relación puede ser mediante el rito (el juego, el baño, la comida, etc., pero también la danza de la lluvia, la de la guerra o la del matrimonio).

El tótem es -desde el punto de vista metafísico o trascendental, es decir, del entendimiento o interpretación de Dios- como las representaciones de las religiones más avanzadas, primero con los ídolos, luego con los iconos. Tres estadios de abstracción que marcan una evolución en la capacidad de entender a Dios justamente como eso, algo abstracto: el tótem considerándolo como una fuerza de la naturaleza, que vincula al clan a la vez con su entorno y con esa fuerza; posteriormente, el ídolo, una recreación de Dios para encarnarlo y rendirle culto (desde la mujer sentada de Çatalhöyük metida en un cuenco para almacenar grano, pasando por las estatuillas de Ištar o Inanna en los “templos para las prácticas sexuales sagradas” de los sumerios, hasta la escultura crisoelefantina de Atenea Parthenos); y luego los iconos (religiosos), la alternativa cristiana a la iconoclasia, representar con figuras más o menos simbólicas o más o menos miméticas a personajes de la liturgia en los que Dios se hubo encarnado o por el cual se hubo manifestado su poder (Jesucristo, la Virgen María o los santos). Pero, en cualquier caso, esta evolución cultural del tótem sólo muestra una cosa: sea un Dios-Madre-Tierra (totémica), un Dios-objeto-votivo (idólatra) o un Dios-trinitario (propiamente dicho religioso), ésta imagen establece una relación directa (connatural) con el Dios. Lo que se tiene delante es Dios, el objeto existe para que estemos ante él, lleguemos a él, o mediante la obra estar con Dios.

De este modo, la segunda fase del juego vendría a representar la manera opuesta en la que Dios se relaciona con nosotros. De manera oculta, Dios está, pero no puede ser visto, interpelado, ni siquiera mentado. Quizás la forma más primitiva de la trascendencia sea esta. Su versión de Dios-Madre-Tierra, siempre estableciendo una relación más concreta, más directa, tiene su versión de un Dios oculto, que no debe ser visto (por ejemplo, la más clara, los bisontes rupestres, que han sido puestos ahí para tener un vínculo con Dios, pero colocados en un lugar inaccesible a la vista ni al tacto, colocados para no ser vistos). Pero también las formas más abstractas, como pueden ser las religiones iconoclastas, y entre ellas, la más estricta, la judía, cuya relación con Dios es de ajustada no-percepción, no-interacción, como los niños con el adulto de rostro tapado, los judíos saben de Dios, pero no pueden establecer un diálogo con él.

(Por eso he considerado siempre que el guion de Joseph Stein, El violinista en el tejado, incurría en convertir a Tevye en una especie de meshumadim, por interpelar a la trascendencia constantemente).

Tanto es así, que de entre los nombres de Dios (o strictu senso YHWH), los judíos han establecido uno para hablar de Dios como representación, de Dios como presencia en el mundo: Shejiná, y es este –llamémosle así- subterfugio lógico el que permite entender a YHWH como actor en la Tierra. Y digo entender, porque al mismo tiempo, tienen otra serie copiosa de nombres para poder mentarlo, por ejemplo, HaShem, que literalmente significa “El Nombre”, y así salvarse de incurrir en un delito contra el Sanhedrín del Nezkín, que advierte que “éstos son los que no participan en el mundo venidero: aquel que dice que no hay resurrección de entre los muertos… y que la Ley no es del cielo… También el que pronuncia el Nombre con sus letras apropiadas”. Nunca nadie ha recorrido tantos siglos intentando descifrar a Dios y tampoco ha habido otra cultura más preocupada en granjearse su favor, arrogándose al mismo tiempo la posición de privilegio respecto de otros pueblos para con él, que los judíos, los mismos que han esquivado de forma más elaborada su apelación directa, como si se escamotearan a Dios para sí mismos. En definitiva, lo único que prevalece es la lógica que recoge el juego del principio: incluso negando el rostro del adulto/Dios, su presencia o acción es incuestionable.

La tercera fase, en la que el adulto descubre su rostro contiene una característica singular: no puede ser la última. El juego requiere la vuelta a la segunda fase. Si por aburrimiento, cansancio o desidia el adulto se detiene en esa tercera fase y permanece con el rostro descubierto, el juego se diluye y el niño pierde la atención o el interés. La promesa de volverse a ocultar, incluso la brevedad de esa aparición es la clave para que el juego funcione. Son estas propiedades las características fundamentales de la posición mística. Y utilizo este término en el sentido más gnóstico posible. Nirvana, iluminación, satori, autorrealización, Bodhi, Wu, éxtasis… todos los cultos religiosos, la religión propiamente dicha y las alternativas espirituales y mistéricas sobre el mundo… siempre encuentran una forma para llegar a esa conexión o estado alterado en el que se ve algo que se sabe existente (Dios, la Trascendencia), pero a lo que no se puede tener acceso directo, pero al que mediante un ejercicio –que requiere o presupone un estado de ocultamiento previo- un individuo podría alcanzar. Logrando ese estado diferente, aunque no continuado, es que se llega a Dios. Toda posición mística contempla, por tanto, una vía de acceso a él. Y ese acceso a él no es la misma relación que establecemos en el que hemos llamado “estado natural”, sino que es una situación diferente, mediada, vedada, no accesible. Una relación distinta con Dios, como distinta es la relación del niño con la cara del adulto antes de ocultarla y al destaparla. Eso es lo que ha cambiado.

Parece como si la Trascendencia, YHWH o el Uno se empeñara en nuestro libre albedrío, dándonos todas las formas posibles de conexión con él: completamente accesible, completamente oculto y a intervalos por escorzo. Casi como esas puertas de los bares del lejano oeste, que los vaqueros abrían de un empujón y tan rápido como se abrían dejando entrar toda la luz del exterior, se cerraba, pero que luego daba pequeños bateos dejando pasar un poco de luz, si uno se fijaba bien.

Ya ven, un juego de niños y una puerta de bar del lejano oeste… A ver si es verdad que Dios está en todas las cosas.

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