TRAGEDIA

Ya se sabe que no es aconsejable ponderar acerca de la felicidad, pero es muy difícil no sentirnos tentados a pensar que, una fórmula plausible para acariciarla consiste en que cada uno aprenda a reconocer la trama de la tragedia que protagoniza.

Empieza por aprender a ver todo lo que hay de funesto en lo que nos pasa. Pero sin hacer trampas, pues no se trata de asegurarse un cambio de planes (o de finales). El plan (y el final) están ya dispuestos, por muy azaroso o contingente que parezca su proceso. Justamente aquí está lo propiamente trágico (o funesto) de la existencia. No busques soluciones a este problema. Con solo que llegues a reconocerlo has dado un gran paso.

Sin embargo lo verdaderamente importante y lo decisivo para ser felices viene después.

Primero, hay que aceptar que esto que nos toca es bastante terrible, que –por fuerza, como los desdichados héroes que imaginaron los griegos– vamos a porfiar en nuestra ineluctable perdición y no tenemos manera de escapar; y segundo, hay que hacer un esfuerzo para desentrañar el guión trágico en que estamos metidos y qué papel nos toca representar en él.

El resto es sencillo: consiste en cumplir lo mejor que podamos con el papel que nos ha sido asignado.

APUNTE SOBRE LA EMBRIAGUEZ

En algún lugar, no recuerdo dónde, leí que Dioniso Areopagita daba especial relevancia simbólica a un pasaje del Salmo 78, que transcribo de la Biblia de Jerusalén:

[…] Entonces despertó el Señor como un durmiente, como un bravo vencido por el vino […]

¿Qué es lo que llamó la atención del Areopagita en este pasaje? Al parecer, fue un matiz: que el texto bíblico compare la borrachera –la embriaguez– con el sueño y que además lo atribuya a Dios, cosa extraña, pues de hecho son estados alterados de la consciencia que solo se dan en un cuerpo mortal. La embriaguez y el sueño coinciden en que nos separan de las cosas mundanas, aunque solamente por un tiempo breve. En una u otra condición los hombres tenemos experiencias que se asemejan a las reales pero no son las mismas, como tampoco es lo mismo dormir que estar borracho. La embriaguez y el sueño, por otra parte, difieren de la experiencia corriente (se parecen) aunque se distinguen entre sí. Y, sin embargo, se sale de ellas de la misma forma. Dioniso Areopagita observa que nos alejan de Dios pero al mismo tiempo nos aproximan a Él, puesto que hacen semejante aquello que para un cuerpo mortal, no lo es. Más aún, la lucidez divina –el salmo describe que al despertar Dios toma varias decisiones trascendentes– es como despertar de un sueño pesado, como una especie de resaca.

La embriaguez y el sueño no solo se parecen por lo que las distingue de la sobriedad y la vigilia, sino por la manera como interponen una razón nueva a la experiencia, una especie de sabiduría. En el sueño, el pensamiento atisba lo que podría ser y no es; en la embriaguez lo que permanece oculto detrás de la razón práctica y la prudencia.

¿Pero por qué esta sabiduría habría de aproximarnos a Dios? Porque no se trata de un discernimiento sino de una especie de delirio desconocido, como solo puede darse en teoría.