APUNTE SOBRE LA EMBRIAGUEZ

En algún lugar, no recuerdo dónde, leí que Dioniso Areopagita daba especial relevancia simbólica a un pasaje del Salmo 78, que transcribo de la Biblia de Jerusalén:

[…] Entonces despertó el Señor como un durmiente, como un bravo vencido por el vino […]

¿Qué es lo que llamó la atención del Areopagita en este pasaje? Al parecer, fue un matiz: que el texto bíblico compare la borrachera –la embriaguez– con el sueño y que además lo atribuya a Dios, cosa extraña, pues de hecho son estados alterados de la consciencia que solo se dan en un cuerpo mortal. La embriaguez y el sueño coinciden en que nos separan de las cosas mundanas, aunque solamente por un tiempo breve. En una u otra condición los hombres tenemos experiencias que se asemejan a las reales pero no son las mismas, como tampoco es lo mismo dormir que estar borracho. La embriaguez y el sueño, por otra parte, difieren de la experiencia corriente (se parecen) aunque se distinguen entre sí. Y, sin embargo, se sale de ellas de la misma forma. Dioniso Areopagita observa que nos alejan de Dios pero al mismo tiempo nos aproximan a Él, puesto que hacen semejante aquello que para un cuerpo mortal, no lo es. Más aún, la lucidez divina –el salmo describe que al despertar Dios toma varias decisiones trascendentes– es como despertar de un sueño pesado, como una especie de resaca.

La embriaguez y el sueño no solo se parecen por lo que las distingue de la sobriedad y la vigilia, sino por la manera como interponen una razón nueva a la experiencia, una especie de sabiduría. En el sueño, el pensamiento atisba lo que podría ser y no es; en la embriaguez lo que permanece oculto detrás de la razón práctica y la prudencia.

¿Pero por qué esta sabiduría habría de aproximarnos a Dios? Porque no se trata de un discernimiento sino de una especie de delirio desconocido, como solo puede darse en teoría.

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