CONTAR UN SUEÑO

Al despertar por la mañana, todavía abrazados, los amantes se cuentan mutuamente lo que han soñado durante la noche:

–Soñé que estábamos juntos sobre una gran explanada frente al mar; hacia nosotros avanzaba mi madre, me hacía gestos de alarma. Yo miraba hacia el mar y veía aproximarse una ola inmensa que, al chocar contra la costa, lo arrastraba todo con ella, como un maremoto…

–Y yo soñé que te enseñaba una casa nueva, pero tú no le prestabas ninguna atención. Intrigado por tu reacción, yo miraba los objetos del salón y poco a poco distinguía sobre ellos una tupida capa de polvo, veía los cristales de las vitrinas partidos, las tapicerías rajadas. Todo estaba en su sitio pero viejo y ajado…

Etc.

El intercambio de sueños es espontáneo y parece como si revelara la voluntad de ambos de enseñarse recíprocamente el lado oculto de cada uno, como si se tratase de poner ante la consciencia del otro lo inconsciente propio, que siempre tiene algo de siniestro.

(No seas tan simple…)

Los sueños son advertencias que el soñador se hace a sí mismo en el marco de falsas y desordenadas reminiscencias. Un sueño compartido se convierte en una especie de amenaza contra la que no hay defensa posible, porque el sueño es del otro y lo que se revela (o se oculta) en su discurso no puede ser respondido. No tiene referencia precisa ni interpretación que consuele a la memoria que lo recuerda.

¿Una amenaza? Sí, ominosa amenaza, porque cuando contamos un sueño, de forma recursiva intentamos decir la verdad. Mejor dicho: todo lo que decimos es verdad.

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