Edward Hooper sin excusas

ANTONIO COSTA GÓMEZ

A veces Hopper me parece como Heidegger. Me parece que pinta el Estar Ahí desgarrado. Todo el mundo conoce a sus norteamericanas solitarias, mirando hacia la ventana sobre una cama, apoyadas en la esquina de un hotel, observando una taza de café sobre una mesa olvidada, incomunicándose con el marido en un cuarto agobiante.

Todos conocen los edificios callados, las estaciones de servicio mudas, los oficinistas que miran el silencio de los tejados, los faros que están solos contra el cielo, las casas absortas en mitad de las praderas. Nadie como él supo pintar la soledad. Nadie como él retrata lo que siente una viajera desnuda en mitad de un cuarto de hotel, una mujer que lee en una mecedora delante del ventanal, un hombre sentado en el porche que mira la carretera interminable.

Pocos saben que empezó en París. Una vez seguí sus pasos por la Escuela de Bellas Artes al lado de Saint Germain des Prés y por las calles aledañas donde vivía. Y por los puentes cercanos. Pocos saben que ya entonces escuchaba las escaleras desoladas,  algo apagado en la iglesia de Notre Dame, una nostalgia extraña en los puentes sobre el Sena. Que captaba un fondo  que se callaba en las buhardillas, la desposesión  que abrumaba en las rotondas del puente al anochecer, las siluetas perdidas entre las sombras amenazantes de los edificios.

En “Los noctámbulos”, su obra más conocida, la protagonista también es una mujer arrinconada. Como esas mujeres de vida desaprovechada que aparecen en las novelas de John Cheever o de Toni Morrison. Y está acompañada por otros halcones cuyos sombreros los aplastan. Sobresalen en mitad del vacío, de la desolación, de la atención, y cada gesto que hagan estará lleno de significado. Es eso lo que aporta la noche para ellos. Se encuentran sin misericordia, sin excusas, pero también sin engaños y sin escondrijos. La noche lo descubre todo.

Pero lo mismo ocurre en la mujer que toma un café con un sombrero solitario sin saber lo que hace. En la mujer que espera algo, una especie de anunciación en negativo como una vez sugirió alguien. En la que se asoma tan solitaria al hotel en mitad de la carretera por donde advierte a los seres siempre pasajeros. En ese cine tan denso y fantástico a fuerza de intensificar la realidad, en que una acomodadora mira como espectadores solitarios quieren escapar de la trivialidad atrapada de sus vidas.

Nadie ha pintado mejor la noche que Edward Hopper. La noche en que muchas cosas callan y se escuchan las personas y los locales. En que se ve todo como no se veía durante todo el día. Porque tampoco nadie sabe como él descubrir mejor a las personas, su identidad perdida, su interrogación interior. Su estar perdidos y sentirse a sí mismos. 

La noche para Hopper, como en otros cuadros la sobriedad de los cuartos, la limpidez de los horizontes, significa la falta de retórica, el buscar de frente a los seres, el encontrarse con ellos de una forma cotidiana y a la vez terrible. El mostrar lo terrible y lo densa que puede ser la existencia.

Hopper escucha observa hondamente, arrincona a las personas contra las paredes. No quiere ponerlas en ceremonias, en charlas, en reuniones sociales, ni siquiera en gestos estudiados o expresivos. Quiere ponerlas enfrentadas a la barra de un bar, a una taza de café vacía, a la ventana de un hotel. Y en la noche a la superación de los objetos, a la confusión de las cosas en la oscuridad.

Hay más filosofía, más saber de verdad, en la pintura de Hopper, con su meditación visual, que en tantos filósofos académicos que dan solo círculos viciosos de conceptos sin vida, que no ven nada y solo escriben para que otro académico escriba una tesis doctoral sobre ellos. Que no dan nada de verdad. Pero también Heidegger decía que había que escapar de esa trampa, salir del pensamiento solipsista de la lógica, y volver al saber presocrático que aparta la cortina y mira a la vida. Se aprende más en Hopper sobre la vida que en tantas disertaciones retóricas que solo se envuelven y se enjaulan  a sí mismas. Los ojos vacíos para ver (no mirar) son tanto más reveladores que los conceptos mecánicos. Y nadie se cansa de mirar los cuadros de Hopper, de aprender de su desolación. Una vez vi unas láminas de Hopper en el vestíbulo enorme y vacío de un cine de Buenos Aires y casi ya no me hacía falta ver la película.

Los noctámbulos no quieren escaparse de sí mismos, continúan callando en mitad de la noche, prosiguen con la última copa,  ponen su silencio al lado del otro silencio, miran con la mirada vacía hacia adelante, se enfrentan a su vacío.

Son personas de aspecto sencillo, con los trajes iguales, con los sombreros de siempre, que se convierten por ello en puros signos de intensidad, en puros misterios. La noche es ese asombro, es esa hora de la verdad, es lo que hacer cuando se acaban las palabras. Es lo que se ve cuando no hay que ver nada.

Las mujeres de Hopper se dejan mirar, no nos sueltan rollos, viven ante nosotros como algunos personajes de Hemingway. Siguen como noctámbulas abrumadas en la noche. Toman su café delante de nosotros, sueltan su mirada vacía y sin retóricas, existen desnudamente. Son como filósofas desgarradas de la Inquietud de Heidegger, muestran el Estar Ahí desvelado del que hablaba el filósofo. No sueltan conceptos, sueltan el existir menos encubierto.

Muestran la ciudad, el hecho de viajar, el estupor de las cosas. Señalan la inquietud  esencial de todas las cosas que habitualmente no vemos. Resumen toda la soledad de Estados Unidos en todos sus rincones y sus carreteras, sus cafés y sus hoteles. Y de París y del mundo entero. Y de nuestro existir que veces se calla en mitad de la noche. A veces Edward Hopper me parece como Heidegger. Me parece que muestra el Estar Ahí desgarrado.

Antonio Costa Gómez nació en Barcelona en 1956, creció en Lugo. Es licenciado en filología hispánica  y en  historia del arte por la universidad de Santiago de Compostela. Fue profesor de literatura en enseñanza media. Ha viajado por más de 50 países. Ha publicado numerosos libros, entre ellos Las campanas (Delelunalibros), Mateo, el maestro de Compostela (Nowtilus), El misterio del cine (Quadrivium), Los camiones de Patagonia (Ediciones en Huida). Ha sido uno de los finalistas del Premio Nadal 1994 con Las campanas, Premio Herralde 2014 con El misterio del cine y Premio Azorín 2018 con El saber apasionado. Ha colaborado en muchos diarios y revistas:  “La Voz de Galicia”, “ABC”, “Cuadernos Hispanoamericanos” o  “Diario 16”.