Al Bert

JUSTICIA INFINITA

Lo único que parece hacer vibrar nuestra irremediable tendencia a lo justo tras la muerte de Dios parece ser seguir buscando pecadores, o culpables. Palabras de nuevo cuño como “lo denunciable” (no se ha inventado, en cambio, “lo juzgable”) demuestran que esta furia es incontenible. También la discusión jurídica sobre si es posible la “muerte natural”, porque incluso en lo natural hay que buscar responsabilidades. Todo este mundo se mueve por una molestia infinita, un picor permanente, sea en las reclamaciones de descendientes de víctimas de los nazis o del tabaco, sea en los pentimentos públicos de Papas o jefes de Estado por masacres cometidas siglos atrás.

Igualmente en las protestas contra los “equipamientos” sociales no deseados, es decir, prisiones, aeropuertos, líneas eléctricas, cualquier cosa que ensucie o haga ruido, diagnosticadas como “efecto NIMBY” (not in my back yard), donde la misma etiqueta de “efecto” ya connota su carácter de patología social: o “sociopatía”.

EXPLORADORES

Para hablar de los demás, cuando realmente lo son -cuando hablan lenguas extrañas, comen alimentos desconocidos, se mueven a deshora, pululan como alimañas incomprensibles-, incluso quien más penetra en el territorio ajeno tiene que hacerlo mirando hacia los propios, de espaldas a aquellos de los que se habla. Todo explorador avanza así, a la manera del ángel de Klee que fascinaba a Benjamin. Huye de los suyos mirando hacia ellos, se adentra en lo nuevo sin mirarlo a la cara. Si no lo hiciera así, su aventura no tendría relato, porque entonces debería perderse en lo que explora, y su nueva voz, en la lengua nueva, sería inaudible.

Corresponsales de guerra o de cualquier otro accidente reseñable en la televisión: hablan hacia la cámara y de espaldas al escenario que están explicando. ¿Cómo sería un enviado que hablara mirando lo que generalmente queda tras él? ¿No cambiaría su voz, no debería acomodarse a un cierto respeto hacia aquello que contempla? ¿Sería algo más que un observador que comenta con voz meditabunda un desastre?

ALEGORIZACIÓN DEL MUNDO

Las imágenes de los espacios televisivos de información tienen como propiedad fundamental el ser tan fácilmente alegorizables, que parecen concebidas especialmente para ser interpretadas de ese modo. Un policía maltratando a un detenido es al instante leído (tal vez habría que decir escrito) como “la policía maltrata a los detenidos”. De ahí se pasa a la ideología con rapidez: la injusticia reina en nuestro país, o en nuestro mundo, etc. Con vaga intuición de esto, muchas veces los mismos periodistas hablan de algunas imágenes como “metáforas” de una situación. Para ser más precisos, deberían decir “emblemas”. Pues la metáfora efectúa un desplazamiento imaginativo (no ideológico) de sentido. El emblema, en cambio, y de manera muy ajustada a la información televisiva, propone a la reflexión una imagen de la que se puede prever la lectura (un poco al modo de la interrogación retórica, tan utilizada por los discursos pedagógico y político, muy próximos en la constelación democrática: “¿no es verdad que…?”). Que la inscriptio del emblema televisivo se elabore en casa del telespectador no impide, por supuesto, su uso interesado, pues es sabido que no hay mejor demagogo que el que deja a sus oyentes llegar “por sí mismos” a la conclusión que pretende inculcarles (de nuevo la interrogación retórica).

Habría que estudiar la temporalidad (es decir, el efecto de la seriación) en estos emblemas, cuando una serie de imágenes se convierte, por su recurrencia, en capítulos de una demostración, y la viñeta alegórica acumula sentido en su alineación con otras precedentes y –lo que resulta del todo penoso- con otras esperables: el dictador cada vez más execrable, el triunfador una y otra vez simpático, el pueblo –siempre algún pueblo- oprimido, la alegría colectiva –la individual sólo parece posible en la ficción… ¿Se pasa entonces, directamente, al tópico, a la mitología?

EL BARTLEBISMO COTIDIANO

O la querencia del no atenuado. Se expresa en frases recientes como “pues va a ser que no”, “como que no”, “casi que no”.

DAR PIE

La expresión “ya que lo dices” tiene, de entrada, frente a otros sinónimos suyos, como “por cierto” o “a propósito”, esa concreción coloquial que hace más atractivas -incluso adictivas, hasta el idiotismo- ciertas muletillas. Del mismo modo su equivalente aproximado en inglés: “by the way”. Si allí es la mención a un hecho físico, el caminar, en nuestro modismo la directa apelación al interlocutor aporta la carne, el alma y el consiguiente magnetismo.

“Ya que lo dices” funciona como un conector, en sentido textual y metatextual, y es síntoma de una continuidad saludable. Se puede sentir como el signo mismo de la fluidez de la charla distendida: como la fluencia que por antonomasia debería definir un uso feliz del lenguaje.

Lo que más me llama la atención es el inicial “ya que”, raro uso de esta conjunción en lenguaje coloquial. De hecho, tampoco se usa aquí stricto sensu, como sustituible por un “porque”: el “ya” es más fuerte, más adverbio, que en la locución; sería algo así como “Puesto que ya lo has dicho”… Incluso este “ya” toma muchas veces valor de recriminación; “ya lo has tenido que decir…”, cuando aparece al principio de un “retorno de pelota” en una discusión.

Es justamente esta última circunstancia la que nos remite al placer subyacente, pese a todo, en cualquier uso de la expresión. En el fondo, se agradece a alguien que nos ponga a huevo una respuesta ágil o hiriente, que nos dé un buen pie para nuestra intervención (término de la escena, muy apropiado al contexto de la discusión más o menos ritual: la conyugal, familiar, etc.) Por muy desagradable o injusto que haya sido el comentario, ¡que al menos se nos deje responder con igual acritud! O sin ella, tanto da: que se nos deje continuar.