Elisenda Julibert

PROMISCUIDAD

Para seducir a una mujer, un hombre le manda una canción que, hace tan sólo unas semanas atrás, le ha mencionado para referirle el deseo que le inspira otra. Promiscuo, reza el diccionario, es un término que se aplica a lo que puede usarse de dos o más maneras, con el mismo valor o resultado: a lo que es ambiguo o indiferente al fin. En la promiscuidad no gozamos de una multiplicación de la experiencia sino, tan sólo, de una exaltación de nuestro yo: no somos capaces de inventar nuevas palabras para cada persona (ni siquiera de sentir cosas distintas): siempre nos repetimos, pero qué más da, lo importante es que se nos escuche varias veces.

MAESTROS Y DISCÍPULOS

Si el maestro hace bien su trabajo, llegará un día en que el discípulo deberá abandonar su condición. Para cada uno de ellos será un día muy triste, pues los dos se quedarán solos. Y sin embargo lo reconocerán al mismo tiempo, cuando la mirada del alumno perfectamente adiestrada reconozca en alguna actitud del maestro una debilidad hasta entonces inadvertida. No es que la debilidad sea inadmisible: es simplemente que el discípulo la considera debilidad porque así le ha enseñado a hacerlo su maestro, porque así la considera él mismo. Lo que le resulta insoportable al maestro es saber que el otro sabe que él sabe que es una debilidad.

LECCIONES DE AMOR (VIII)

El mundo es un lugar horrible, por eso quienes aman cultivan su amor como quien cuida un refugio: el otro (o mejor, lo que hacemos juntos, el amor) es el único lugar a salvo de la mezquindad del mundo… Y así, cuando no somos amados, nos sentimos a la intemperie, expuestos a todo el espanto del mundo y sin ningún lugar donde escapar de él. Esa es la razón por la cual en el infortunio amoroso cualquier pequeño episodio miserable común nos resulta tan conmovedor, y tan doloroso: ya no tenemos refugio, hemos sido expulsados de aquel lugar único a salvo de la miseria.

LECCIONES DE AMOR (VII)

En un conocido pasaje de los Pensamientos, Marco Aurelio apunta:

En cuanto a los placeres del amor, sólo son un contacto de cuerpos, una conmoción cualquiera que produce la excreción de una materia espermática.

Y se suele considerar que este pasaje es uno de los mejores ejemplos de la mirada estoica. Sin embargo, una se pregunta si no se trata, simplemente, de una franca descripción de la experiencia masculina del coito.

LECCIONES DE AMOR (V)

A veces, al leer, ocurre que el texto se nos revela de pronto como lo que es, una pura sucesión de palabras, un simple efecto, una urdimbre inventada: se interrumpe la llamada “suspensión de la incredulidad”. Imposible recobrarla: ningún esfuerzo nos permite volver a sumergirnos en la ficción sin sentirnos absurdos. La situación recuerda al despertar en medio de un sueño maravilloso: por más que intentemos dormir de nuevo para reanudarlo y prolongar el placer que nos daba, resulta imposible… Y asimismo sucede cuando descubrimos que la persona a la que queremos ha dejado de correspondernos: de pronto todos sus gestos parecen, lamentablemente, pantomimas. Y eso que, como en esos despertares desdichados, nos empeñamos en seguir soñando.

LECCIONES DE AMOR (IV)

Nada repugna más al enamorado que el matrimonio, la forma par excellence de la astucia, del cálculo. Si un hombre o una mujer nos pide matrimonio quiere decir que cuenta con terminar aburrido y que ni siquiera el amor que ahora siente por nosotros puede disipar la certeza de que terminará fatigándose: se casa para curarse del amor.

LECCIONES DE AMOR (III)

Calamidad del triángulo: el amado se enamora de otra persona y descubrimos el episodio por el sufrimiento que le ocasiona haber sido abandonado por su objeto.

De pronto los dos estamos en la misma situación: yo entiendo perfectamente su dolor porque es idéntico al mío (descubro entonces que he sido abandonada y sufro), y él es a su vez la única persona que puede entender mi sufrimiento pero, al mismo tiempo, el único con quien no puedo compartirlo. Encontrarnos en la misma situación, pero a propósito de objetos cruzados, hace que aquello que nos aproxima sea simultáneamente el signo de la distancia que nos separa: el recién llegado, el tercero, es la huella de la brecha que se ha abierto entre nosotros.

No se trata de falta de reciprocidad. Toda la literatura muestra que el amor es un fenómeno de una sola dirección. Si mi amor es la contrapartida del amor del otro tan sólo retribuyo, no doy… Sólo descubro que amo cuando el deseo, la necesidad que siento del amado, siguen intactos a pesar de no ser correspondidos. Siempre se ama quia absurdum. En este sentido, el triángulo es una ocasión, la hora de la verdad, puesto que en él me quedo más sola, más abandonada si cabe… a mi amor. Pero a diferencia de lo que ocurre con el amor no correspondido, donde uno ama y el otro simplemente se deja amar, o es indiferente a nuestro amor (dos lugares comunes), en el triángulo nuestro objeto está exactamente igual que nosotros y esa identidad es aquí fatal: mi amor por él exacerba su amor por ella,… y su amor por ella exacerba mi amor por él.

El sufrimiento se debe, paradójicamente, a que los dos amamos.

LECCIONES DE AMOR (II)

Tiene sesenta años y evoca el momento en que su madre abandonó la casa familiar para reunirse con el padre exiliado: su madre se despide de ella como cualquier otro día, le dice que vuelve enseguida, va a hacer unas compras tan sólo, así que no hay muestras especiales de afecto, aunque ella sabe que no volverá, que se está marchando, que la deja… Y mientras describe la escena estalla a llorar y entre sollozos gime en presente, porque el recuerdo ha traido intacto el dolor de aquel episodio tan antiguo, como si no hubieran transcurrido cincuenta años, como si nunca después del abandono hubiera ocurrido nada, como si todo el tiempo y la experiencia que separan aquel momento del presente no hubieran tenido lugar: ahora vuelve a tener diez años, está anclada en ese dolor por más que hoy sepa que fue tan sólo una separación pasajera.

He aquí en qué consiste la llamada “educación sentimental”, porque aprendemos a amar en la infancia, muy pronto. Pero a diferencia de lo que nos ocurre después, las heridas que nos hacen de niños las personas a las que amamos, son irreparables. ¿Por qué? Tal vez porque sólo en la infancia estamos totalmente indefensos y, en consecuencia, amamos verdaderamente. Después, como decía Cernuda, somos erizos.

LECCIONES DE AMOR (I)

Si hay algo cambiante y caprichoso en la vida de las personas son los sentimientos. Y aunque a menudo intentemos justificarlos, reduciéndolos a una explicación consistente para exorcizarlos o redimirlos cuando nos resultan muy dolorosos, la verdad es que para el enamorado no existe ninguna razón de su amor: simplemente ama. Uno reconoce que esto es así porque cuando está enamorado no tiene alternativa: sólo le cabe cultivar su amor, y todo lo que hace, incluso a su pesar, lo sumerge irremisiblemente en él. En el infortunio amoroso, por ejemplo, el enamorado no consigue abandonar el objeto de su sufrimiento porque siente que hacerlo es traicionarlo (con independencia de si éste le ha traicionado antes). Y puesto que para el enamorado no hay nada más triste que traicionar el amor que siente por el otro, defraudarlo, cualquier cosa es admisible con tal de no oírse decir “Ya no te amo” . Sólo el enamorado puede saber el dolor que encierra esta frasecilla, y sólo él sabe que es mayor aún que el que le produce oir que ya no es amado. No hay distancia posible, no hay afuera del amor: el máximo ejercicio de distancia que cabe es la descripción, jamás la explicación.

Por eso los Fragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes son tan elocuentes, pues no habla otro que el enamorado y en consecuencia no explica ni justifica su amor: tan sólo lo describe en toda la riqueza de sus matices, de sus múltiples vaivenes que, a pesar de la variedad, repiten incansablemente una sola cosa: te amo. Sólo los enamorados gozan con la lectura de ese libro. Para quien no ama es redundante, empalagoso, absurdo, banal, insignificante. Para quien ama, en cambio, esa insignificancia es precisamente la evidencia de que lo que le ocurre es simplemente real, aunque sea insondable… o porque lo es.

DOS MUJERES PIADOSAS

En un panfleto dedicado a la defensa de las mujeres y titulado Lana Caprina, Giacomo Casanova da noticia al pasar de la existencia de nihilistas avant la lettre.

Conocí a dos mujeres piadosas que, tras leer ese librito [un opúsculo donde se pretende probar, basándose en cincuenta pasajes de la Biblia, que las mujeres no pertenecen a la misma especie que el hombre] quedaron persuadidas de que no gozaban de un alma inmortal como los hombres; pero ese considerable error produjo en cada una de estas mujeres efectos opuestos. Una de ellas, consciente de no estar destinada tras esta vida a una existencia eterna, en la que le serían infligidos castigos o asignadas recompensas, quedó aterrorizada, sombría, agobiada, por así decirlo, y humillada por su propia debilidad; pero la otra se volvió alegre, su corazón rebosaba júbilo pues pensaba que ya no debía imponerse ningún freno, ni había nada que temer, ni ningún motivo para moderar aquellas pasiones que antes la condenaban a la maldición.

Pero lo más curioso de este pasaje no es que anticipe algo que hoy reconocemos perfectamente, el nihilismo, sino que a su autor no le llamase la atención que una de las dos nihilistas ganara la felicidad al saber que era mortal. Según cuenta la leyenda el popular seductor italiano tenía un gran sentido del tacto, en especial para tratar con las mujeres de la corte, y el texto del que procede la cita así lo confirma. Pero a la luz de este pasaje –y considerando que además Casanova apenas vio que el mundo en el que se desvivía por medrar se estaba desmoronando– también parece bastante evidente que el sentido del olfato no era lo suyo: fue incapaz de oler los cambios que se avecinaban.