Francis García Collado

PARADOJAS DE LA BELLEZA

Para Francis Hutcheson hay dos tipos de belleza en las formas corpóreas: la original o absoluta y la comparativa o relativa. Esta última apenas plantea dificultad, porque la mente la percibe al observar y comparar aquellos objetos que son copia de otros. Sobre la primera escribe:

por belleza absoluta u original no se entiende una cualidad que se supone que existe en el objeto de tal modo que este sea bello de suyo sin relación a una mente que lo perciba. (Una investigación sobre el origen de nuestra idea de belleza (I. 17§)).

Para el autor existen dos tipos de sentidos, los consabidos externos (vista, oído, gusto, tacto, olfato) y el interno. Si los nombres de los cinco sentidos corresponden a las capacidades de captar las diferentes realidades producidas en el mundo tales como el sonido, o los objetos, nos asalta una duda. Según la afirmación de Hutcheson no hay belleza sin una mente que la percibe, pero también señala que esta no es una cualidad de ningún objeto. Si el sentido interno es el encargado de percibir la belleza, ¿dónde está la belleza?

La opinión general acostumbra a derivar la respuesta hacia, la educación y la costumbre, pero es el mismo autor el que en un intento de menoscabar a Locke descarta esa posibilidad, asegurando que la educación y la costumbre modelan el gusto, pero no lo bello.

Hutcheson insiste en que un sujeto, gracias a sus sentidos externos, puede percibir de modo alterado un sonido a causa de una deficiencia orgánica o ambiental. De esa afirmación deducimos que si bien no podemos, dada la falibilidad de los sentidos, asegurar cual es el sonido exacto producido por ejemplo por una moneda al caer, lo que parece sensato es afirmar la existencia del sonido y que tenemos un sentido que lo capta mejor o peor; mientras que si la belleza no está en los objetos, hablar de un sentido interno que la capta parece un razonamiento huero.

Así, no nos queda más que citar la última frase del diálogo de Platón Hipias Mayor:

Lo bello es difícil.

ACEPTAR DISCULPAS

El psicópata jamás pide disculpas, salvo que piense que así puede librarse de una pena, cosa que en la mayoría de los casos, sumada a la megalomanía propia de esa patología o perfil social, pocas veces sucede. Ante una falta o el incumplimiento de un compromiso, pedir excusas significa huir de la postura del psicópata, ya que mediante ese acto, se produce un hecho muy importante: el reconocimiento del otro.

En sociedad, las disculpas sinceras son tan necesarias como las falsas, dado que pueden evitar un conflicto. Sin embargo, en un grupo pequeño, las excusas son recibidas como un acto de concomitancia y respeto, incluso como una muestra de aprecio mediante la cual alguien nos dice que no ha podido evitar tal situación, pero que le importa el grupo y la labor que realiza. Con ello, además, recuerda que el compromiso llevado a cabo por los que han hecho su cometido les hace merecedores, no solo de las disculpas, sino de la posibilidad de aceptarlas, en lo que se convierte en un sana retroalimentación grupal; reconociendo mi falta reconozco al otro, al grupo y la tarea llevada a cabo por este.

En ese tipo de excusas hay presente un componente muy humano, una especie de promesa encubierta según la cual alguien, al ofrecerlas, de modo implícito, nos dice que se arrepiente, que por empatía o simpatía tiene la voluntad de que la situación no se repita de nuevo. Cuando quien recibe las excusas lo hace esgrimiendo ese latiguillo lingüístico consistente en decir: no hace falta que lo hagas; en realidad no hace más que invalidar las reglas del juego, las cuales, como señala Wittgenstein son el juego mismo.

Para aceptar excusas todo el mundo es válido, incluso un asesino puede aceptarlas de otro al ser casos individuales, sucesos aislados. Sin embargo, no es así a la hora de perdonar. En ese caso se necesita ser poseedor de credibilidad moral, y por tanto el cómplice no puede perdonar al culpable más que de dos maneras: ora queriendo decir que no sucede nada para beneficiarse de la igualdad a la hora de actuar en un futuro, ora para saldar con ello una deuda del pasado.

Aceptar las excusas, forma parte del juego, alimenta la promesa de que no volverá a suceder y señala la importancia que el grupo tiene tanto para el que las ofrece como para el que las acepta. Por tanto, pese a que parece no estar en boga, me parece positivo aceptar las excusas y así asumir la responsabilidad de acatar las reglas del juego, insinuando de manera implícita, que lo sucedido no me da pie a tener un as bajo la manga para poder cometer la misma falta, sino que con mi aceptación le comunico al otro mi voluntad de seguir cumpliendo con mi tarea en el juego. Desde este punto de vista, pedir disculpas es respetar al otro y al grupo, pero también a uno mismo en el grupo, y por tanto a la labor que lo sustenta.

LUZ (III)

Un proverbio chino citado por Roland Barthes en sus Fragmentos de un discurso amoroso señala que “el lugar más sombrío está siempre bajo la lámpara”.

Pienso en la sentencia del pantocrator de la iglesia románica de Sant Climent de Taüll: Ego sum lux mundi. Si Dios es la luz del mundo: ¿no podemos conocerlo? O bien, ¿es Él quién no puede conocerse a sí mismo?

Parece que se hace objeto en cada uno de los hombres que lo piensan; así pues, una posible respuesta a la pregunta por el hombre podría ser: El ser humano, es el psicoanalista de Dios.

LUZ (II)

Que vemos gracias a que hay una luz que ilumina los objetos, es algo que parece una perogrullada. Sin embargo, la cuestión cambia si planteamos la posibilidad de que sea cierta la cuestión según la cual, a mayor intensidad de luz sobre los objetos, mejor podrán ser estos observados. Recordemos la sentencia de François La Rochefoucauld:

Le soleil et la mort ne se peuvent regarder fixement (Maximes).

Si mirásemos directamente al sol, no se acomodaría nuestra visión, sino que nos quedaríamos ciegos, se quemarían nuestras pupilas. Por ello, el preso de la alegoría de la caverna de Platón, al salir a la luz, debe esperar a que se acomode su vista tras haber habitado entre sombras en la penumbra; pero de ningún modo para mirar a la luz misma, sino a los objetos que ésta ilumina.

Únicamente podemos observar aquello cuya presencia se percibe gracias a la luz, pero nunca la misma luz. Si la luz es un símil de la verdad, ya Platón señala la imposibilidad de conocer la verdad de otro modo que no sea como una propiedad de lo ente, si pretendemos conocer con los ojos en lugar de hacer uso del entendimiento.

Y, ¿cúal es la cantidad correcta de luz que nos permite conocer el fenómeno?

No parece descabellado extraer de la alegoría de Platón que cuanto más luz haya sobre la cosa mayor conocimiento obtendremos de la misma. Sin embargo…

Imaginen o pongan en práctica este experimento: hagan uso de un cañón de luz y apunten sobre una pared marrón; verán como la luz, lejos de iluminar lo que hay allí lo elimina, lo transforma, lo engulle, realizando un paradójico fundido a blanco que acabará con el supuesto color de la superficie.

Vemos gracias a las sombras que producen los objetos; estamos a merced de la sustracción de luz que estos realizan con su presencia.

DOUZ

La ciudad de Douz es conocida por su mercado de especias. Un espacio donde la variedad cromática de los diferentes puestos de venta, únicamente resulta superada por el batiburrillo de aromas suspendidos en el aire que la rodean. Es allí donde los turistas adquieren una muestra compuesta generalmente por clavo, harissa, pimienta negra, canela, curry y romero; una selección de colores y olores que rara vez terminará por condimentar un plato.

Si uno escoge un lugar apartado en un soportal, cierra los ojos y engulle una bocanada de aire, sentirá como si al masticar la arena procedente del desierto, que sin duda inhalará, ésta dejará de lado el sabor a canela, para agarrarse en la garganta con un desagradable olor: el de la carne en incipiente estado de putrefacción procedente de los trozos de cordero ensartado en los ganchos que tienen algunos tendales, y en los que el zumbido de moscas y avispas tocan réquiems desafinados.

Miren, le debía algo a Douz, desde hacía algunos años contraje una deuda con Túnez y ahora que las noticias me muestran cómo los carros cargados de canela y pimienta han sido volcados en la plaza, ahora que la arena no sólo huele a especias sino que también sabe a ellas, ahora es el momento de recordar una noche de verano.

Salí de Douz y me dirigí a un campamento ubicado en el Sahara tunecino, allí me esperaba una colección de jaimas adornadas por centenares de cucarachas blancas aladas que parecían darme una hostil bienvenida. El puesto de comida echando el cierre y el insoportable calor del desierto en pleno mes de julio me hicieron esbozar una sonrisa; levantar levemente la comisura de mis labios al recordar la ropa de abrigo que me habían recomendado llevar. Mientras, el dorso de mi mano izquierda iba y venía de manera automática a mi frente. Así, intentaba detener el paso al sudor que brotaba constante, resbalando hasta mis ojos, rojos, irritados. El paso de esos goterones que se mezclaban con la sal de alguna lágrima y el quemazón del roce de la fina arena, poco a poco iba recalando en esa divina trinidad compuesta por oídos, nariz y boca.

Descarté la opción de descansar en la jaima, iluminada, por una tenue luz que mostraba las olas de polvo arenisco dibujadas por la brisa nocturna asirocada en las sábanas de blanco inmaculado; entretanto, la tela que cumplía la precaria función de techo, danzaba mecida por el viento, inflándose y desinflándose como unos pulmones enfermos y cansados. Por ese techado provisional se colaba una aleatoria lluvia de finos regueros de arena, como si del cielo cayeran las cenizas de oro de algún fénix.

En ese momento, me dirigí junto al vallado que delimitaba el campamento, y tumbado en una hamaca, compartí mi presencia con lagartos que sabían que al hombre le sigue siempre la luz y a la luz los insectos y otras criaturas de las que se alimentan. Presencié el proceso invertido del fiat lux primigenio en el momento en que de manera programada, las luces se apagaron dejándome en la mayor oscuridad que había presenciado jamás. Esa noche la pasé a la intemperie, bajo el cielo estrellado más bello que he visto en mi vida. Sentí como si la mirada no tuviera obstáculo alguno y la luz que recibían mis ojos, como si del negro sol saturniano se tratara, siguiera avanzando y avanzando por el espacio hasta detenerse en un descanso flotante y fluctuante; mi visión devino paso de astronauta, liviana pesantez.

Una vez que mis pupilas se adaptaron a la luz, mi cerebro tardó algo más, mantuve una conversación inolvidable con Marwuan, guía de la expedición, charla que giró entorno a…

¿Han visto las noticias sobre Túnez? Creo que el mercado de las especies huele a sangre, a muerte, a pólvora, a coraje a ira y ¿cómo no? a miedo.

No quiero volver a ver ese cielo tocado por los dedos de luz que cuelgan de las palmeras (así llaman en esa tierra a los dátiles). Apenas me atrevo a caminar estante arriba, estante abajo, por los libros de mi biblioteca, para mí, en ocasiones, incluso el cemento se transforma en lama, en desierto o en arenas movedizas.

DAR EXAMEN (II)

Hace unos días un conocido se aferraba a la idea según la cual su asistencia a un curso de acceso universitario para mayores de 25 años tenía como objetivo ponerse a prueba mediante la realización del examen oficial. En su actitud parece pasarse por alto que el examen lo pone el sistema educativo al servicio de la norma reguladora y que, por tanto, no responde a un antojo individual, razón por la que tal vez sea preferible no dejarse llevar por la falsa o inocente creencia según la cual el examen lo pone uno mismo.

Si eso fuera así entonces ¿porqué copiar? ¿porqué realizar la prueba mirando los apuntes de soslayo?

Miren, no es esta una cuestión moral, me parece perfecto que los alumnos copien, precisamente porque se encuentran obligados a realizar esos exámenes, en su mayoría, infumables; el problema radica en confundir el ponerse a prueba con el pasar la prueba: ¿se imaginan a un monje que únicamente se entregue a la realización de ejercicios ascéticos cuando se siente vigilado?

La diferencia entre ponerse a prueba y un examen podría ser la siguiente: mientras que la primera goza de la voluntad de un individuo que desea ejercitarse para conocer sus límites, la segunda, responde a la tarea encomendada por la voluntad general a la que el examen representa; cuestión que consiste en discriminar y dictar la aptitud o no en base a una norma. En definitiva, que el examen es un regulador.

Si apruebas, eres apto y por ende, puedes acceder a la universidad, de lo contrario te quedas fuera; ese es el resultado que se obtiene del examen en cuestión.
No es de extrañar que el objetivo de dicha prueba de aptitud sea un cedazo a través del cual permitir adscribir un sujeto a la normalidad, sobre todo no lo es, si atendemos a la siguiente curiosidad:

se denomina examen a la aguja que, en el centro, indica el peso de la balanza y equilibra los platillos. (San Isidoro de Sevilla. Etimologías. Madrid: B.A.C. 2004 (p, 1145).

Si dejamos de lado al santo y dirigimos nuestros pasos al libro Vigilar y castigar, en él encontramos que casualmente, el autor escribe sobre el examen en un capítulo titulado “Los medios del buen encauzamiento”. También en dicha obra se atribuye como objetivo del nacimiento del examen, el erigirse como una más entre otras técnicas al servicio de la jerarquía que vigila y a las de la sanción que normaliza.

Y, no, no creo que haya que demonizar a los exámenes, en ese punto también estoy de acuerdo con el autor:

Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad. Michel Foucault. Vigilar y castigar. México: Siglo XXI editores, 2001 p, 198).

Que nadie se confunda, los exámenes son necesarios, gozan de una clara intencionalidad: marcar la norma; lo que Foucault califica como producir realidad.

En todo caso podría aceptar que uno se pusiera a prueba mediante una prueba calcada de la original pero cuya nota no tuviera valor oficial, dado que entonces, sí queda claro que uno se plantea un reto a sí mismo, se ejercita, practica…
Lo más curioso es que la explicación que esgrimía mi conocido provenía de la desmotivación que sentía al realizar los exámenes sin repercusión oficial (pese a ser calcos de éste), cosa que pretendía utilizar, supongo, para justificar su suspenso.

En algunos casos confundimos la ascesis con la penitencia; si no que vengan y se lo expliquen a un amigo que lleva un tiempo más que prudente conduciendo moto y ahora por motivos varios está obligado a presentarse una y otra vez a… ¿cómo llamarlo? ¿a su ascesis?

No, no, llamémoslo por su nombre: a examen, es decir, a pasar por el aro, menuda penitencia…

DE DIOSES Y RATAS

¿Han visto como actúan las ratas? Se acercan a los lugares desangelados, maltrechos, atraídas no por la pobreza sino por la podredumbre, por las montañas de escombros, por los efluvios de la descomposición de los alimentos hacinados en bolsas de basura. Para estos animales, el hedor característico de los restos de comida podrida y agusanada es el indicativo de la cercanía de la civilización, y entre los restos de la pantagruélica cornucopia de lo habitado por el hombre, intentan dar con algún manjar exquisito olvidado por éste. Así, las ratas, al oler los desechos, hunden sus hocicos para dar con esos más o menos suculentos alimentos esparcidos por el territorio humano.

Los dioses, a diferencia de las ratas, prefieren deleitarse con los vapores que ascienden procedentes de las piras de sacrificio levantadas por sus fieles, así como por las ofrendas de cirios e incienso que colman de un extraño olor dulzón las iglesias. Desde la burla prometeica tolerada por Zeus, a partir del instante en que este escogió, a sabiendas, el monto ideal para llevar a cabo un castigo ejemplar contra el hombre, los manjares expuestos en los altares se descomponen para liberar sus esencias y elevarlas hasta las narices de los olímpicos. En ese instante, los dioses sempiternos, se yerguen delicadamente hasta adquirir la pose digna de su estirpe: toman aire y de manera pausada pero con fervor, inflan el pecho, ensanchan su envergadura de hombros y, con una ligera inclinación del rostro, dejan la barbilla casi alineada con uno de los hombros hasta que ésta queda elevada unos centímetros por encima de éste.

Cuando esto sucede, se produce el mismo estado de excitación que sienten las ratas ante la presencia de montañas de basura, dado que tanto los dioses como las ratas detectan la presencia del hombre y eso indica la proximidad del alimento. Mientras los roedores excavan hundiendo sus diminutos cuerpos para dar con los restos más sabrosos olvidados por el hombre, los dioses ventean como un perdiguero y se alegran al saber que el hombre sigue ahí, que sigue venerándolo pese a no ofrecerle las mejores viandas.

De modo que cuando el hedor nos hace bajar la cabeza buscamos aquello digno de ser aprovechado, mientras que cuando esos mismos efluvios nos hacen elevar la cabeza, entonces, únicamente podemos respirar lo que aquellos seres que consideramos inferiores han decidido ofrendarnos.

¿Quién es el animal?, ¿Quién es la deidad?

Ambos sienten cerca la presencia del hombre, para uno el peligro consiste en ser descubierto y aplastado, para el otro, en que alguien se percate de la vulnerabilidad de los dioses y deje de servirle ofrendas.

Si el hombre se va, las ratas le seguirán hasta dar de nuevo con su basura,

¿Sabrán los dioses agachar la cabeza como las ratas y al ser abandonados por el hombre intentarán dar de nuevo con sus restos?

¡Ay!, dignidad, qué cruel es con aquellos que la buscan, pero cuánto más con aquellos que dicen poseerla.

UN GESTO

Fijémonos en como decimos adiós: estiramos el brazo dejándolo ligeramente flexionado, lo que denota cierta contención que disimula nuestras emociones. Movemos la mano a uno y otro lado de manera un tanto apocada, en lo que parece un gesto sin sentido. Sin embargo, esa acción corresponde a los restos, a la ya depurada gesticulación de un conato tan natural como es el de intentar agarrar algo. Asimismo podemos observarlo en la reacción de un niño ante la presencia de un objeto que desea poseer.

Es decir, que cuando un niño quiere algo que no está a su alcance, estira el brazo mientras abre y cierra de manera compulsiva la mano, en lo que es un claro intento de prensión, de intentar agarrar el objeto de su deseo. El observador comprobará como, con el brazo extendido, estiran sus diminutas manos repitiendo desacompasadamente el gesto que consiste en juntar y separar los dedos tras tocar la palma de la mano.

La cuestión es: ¿por qué se parecen tanto ambos ademanes?

La respuesta probablemente está relacionada con la temprana educación (guía) que damos a los pequeños que al encontrarse ante algo frente a lo que practican dicho aspaviento como intento de apropiación, sus más allegados les repiten aquello de:

–Dile adiós, dile adiós,- (mientras realizamos un gesto híbrido entre el del adulto y el del niño).

Quizá deberíamos dejar de preguntarnos en qué momento el hombre aprende a dar por perdidos o a abandonar sus sueños, quizá ese momento está ya en nuestra más tierna infancia.

INSONDABLE

Cuando años atrás oteé desde el puente de Santa Cristina el horizonte de San Sebastián, los efluvios pestilentes que emanaban del río Urumea me conminaron a bajar la mirada. A dejar de lado mi pose sobria, un tanto altanera, fruto del desdén que me acompañó durante buena parte de mi vida. Una vez allí, para intentar parecer impertérrito ante el resto de transeúntes que pasaban a mis espaldas indiferentes, me dispuse a lanzar al agua dos terrones de azúcar envueltos en un papel ajado, procedentes del café que acababa de tomar y que todavía conservaba en mi mano un tanto sudorosa.

De manera aparentemente automática, pero con todo un dispositivo bien estudiado, con mucha parafernalia me centré y concentré en aparentar la tranquilidad y autonomía que no disfrutaba en ese instante. Rasgué lentamente el papel que cubría el azucarillo mientras miraba de soslayo a ambos lados, y a la ausencia de curiosidad de los viandantes, se sumaron los pestilentes aromas que seguían golpeando mis fosas nasales. De modo que acabé por lanzar sendos terrones con toda la violencia contenida que alguien puede expresar contra tan diminutas víctimas. En ese momento, ora como manchas negras ora como relumbres de plata, los peces se desplazaban raudos por esas aguas, en cuyo fondo se intuían los restos de algún paraguas hecho jirones y alguna silla blanca repleta de desconchones y marcados lunares de óxido. Desconozco la razón, pero siempre hay alguna silla descascarillada en las orillas de los ríos de tránsito urbano.

De ese instante, únicamente conservo una idea confusa, según la cual, el Urumea se muestra infinito, inmenso, cosa que hoy, a mi regreso a la ciudad, se ha puesto de manifiesto como una fantasía guiada por la pestilente presencia de los vapores procedentes del río, que hicieron que antaño, prestara menos atención de la que me habría gustado para captar la extensión de su aguas.

Esta mañana de viernes, hastiado, detenido sobre el puente, ha sucedido la situación inversa. A la incapacidad de levantar la mirada y permanecer hierático, se ha sumado mi profusa búsqueda de las manchas sombreadas que forman los grupos de peces que se han ido sumando a mi particular magdalena de Proust, la cual había sido elaborada a base de detritos, moho y un terrible hedor a humedad que he imaginado abriéndose paso a borbotones por mi cerebro. En ese instante he levantado la mirada, y sí, en esta ocasión he podido otear el horizonte, admirar la fragilidad del hombre que a ciencia cierta ya no seré, cosa que supongo debo atribuir a la traducción de Agustín García Calvo de la sentencia de Heráclito que dice:

En unos mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos. (Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12).

De nuevo el agua, y que esta se escriba ur en euskera evoca ese otro ur, en este caso germano, que remite al origen, al principio, a lo primitivo.

Me digo que en realidad, agua y origen son inseparables. Pero ¿cual es el origo fontium? Es decir, ¿cual es el origen de la fuente de la que mana dicho supuesto par inseparable?

Ahora entiendo que hacen todas esas sillas y paraguas en el fondo de los ríos, todo hombre que se precie, ante el hedor de de ese (y esa) Ur (vanitas) que transita a lo largo de las ciudades únicamente puede o bien sentarse a contemplar el espectáculo o intentar resguardarse bajo un paraguas para protegerse de posibles salpicaduras provenientes del agujero al que toda fuente debe su existencia.

En un burdo ademán contra-plotiniano me digo que el origen de la existencia de una fuente no tiene nada que ver con ella misma, dado que toda fuente brota de una obertura por mínima que sea.

Para que exista una fuente previamente debe existir un agujero.

Así lo expresó pictóricamente Gustave Courbet en su L’origine du monde.

La existencia es, pues, un agujero;

insondable.

ALABANZA, ARROGANCIA Y CULPA

Con veintiún años escribió Heidegger:

Me aparté de la fuerza de la cercanía de Dios, esa fuerza
que crea a los héroes, (…)
(Pensamientos poéticos. Barcelona: Herder, 2010, p 31).

El citado fragmento de ese “pensamiento poético” me ha conducido a lo más épico de las batallas de la Iliada: A la lucha encarnizada ante las puertas de Troya, lugar en el que Patroclo mató a Sarpedón y donde tras dar muerte a ese hijo de Zeus, resultó herido por el joven dárdano Euforbo para finalmente acabar muriendo, tras recibir en su ijada el bronce de la pica afilada de la lanza de Héctor.

Los cantos de Homero son una gran fábrica de héroes que nos explican que para que éste nazca, primero ha de morir el hombre. La importancia que los rituales funerarios tenían para los griegos nos señala que únicamente después del entierro puede el héroe ver la luz. Ahí radica por ejemplo la importancia, no ya sólo de recuperar el cadáver de Héctor, sino el papel protector de Apolo, con cuya intervención el cuerpo no sufrirá ni un rasguño; pese a que un vengativo Aquiles lo ató de los tobillos a un carro tirado por los más veloces corceles para intentar destrozarlo. El héroe era un escogido del dios, no para convertirse en un superviviente sino para ser enterrado y poder así alcanzar la inmortalidad que la tumba y la lápida reportaban al escogido; al resto de guerreros les esperaba el olvido en el campo de batalla o ser devorados por los animales salvajes…

En el mundo clásico encontrarse al amparo de la fuerza de un dios es lo que terminaba haciendo de un hombre un héroe, la cercanía a la fuerza del dios insuflaba el vigor para el combate, pero también la temeridad necesaria para no retirarse de la contienda. Para devenir héroe era necesaria la muerte, dado que sólo esta aporta la garantía de la merecida inmortalidad de la que tras su hazaña gozará el héroe.

Sin embargo, en la actualidad es frecuente encontrar personas que aseguran que han conseguido tal logro porque Dios les ha ayudado y no son pocos los que consideran que ese u otro hombrecillo es un héroe, olvidando que los héroes no son los que sobreviven sino los que, una vez muertos, paradójicamente alcanzan la inmortalidad.

En tiempos pretéritos pensar que tal o cual dios estaba de parte de alguien no parecía tan arrogante como puede resultar la respuesta del cristiano, el cual únicamente cuenta con un dios. Es por eso que me pregunto si es peor la arrogancia de pensar que Dios está de nuestro lado o esa otra cuestión que La Rochefoucauld definió tan bien:

Le refus des louanges est un désir d’être loué deux fois.
(Maximes. Paris: Le Livre de Poche, 2007, p, 102).

(El rechazo de las alabanzas es un deseo de ser alabado dos veces).

En definitiva que hay quienes utilizan a dios no para realizar heroicidades sino para conseguir ser alabados de manera repetida, es por eso que al superviviente de una masacre no le queda más que convivir en secreto con la culpa, como les sucedió a tantos confinados en los campos de exterminio nazis, que lejos de considerarse héroes, prefirieron recordar que para estar entre los vivos tuvieron que comportarse como hombres y que por ello no sólo no se sienten orgullosos sino culpables por algunas de las decisiones y acciones que tuvieron que tomar. Ahí están por ejemplo las obras de Jean Améry, cuya única heroicidad (que no es poca) reside en mostrar que si la condición sine qua non para que un hombre se transforme en héroe está ligada a la cercanía de la fuerza de Dios, en los momentos en los que los hombres son abandonados por Éste al hombre no le queda más que comportarse como un animal humano.