Gonzalo Torné De La Guardia

IRONÍA Y TURBANTES

Uno de los numerosos aspectos donde los europeos están en inferioridad de condiciones con los islamistas –escenificado una vez más en el asunto de las caricaturas– es una consecuencia de nuestro agnosticismo funcional que consiste en no terminar de comprender que la fe de los musulmanes, sea o no mucho menos verdadera de lo que ellos creen, es, sin duda, mucho más de verdad de lo que somos capaces de aceptar. Pese a los ataques suicidas, las fatwas, las teocracias y las recurrentes amenazas contra las deportistas, el occidental se obstina en esperar ese momento revelador en el que observará, por fin, en el creyente musulmán un reflejo de su propia manera de ser. Ya no algo de su ironía o de su cinismo, pero sí por lo menos una sonrisa debajo del turbante que reblandezca la máscara de la solemnidad ortodoxa y el fastidioso deber de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias.

Creer y sentir con tanta intensidad en algo (incluso si se trata de ser ‘ateo’ o ‘demócrata’) nos incomoda, y la observación coherente y constante de los propios principios como la que nos viene del Islam se convierte, entre nosotros, en un escollo considerable. El fanático religioso (¿el creyente?) viene a ser para un europeo que se declara civilizado como esas coquetas disquisiciones sobre las dimensiones del universo que podemos combinar verbalmente y calcular pero ante las que la imaginación se retrae. Algo que exige por comodidad, higiene y gusto ser encapsulado y escondido. Limitado. Y como es bien sabido, delante de la necesidad de imponer un límite moral hay siempre un tabú, aunque éste crezca en el terreno más inesperado.

no te engañes en tu interior sabes que también será bueno para ti

Qué enternecedor el último (hasta el momento) anuncio del ministerio de Sanidad. Ya no se trata de precavernos sobre los peligros del tabaco ni siquiera de persuadir a la población para que abandone los cigarrillos en aras de preservar la salud de los fumadores pasivos, lentamente envenenados por el venenoso humo, sino de una entrañable defensa de la estrambótica ley conocida popularmente como ‘anti-tabaco’. El anuncio nos muestra un rostro femenino (hay versión masculina en la recámara) con la cabeza gacha: como esos niños que vienen a disculparse con el gesto sin que les vengan las palabras a la cabeza o con el orgullo bloqueándolas, esperando que sea el adulto el que interprete el sentido arrepentimiento, y lo calme; y su lema viene a decirnos: ‘Sabes qué es por tu bien’. Una deliciosa apelación a la voz de la conciencia que suele emplearse, o bien, cuando el que la emite (el adulto, el padre, el cura o el gobierno paternalista) se queda sin argumentos, o bien, cuando se toma al receptor como a un imbécil o a un bebé emocional. No podemos descartar, ante la innegable eficacia con la que campañas de este tipo incitan a los no fumadores a pasarnos al lado oscuro, que detrás de este anuncio de sanidad se oculte un topo. O Tabacalera.

METABLOGIANA

El sentido está en la expresión’, decía Wittgenstein. El blog permite una máscara casi perfecta. No sólo no se nos ve, sino que no debemos cargar ni con un nombre, ni con un tono de voz ni con un gesto. Ni siquiera es posible analizar la grafía como en los anónimos, Aún así los blogianos, incómodos ante la irresponsable libertad que se abre ante ellos recuren a una ingeniosa cantidad de signos paliativos de la expresión. Paréntesis, mayúsculas, interrogantes, exclamaciones y los imposibles iconos ‘emocionales’, expresan menos de lo que los diseñadores creen y dicen más sobre el sentimentalismo lírico de los blogianos de lo que ellos sospechan.

II. Una de las taxonomías posibles entre los ‘blogianos’ distingue entre ‘sistemáticos’ y ‘aforísticos’. Al individuo que, con gran esfuerzo, trata de reunir en un texto coherente las intervenciones que precedieron a la suya, le sigue casi de inmediato el francotirador que con un acerado (y frecuentemente incomprensible) aforismo abre una línea de fuga que desbarata un sistema que se revela demasiado ambicioso y apresurado. Quedan así resumidas las tendencias antagónicas de casi tres siglos de pensamiento.

III. El blog (conversación sin asistentes) altera sustantivamente las relaciones entre lo pertinente y lo impertinente en una discusión. Al no tener al interlocutor delante, al no vernos apremiados por su mirada inquisitiva, el gesto hastiado o impaciente, y el intimidatorio bostezo, el blogiano no sólo se despreocupa de reparar de si lo que añade al blog remite al tema de discusión, sino que no dispone de un solo indicio de cuándo su impetuosa verborragia le conduce al descalabro.

IV. La categoría central del blog, tanto en quienes proponen el tema como en aquellos que se animan a comentarlo parece ser: ‘Esta es la mía’. Libres del peso de la academia, de la opinión asalariada y de la solemnidad de la palabra impresa (sólo los blogianos se toman en serio los unos y los otros, las personas serias escriben con pluma de ganso) los blogianos dan rienda suelta a los pensamientos que no pasarían por cedazo de la conveniencia. Una oportunidad única: como se sabe, cierto brillo intelectual (emparentado con la desvergüenza) se alcanza tan sólo junto al estatus de rentista lenguaraz del que disfrutaron Schopenhauer o Nietzsche. Ante tal oportunidad el blog nos ilustra sobre la extraordinaria desproporción entre la inteligencia bien dirigida y la banalidad elevada al rango de neura personal.