Jaume Urgell

ATRACCIÓN Y REPULSIÓN EN VENECIA

Las fuerzas básicas presentes en al naturaleza (que explican al resto, como ocurre con los Mandamientos), llegado el caso se anulan entre sí, como sucede en los núcleos atómicos, donde la atracción gravitatoria entre los protones queda ampliamente compensada por la repulsión electromagnética entre ellos, la cual a su vez es equilibrada por la fuerza nuclear fuerte ejercida por los gluones, que mantiene unidos a los protones y posibilita la existencia de núcleos. Gracias a lo cual existe la materia. Algo similar nos sucede a los humanos, o al menos así me lo pareció en mi última visita a Venecia. Sin duda, uno de los rasgos más llamativos de la ciudad hoy en día lo constituyen los torrentes de turistas que recorremos sus calli y sus plazas y que abarrotamos los palacios, las iglesias, los museos, las góndolas o el vaporetto. Desconozco si Spencer Tunick ha hecho de Venecia uno de los escenarios de sus insignes fotografías de desnudos masivos, pero en este caso debería fotografiar a turistas y no a autóctonos. Igualmente, Christo no podría obviar este componente y quizá se le ocurriría, ¿por qué no?, empaquetarnos a todos en la Plaza de San Marcos.

Sea como fuere, la presencia de multitudes practicando el turismo cultural ejerce sobre uno diferentes tipos de fuerzas de signo opuesto. Es obvio que los humanos apreciamos el contacto con nuestros congéneres. Pero en Venecia al cabo de poco nos entra el agobio. ¡Tanta gente! Incluso en los balcones de San Marcos, que están a tan poca altura: ¿cómo se les ocurre a las autoridades competentes tal intromisión en la fachada de una de las más bellas iglesias jamás construidas? Y huimos, como protones repelidos.

Ruskin sostiene que el gótico veneciano es tan perfecto que brillaría aun lejos de las mansas aguas de los canales y del romanticismo de la ciudad, pero se hace tan difícil apreciar el Palazzo Ducale sin vernos distraídos por lo que nuestros sentidos en realidad captan… Y ahí nos encontramos de nuevo, mirando caras bonitas y escuchando conversaciones, mientras hacemos cola o al circular apretujados por los tablones elevados cuando hay “acqua alta”. Y por fin entendemos a Gustav Aschenbach, el personaje de Thomas Mann, que murió en Venecia por amor al hombre (aunque el suyo fuera un amor estético, platónico), y a los protones, que acaban por asociarse. Nosotros también nos asociamos; gracias a lo cual existe la humanidad.

No tiene remedio:Venecia somos todos. Y así lo pintaría Canaletto si levantara la cabeza.