Socorro Giménez

LUGARES VACÍOS

Si se camina por un pueblo de playa de la Costa Brava catalana en otoño, cuando la falta de gente deja ver todavía algo de un paisaje que entonces se parece un poco menos al decorado infinitas veces multiplicado de cualquier playa turística del mundo, pueden verse casas enormes, bonitas, vacías. En algunas, a veces se ve a un cuidador, a un jardinero, a una mujer que las limpia y a su perro… La mayoría están cerradas desde hace meses, incluso años.

En las ciudades los palcos de los teatros también están cerrados. A los dos lados de los pasillos de ingreso suele haber una barandilla colgante que impide el paso. Los mejores asientos están reservados para invitados especiales, y son pocas las veces que el gobernador acude.

Los yates en el puerto: eternamente estacionados allí, vigilados, permanecen inmóviles, salvo por el imperceptible balanceo del agua estancada o por algún paseo ocasional en verano (quizá durante el único mes del año en que su propietario ha abierto su casa de la Costa Brava).

En el aeropuerto, la sala VIP acoge apenas a un par de businessmen apurados por irse, mientras los enormes sofás de cuero negro se extienden en dos, tres, o cuatro salas del espacio reservado y, allá afuera, los pasajeros de clase turista duermen malsentados en banquetas donde apenas caben. La disposición es, por otra parte, una réplica exacta de lo que sucedía horas antes dentro del avión.

A veces pienso que lo que más me sorprende de los okupas no es tanto que ocupen, es decir, que existan, sino que, de un amplio menú en un restaurante de lujo –y una vez que ya han decidido que no pagarán la cuenta (la decisión es ésa)–, escojan siempre la sopa del día.

BAILES DE SALÓN Y CONVERSACIONES

Una buena conversación no nos ocurre con frecuencia. En una sociedad ocupada hasta el hartazgo en recomendar el diálogo –de manera evidente para el ámbito público, pero, gracias a disciplinas como la psicología y la pedagogía, también para el privado–, las conversaciones son una flor rara. Se dialoga para buscar un acuerdo político, por ejemplo, o para solucionar un problema familiar, pero no parece que pueda decirse para qué se conversa. Desde luego no para intercambiar información ni opiniones, esas especies del comercio lingüístico que prometen algún botín de datos, o un nuevo convencido para la causa. Quizá, sí, para entre-tenerse. Una de las palabras francesas para “conversación” (entretien), hace visible para el castellano esta sugerencia.

Y es que tal vez lo más parecido a una conversación sea un baile de pareja, uno de esos bailes que todavía se enseñan como “bailes de salón”, en los que todo buen partenaire sabe que para bailar mejor hay momentos en los que hay que guiar y otros en los que dejarse guiar: tener o hacerse tener; sostener, entre dos, el baile. Ser un buen bailarín supone, en este sentido, procurar que la danza pueda ir trazando su recorrido, su dibujo, que se va produciendo de manera instantánea y sucesiva; se precisa estar atento a los movimientos del otro, se requiere un arte de la administración de la propia fuerza.
¿Para qué? Para que siga el baile. Para que las palabras continúen. Y lo que se lleva uno a casa, después de una conversación, es apenas un regusto, un eco parecido al que deja la música, que siempre ya se ha ido.

Conversar es una de las pocas cosas que solamente pueden hacerse con otro y, probablemente, una de las pocas formas que nos van quedando de hacer algo que no sea consumir.

VENTANAS BOBAS

En La ventana indiscreta, Hitchcock nos emplazaba, junto a un inmovilizado James Stewart, a ser testigos de fragmentos de algunas vidas en aquel barrio de Nueva York: la bailarina asediada por los hombres, la señorita Corazón Solitario -con menos suerte-, la entusiasta pareja de recién casados, el viejo matrimonio que intenta dormir en el balcón huyendo del calor, el asesino.

Para alguien que viene de una ciudad donde las casas no tienen más de dos pisos, Barcelona es una fiesta de ventanas y es casi imposible que, si se tiene algo de vista desde la propia casa, no se haya tenido también alguna vez la tentación de espiar a los vecinos -de una proximidad, por lo demás, que la imaginación del urbanista más promiscuo no hubiese sido capaz de soñar. Uno no sabe muy bien lo que espera ver, y probablemente no espere mucho más que asomarse a una escena banal de la vida igualmente banal que se deja ver tras las ventanas cotidianas.

Pero si alguna noche la posición permite un resquicio de la ventana de enfrente, la escena repetida es, de modo irremediable, la misma: una cabeza, o apenas un perfil recortado frente a las intermitentes luces emitidas por la pantalla de un televisor.

Entre las infinitas fantasías que han sido aniquiladas por la televisión, la paradoja ha querido que una de ellas sea, justamente, la del voyeurismo.