LA LIBERTAD

Camino muy despacio sobre el trampolín y, cuando llego al final de la plancha de madera que se comba por mi peso, me asomo al vacío.

En ese momento, siento una delicada sensación de vértigo y de inmediato imagino que la produce el vacío. En realidad, he sido educado para pensar así porque, en rigor, lo que veo a mis pies no es un vacío, ya que siempre hay algo entre una cosa y la otra. En esta situación llamamos “vacío” a la diferencia subjetiva, puramente sensorial, entre la plancha de madera, que es un espacio firme consolidado y la mancha de agua que me espera al fondo, tras la zambullida. El vértigo lo produce la separación, el hiato entre las dos posiciones, que también es un espacio pero que no es firme. Concluyo que hay espacios (y condiciones y situaciones y contextos) que tienen la peculiaridad de no ser firmes. Los consideramos espacios porque el espacio es una condición irrenunciable de la experiencia y por eso dan la impresión que de ellos es posible tener una experiencia. El vértigo es la experiencia de ese espacio.

Entre un estado –yo, en el borde mismo del trampolín– y otro estado –yo, tras la zambullida– algo queda en suspenso. Por otra parte, la experiencia del estado que media entre dos estados firmes es angustiosa. La angustia (o sea el vértigo) la suscita la suspensión del estado que, de este modo, se convierte en un estado de suspensión. Por lo tanto, la angustia –¿cómo describirla?– es la condición en un estado que no es firme, comparable a una conciencia aterradora, paralizante. Eso es el vértigo. En la suspensión no tengo más remedio que pensar que soy pero no estoy.

Toda decisión –como la de zambullirse– consiste en pasar de ser (estar) de un modo a ser (estar) de otro modo y, por fuerza, se trata de pasar a través de un no estar. No es el final del paso lo que produce la angustia sino el tránsito. Sobreponerse a la angustia del tránsito es muy difícil, por eso la mayoría de los individuos escogen una causa o algún agente extraño como desencadenante de una decisión cualquiera. En un sentido, intercambian la angustia de la decisión por la angustia de sentirse no libres: “Lo siento, pero no tenía más remedio…”. Pero lo cierto es que no hay decisión que sea cabalmente determinada porque todo cuerpo permanece, por naturaleza, en su estado. Siempre se puede decir que no. Asimismo, la voluntad que sostiene o empuja toda decisión auténtica es un acto de libertad.

(Aunque no necesariamente una acción libre o indeterminada. No seamos tan presuntuosos.)

Esta es la razón por la que cualquier decisión, por nimia o trivial que sea, requiere mucho valor para tomarla: implica sobreponerse a la angustia, lo mismo si se trata de pulsar del disparador o de casarse o de cambiar de residencia o de escoger el momento en que uno ha de cortarse las uñas de los pies. Así pues, en el fondo, todas las decisiones son la misma decisión y hay una y sólo una manera de ser libre.

Para decidirse a no estar es preciso llegar a comprender qué es lo que tienen en común todas las decisiones. Y entonces, se acabará la angustia. Tiene que ser así de simple.