CRISIS

Hay motivos para resistirse a hablar de cualquier tema relacionado con la famosa crisis. No solo como consecuencia de una decisión discursiva –no sabría qué decir– sino casi como un imperativo. Es un fracaso anunciado elaborar un diagnóstico sagaz sobre lo ocurrido, o decir algo con un mínimo de inteligencia en relación con un tema tan sobado ahora, pero que ha sido un leitmotiv conocido de toda la modernidad y protagonista de más de un recomendable ensayo. Que esta crisis no es sólo económica sino moral –¿perdón?–, o que estamos ante un cambio de paradigma, desviación poco legítima de la terminología que Kuhn acuñó hace décadas–, son fórmulas ingeniosas y muy recurrentes hoy día. Y en el fondo, bastante vacías.

Sin embargo, la segunda tiene algún fundamento. El cambio de paradigma provocaría una crisis porque lo viejo, lo caduco, convive en las mismas formas y los mismos materiales donde empieza a asomar lo “nuevo”. Esta formulación me recuerda a los reproches que Walter Benjamin dedicaba a gran parte del modernismo, especialmente a lo relacionado con el gusto por la decoración. Aborrecía, por ejemplo, los motivos florales de hierro forjado que acababan las balcones, algo típico en ciudades como Barcelona, Praga o París con el argumento de que un material insigne de la revolución industrial, como el hierro, servía para dar forma a temas obsoletos.

Si bien este recuerdo no me hizo reconsiderar el supuesto “cambio de paradigma” como explicación de la crisis –sigo creyendo que es un ingenio retórico para las columnas de opinión de periodistas con estilo–, el miedo me asaltó hace poco cuando vi un resumen de algunos proyectos arquitectónicos aparecidos desde 2008, año inaugural de la última crisis mediática. Aquí tenéis una muestra, es terrorífico: lo industrial se reviste de verde en la Academia de las Ciencias de California y en la Escuela de Arte, Comunicación y Diseño de Singapur. Por otra parte y como no podía ser de otra manera, en Dubai se encuentra el ejemplo más kitsch de esta unión entre formas viejas y estructuras nuevas: un zigurat, futuro edificio residencial que servirá para dar cobijo a casi un millón de habitantes.

Podemos renunciar a decir algo firme sobre el actual fenómeno de la crisis. Pero vemos, al mismo tiempo, el modo como que esta crisis representa, conceptualiza e imagina lo que sucede a su alrededor: con ingenio, pero también con trampa y, finalmente, sin sentido. Así lo demuestran estos ejemplos. Y lo peor de todo: estos edificios, que son reflejo de una misma crisis, sirven de pretexto para los periodistas con estilo acierten con sus estupideces.