SOBRE KNUT HAMSUN

Knut Hamsun en Hemos cambiado de rumbo y nos dirigimos a una nueva era y un nuevo mundo: “Se ha escrito mucho y por parte de muchos sobre nuestro futuro. Pero de todos ellos, Hitler es el que ha hablado a mi corazón”.

En una de las escenas más sorprendentes de la cuarta temporada de The Crown, vemos al príncipe Charles acusar a su tío, Louis Mountbatten, de ser un quisling. Aunque Peter Morgan, uno sus creadores, ha aclarado a diversos medios que es bastante improbable que dicho intercambio hubiera tenido lugar, el momento histórico representado muy bien podría haber llevado a equívocos (de hecho, al escribir este texto, ya se tiene noticia de que el gobierno británico ha pedido a Netflix que añada una nota aclaratoria acerca del supuesto carácter ficticio de la serie). Con la palabra quisling se vino a denominar a los gobiernos de los países que durante la Segunda Guerra Mundial decidieron colaborar abiertamente con el Reich alemán; por lo que el calificativo, en este caso, y más en boca de un inglés, habría sido un sinónimo de traidor.

De la génesis del término nos da buena cuenta Hannah Arendt en Eichmann in Jerusalem (1963). En los capítulos centrales del libro, donde la pensadora alemana se dedica a analizar la postura que cada nación europea tomó con respecto a la deportación de sus ciudadanos de origen judío, Arendt nos cuenta que, “en Noruega, los alemanes encontraron entusiastas colaboradores, hasta el punto que el apellido de Vidkun Quisling, jefe del partido noruego pronazi y antisemita, ha servido para formar la expresión ‘gobierno Quisling’, equivalente a ‘gobierno títere’” (p. 249).

El ejemplo noruego contrastaba con el de sus vecinos daneses, una historia que, según Arendt, debería ser “de obligada enseñanza a todos los estudiantes de ciencias políticas”, ya que les permitiría conocer “el formidable poder propio de la acción no violenta y de la resistencia” (Ibíd., p. 250). Así, si en Dinamarca el mismísimo rey se solidarizó con sus súbditos judíos, amenazando al invasor alemán con vestir él mismo el distintivo amarillo si se aplicaba cualquier medida antisemita, Noruega fue (junto con Rumanía o Croacia, entre otros) uno de los países europeos que menos impedimentos pusieron a los nazis para que éstos implantaran sus políticas y gobiernos afines.

Uno de los casos más notables de inopia frente al peligro que representó la Alemania nazi lo protagonizó el escritor Knut Hamsun, ganador del Premio Nobel de Literatura el año 1920 (la medalla de laureado se la acabaría regalando al ministro de propaganda del gobierno de Hitler, Joseph Goebbels). Hamsun, como da buena cuenta de ello su producción periodística de los años treinta y cuarenta, desde muy temprano desarrollo posiciones rabiosamente antibritánicas, que luego mantendría durante toda la guerra.

Para el escritor noruego, en la nación inglesa quedaban encarnados todos los males de la modernidad: el liberalismo, la industrialización descontrolada y la asunción de formas de vida plenamente urbanas. Alemania, en cambio, prometía devolver el esplendor y la independencia a todas aquellas naciones que habían caído bajo el yugo inglés. Una funesta influencia, esta última, que habría mantenido a “los países de Europa en una cierta situación de debilidad” (Hamsun, Textos de la infamia, pp. 37 y 38). Los alemanes, por contrapartida, aseguraban que, con la ayuda de la Noruega de Quisling y el resto de naciones que quisieran integrarse en la confederación nacionalsocialista, se podría restituir lo que Hamsun denominó, en uno de sus artículos, “la voluntad” y el “vigor germánico” (Ibíd., p. 59).

Aunque en los textos más tardíos de Hamsun la tentación fáustica que supuso la Alemania nazi es explícita, esta fascinación, que llevaría al noruego a posiciones totalitarias, ya podríamos rastrearla en su primera y seminal novela, Hambre (Sult), de 1890. En ella, un personaje sin nombre recorre de forma obsesiva las calles de una Oslo (antigua Christiania) deshumanizada, azarosa y hostil[1]. La narración, que prefigura, en cierta medida, las parábolas kafkianas (se sabe que Kafka fue un ávido lector de Hamsun), está dividida en cuatro capítulos. Cada uno de ellos (encabezado por un simple número) se inicia con el protagonista, angustiado, saliendo de casa en busca de algo de lo que alimentarse. Durante el proceso veremos cómo el apetito creciente le debilita, afectando esto su carácter y capacidad de razonar cabalmente. De manera que los encuentros que se van sucediendo durante sus paseos se saldarán con situaciones delirantes o esperpénticos diálogos.

Si al final del relato el personaje principal decide abandonar la ciudad y embarcarse en un carguero, buscando nuevos horizontes, dejando atrás la vida urbana y reencontrándose con el elemento natural (representado aquí oportunamente por el mar), el resto de la producción de Hamsun volverá una y otra vez sobre el tema del hombre y la naturaleza (o su expulsión de ella).

Sería como si Hamsun, al contrario que muchos de sus colegas, hubiese querido llegar a la modernidad por el camino opuesto, desde la reacción a ésta. Mucho se ha hablado de su nazismo y baja catadura moral, y, ante la opinión muy extendida de que, en virtud de una supuesta autonomía del arte o la escritura, se debería poner en suspenso cualquier juicio que debamos hacer a nivel ético sobre su obra, diremos que una vez nos hallamos en posesión de la valiosa información que nos proporciona su biografía, a nivel crítico, debemos integrarla en nuestro análisis. No hay motivo para no hacerlo. En este sentido, Hambre resulta una inquietante incursión en la cara menos amable de la modernidad y de los usos y costumbres que ésta instala en occidente.

La obra de Hamsun no es sino el testimonio de la angustia y el posterior grito de socorro de aquellos que se vieron engullidos por ella y quisieron que la historia se desarrollase por otros derroteros (seguramente más terribles). Asumir la existencia de estas opciones, no arrojarlas a la papelera de la historia, tanto ayer como hoy, no es transigir con ellas, es devolverles su estatus histórico y erigirlas como testimonio de aquello que no se debería repetir. En este sentido, el profesor Ferran Gallego en su libro De Múnich a Auschwitz (2001) concluía:

Devolverle al nazismo un lugar en la historia no es absolverlo. Por el contrario, puede ser el camino para documentar una condena que ni siquiera acepte el atenuante fraudulento de la locura. Supone comprenderlo en una época de desconcierto, de inseguridad, de caducidad o inconsistencia de valores. Es integrarlo en un período de crisis, de modernización acelerada en el mundo material y en las concepciones políticas. Y es contemplarlo como una de las respuestas que, recién iniciado el siglo XX, se quiere dar a los desafíos de la modernidad.

Ferran Gallego, De Múnich a Auschwitz, p. 28

Hoy en día, Knut Hamsun no tiene ninguna calle ni plaza con su nombre en Oslo. Tampoco tenemos claro que deba tenerla. El gobierno de su país le internó en un hospital psiquiátrico, después de acabada la guerra, para evaluar su estado de salud mental. Hamsun da cuenta de todo ello, tres años antes de fallecer, en su última obra Por senderos que la maleza oculta (Paa Gjengrodde Stier) (1949). Por aquel entonces, para sus compatriotas, no era sino un quisling más.


[1] Es bien conocido el caso del escritor Bjørnstjerne Bjørnson, que en su poema de 1870 Godt mot, utilizó la imagen de un tigre para describir Christiania. Más tarde se usaría ese símbolo para denominar a la ciudad tigerstaden o “ciudad de los tigres” (por su frialdad y peligrosidad). Las últimas décadas del siglo XIX no fueron demasiado prósperas para el país y dicha denominación se transformaría en tiggerstaden (que vendría a significar “la ciudad de los mendigos”). Ese clima social y moral de la Noruega finisecular es el que querrá captar Hamsun en su primera novela.