Las Nubes

Filosofía, Arte y Literatura

AMOR CONTEMPORÁNEO, ANTIHÉROE Y PIGMALIÓN

¿Pigmalión se enamora de su creación o crea aquello de lo que quiere enamorarse, de lo que ya está previa y perdidamente enamorado? ¿La belleza que enamora es el resultado del perfeccionismo y del dominio técnico o, más bien, es fruto de descubrir una profunda ausencia o vacío en el propio ser?

Formulado dentro de la simbología hegemónica en Occidente ¿Es un enamoramiento perfeccionista que busca ascender platónicamente hasta la belleza, el bien y -en cierto sentido- la verdad ideales y supremos? O más bien ¿es el descenso hacia las pulsiones, impulsos y urgencias más carnales?

Significativamente, el dios griego Eros era hijo paradojal de la conjunción de la falta, la miseria o la sensación de pérdida (Penia), junto con la abundancia proactiva de Poros, dios pleno de recursos, de fuerza, de pasión y de deseo.

En el Banquete de Platón, el amor carnal también es asociado al deseo de recuperar ‘la propia media naranja’ de la que uno fue escindido -creando los dos sexos- cuando originalmente era un ser completo, andrógino y -por tanto- no necesitado de algo exterior, de alguien que lo complementara.

Estas cuestiones me surgen a partir del profundo análisis llevado a cabo por Carlos Yannuzzi en El Nubarrón de hace una semana sobre el mito y ‘delirio’ de Pigmalión. En concreto me centraré en la ‘revisión’ contemporánea que ha llevado a cabo Woody Allen. Pues a mi parecer -ese excelente guionista, quizás más que director- refleja muy bien la relación contemporánea con el amor, la creación y la propia obra.

En primer lugar, hay que dar la razón a Lipovetsky, sobre la raíz profundamente narcisista del ser contemporáneo. Así por ejemplo, Woody Allen ha quedado narcisistamente enamorado del personaje que se ha creado, pues prácticamente todos sus grandes personajes remiten a sí mismo, al personaje que Allen cree que es o que puede llegar a ser. Remiten al ser profundamente dual de alguien neurotizado y lleno de angustias pero -a la vez- fatua y narcisistamente orgulloso de su ser creativo, mundano y mediático.

Pero dejemos para otra ocasión, ese enamoramiento de algunos personajes masculinos que Allen quiere encarnar: paradigmáticamente el Bogart de Casablanca. Y centrémonos en el hecho de que el ensimismado Woody Allen necesita enamorarse periódicamente de diversas creaciones femeninas -que también acaban siendo una y la misma- como en Pigmalión.
Carlos destaca la película Annie Hall, nosotros destacaremos la Tracy (Mariel Hemingway) de Manhattan (ya saben la ‘ciudad’ que Allen idealiza y de la que también se enamora como el escenario ideal para sí mismo).

La relación de Alvy-Allen con Annie Hall se caracteriza por la igualdad. Son dos almas gemelas tanto en neurosis como también en un cierto esnobismo cultural. Ninguno de los dos es obra del otro, ni ninguno de ellos es Pigmalión del otro. Como en los personajes representados por Mia Farrow (que a veces parece ‘subordinar’ los de Allen), no hay aquí la superioridad ni performatividad de Pigmalión con su creación Galatea.

En cambio, sí que Isaac (otro alter ego de Allen) adopta una actitud paternalista y de superioridad existencial con la jovencísima Tracy. En línea con nuestras preguntas iniciales, aquí sí que nos parece ver una aproximación contemporánea a Pigmalión, si bien es la Tracy la que se ha enamorado del cascarrabias Issac, quien ahora juega a ser un desprendido Pigmalión.

Sin duda es un interesante giro de guion que indica un incremento de autoconfianza sorprendente si tenemos en cuenta Play It Again, Sam; con el Bogart que Allen quiere ser y no puede. Pero no sólo eso, ahora enamorado de su éxito y en pugna con sus historias con Mary y Jill, Isaac pretende ser Pigmalión con Tracy. Afirma querer dejarla crecer, perfeccionarla, convertirla en todavía una más excelsa ‘obra’. Ello incluye unos estudios en Europa los cuales Isaac insiste en que Tracy lleve a cabo, aunque ésta quiere renunciar a ellos para no separarse de Isaac.

Recuerden que aquí es Isaac quien rompe con Tracy pues está seducido por su personaje de Pigmalión. Eso sucede mientras está neurotizado por el libro donde su ex Jill (Meryl Streep) expone intimidades de su matrimonio y se siente emocionado con su nueva relación con Mary (precisamente Diane Keaton, apellidada Hall en la realidad).

Ahora bien, cuando pierde Mary y -solitario- Isaac está trabajando en sus guiones, recuerda la cara de Tracy como una de las pocas cosas por las que vale la pena vivir. Ya saben el final: entonces el frustrado Pigmalión contemporáneo que representa Isaac se da cuenta de lo que va a perder e intenta impedir lo ya inevitable. Corre locamente -¡en momentos importantes nunca hay taxis!- por Manhattan con la famosa música de George Gershwin.

Finalmente, encuentra Tracy en el hall de su casa rodeada de sus maletas y esperando partir. Isaac tiene el tiempo justo de suplicarle que no se vaya, pues entonces se perderá para siempre la maravillosa relación que han mantenido. Pero, con su mirada tímida y su voz cálida, Tracy le asegura que “no todo se corrompe” y que “hay que tener un poco de fe en la gente”, y marcha suavemente mientras suena la Rhapsody in Blue.

Parece que en la versión contemporánea de Pigmalión subyacente a Manhattan, se impone el necesitado y carnal antihéroe contemporáneo (con cierta conexión con el mito griego) a la versión más platónica, perfeccionista, a la búsqueda del ideal e incluso a hacer lo más correcto.

Mientras se ha sentido lleno como Poros con una vida abundante, con alguien interesante cerca, rodeado de las locas relaciones de los amigos o distraído por las neurosis habituales, Isaac ni tan siquiera ha percibido su amor. Pero, cuando vuelve a estar sólo, cuando redescubre el vacío y la miseria de Penia, y es capaz de sentir el amor, ya es demasiado tarde para el antihéroe contemporáneo.

Entonces descubre trágicamente que, ni tan siquiera en un amor correspondido, hay demasiadas esperanzas para los Pigmalión narcisistas de hoy.