CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE MEJOR

A menudo la coincidencia de muchos individuos en un mismo gusto, disminuye notablemente el placer. No sólo porque diluya la sensación de haber descubierto el objeto de deleite, ya sea este un lugar, una actividad, un pasatiempo, etcétera, sino porque nos vemos obligados a disfrutar en medio de un montón de gente. Muchas veces la popularidad de ciertos lugares como la playa, por ejemplo, acaba obligándonos a renunciar por el simple hecho de que ya no cabemos.

Ante estas situaciones, es frecuente sucumbir a la fantasía, a modo de consuelo posiblemente, de otras épocas en que uno podía ir a la playa a solas, e instalarse donde quisiera a escuchar el ruido del mar y a sentir la brisa en la cara. Aquella época, a principios de siglo, en que ya unos pocos individuos habían descubierto las ventajas de esa nueva costumbre y compartían, a una distancia aún razonable, el mismo inédito placer.

Sin embargo, no es menos frecuente que la literatura nos brinde el testimonio de una realidad bastante alejada de lo que nuestra imaginación supone. He aquí un pasaje de “Mario y el mago” de Thomas Mann, donde describe la playa de su época:

“Por todas partes, niños, en traje de baño, que chillan, parlotean y se pelean bajo un ardiente sol que les quema los pelos de la nuca, y sobre un esplendoroso mar azul se balancean unos botes de chillones colores, manejados por otros chiquillos, en tanto las madres, intranquilas, los buscan con inquieta mirada y llenan el aire con sus tonantes nombres. Mientras, entre los cuerpos de las personas tendidas en la arena, transitan los vendedores de ostras, de flores, de corales y de cornetti al burro, voceando su mercancía con el timbre lleno y franco del sur.

ADENTRO

En un ensayo sobre la condición de ser extraño, W. G. Sebald –por cierto, él mismo un escritor sumamente extraño– se refiere al recelo con que era observado el infortunado Kaspar Hauser por parte de la sociedad que lo había acogido. Kaspar es aquella figura emblemática de la Ilustración alemana, el niño mudo que creció en medio del silencio y que de mayor hubo de educarse a sí mismo desde cero. Sebald cita a Nietzsche para recordar que tenemos tendencia a desconfiar de las criaturas animales porque permanecen en silencio (The Silence of Lambs). Nos parece que guardan un secreto; o si no, que se encuentran en un estado extático, que imaginamos paradisiaco.Y eso, observa Nietzsche –siempre tan perspicaz en este tipo de asuntos– “es duro de aceptar para el hombre. Así, bien puede ocurrir que el hombre le pregunte al animal: ‘¿Por qué me miras así en vez de contarme sobre tu felicidad?’ A lo que el animal piensa responder: ‘Porque inmediatamente me olvido de lo que quería decir’ – pero se le olvida la respuesta, y no dice nada.”

(Oh, qué frustración.)

Curiosear en la esfera oculta de las personas puede estar movido por su silencio o por sus inexplicables máscaras, o incluso por la falta de expresión de sus semblantes, que nos inquieta, como ese característico hieratismo que tienen los rostros orientales. ¿Por qué entonces insistimos en averiguar qué hay detrás? Seguramente porque presuponemos en ellos una vida interior, tan rica, variada y estimulante como la de fuera, y tan turbulenta como la nuestra. En esta presunción actuamos como cristianos, sin saberlo.

Entre los muchos pasajes dramáticos que contienen las Confesiones hay uno que narra la profunda impresión que causa a Agustín ver a su maestro Ambrosio leyendo en silencio: “Cuando leía, hacíalo pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua”. Algo se quiebra aquí en este momento único, algo se interrumpe. En el tránsito de la palabra dicha a la palabra interiorizada que opera Ambrosio se fija el corte entre el mundo perdido de los antiguos y el mundo insondable de nuestra consciencia dividida entre un afuera y un adentro, que ya nunca más podrá desandar el camino del cristianismo.

PUDOR

El pudor es un de los sentimientos más desagradables que puede experimentarse: descubrir, por fuerza demasiado tarde, un desatino cometido desapercibidamente, es descubrir al mismo tiempo que el otro lo percibió y no dijo nada, y que en los encuentros posteriores, en los siguientes intercambios, o en los instantes sucesivos, ese error formaba parte de la imagen que el otro tenía de nosotros sin que lo supiéramos.

Por lo general solemos confiar en prever, o en poder imaginar aunque de un modo vago, cómo nos ve el otro, puesto que sabemos qué le mostramos. Podemos no saber cómo lo recibe, pero sabemos el catálogo de gestos, de comentarios, de confesiones o de guiños a partir de los que construye su imprevisible y desconocida impresión de nosotros.

Sin embargo hay ocasiones en que el otro ha visto algo que no sabemos que exhibíamos. En ese caso es mejor ya no saberlo nunca, porque al descubrir cómo el otro asistió a algo que no actuábamos para su mirada sino sólo para nosotros, o incluso para otro —con quien tenemos otro lenguaje privado, otra intimidad, otro registro, otro tono, con quien tenemos tal vez más confianza y, al fin, con quienes somos otra máscara— nos invade la sensación de haber sido descubiertos en falta, de haber puesto en evidencia nuestra condición de mentirosos. Y aunque cualquiera sabe que sólo conoce una parte del otro, no es menos cierto que testimoniar algo que no iba dirigido a su persona debe de producir una impresión desagradable, como cuando uno, sin saber que el baño al que acude está ocupado, abre la puerta y encuentra a un individuo sentado en la taza del retrete. Y del mismo modo nos sentimos nosotros, avergonzados, sorprendidos en el momento más inesperado, en una actitud secreta, de la que no queremos participar a los otros en buena medida porque suponemos que los otros prefieren que la ocultemos.

Sentimos pudor, entonces, por haber obligado al otro a ver algo que no quería, algo que lo incomoda y lo avergüenza tanto como a nosotros. El pudor sólo llega cuando nos ponemos en el lugar del otro, momento en que reparamos de veras en la existencia de una mirada ajena. Mientras existe como espectador voluntario de nuestro deliberado espectáculo todo está en su sitio. Pero si nos exhibimos por error , obligamos a mirar sin pedir permiso, sin contar con la connivencia del espectador, y sentimos que hemos traicionado, sin querer, un pacto tácito. El sentimiento del pudor es pariente de la torpeza pública y notoria. Puesto que ella incomoda mucho a los espectadores, nos sentimos incómodos por la incomodidad que les hemos causado, por ser los responsables, los culpables, del mal rato que les hemos impuesto.

METABLOGIANA

El sentido está en la expresión’, decía Wittgenstein. El blog permite una máscara casi perfecta. No sólo no se nos ve, sino que no debemos cargar ni con un nombre, ni con un tono de voz ni con un gesto. Ni siquiera es posible analizar la grafía como en los anónimos, Aún así los blogianos, incómodos ante la irresponsable libertad que se abre ante ellos recuren a una ingeniosa cantidad de signos paliativos de la expresión. Paréntesis, mayúsculas, interrogantes, exclamaciones y los imposibles iconos ‘emocionales’, expresan menos de lo que los diseñadores creen y dicen más sobre el sentimentalismo lírico de los blogianos de lo que ellos sospechan.

II. Una de las taxonomías posibles entre los ‘blogianos’ distingue entre ‘sistemáticos’ y ‘aforísticos’. Al individuo que, con gran esfuerzo, trata de reunir en un texto coherente las intervenciones que precedieron a la suya, le sigue casi de inmediato el francotirador que con un acerado (y frecuentemente incomprensible) aforismo abre una línea de fuga que desbarata un sistema que se revela demasiado ambicioso y apresurado. Quedan así resumidas las tendencias antagónicas de casi tres siglos de pensamiento.

III. El blog (conversación sin asistentes) altera sustantivamente las relaciones entre lo pertinente y lo impertinente en una discusión. Al no tener al interlocutor delante, al no vernos apremiados por su mirada inquisitiva, el gesto hastiado o impaciente, y el intimidatorio bostezo, el blogiano no sólo se despreocupa de reparar de si lo que añade al blog remite al tema de discusión, sino que no dispone de un solo indicio de cuándo su impetuosa verborragia le conduce al descalabro.

IV. La categoría central del blog, tanto en quienes proponen el tema como en aquellos que se animan a comentarlo parece ser: ‘Esta es la mía’. Libres del peso de la academia, de la opinión asalariada y de la solemnidad de la palabra impresa (sólo los blogianos se toman en serio los unos y los otros, las personas serias escriben con pluma de ganso) los blogianos dan rienda suelta a los pensamientos que no pasarían por cedazo de la conveniencia. Una oportunidad única: como se sabe, cierto brillo intelectual (emparentado con la desvergüenza) se alcanza tan sólo junto al estatus de rentista lenguaraz del que disfrutaron Schopenhauer o Nietzsche. Ante tal oportunidad el blog nos ilustra sobre la extraordinaria desproporción entre la inteligencia bien dirigida y la banalidad elevada al rango de neura personal.

ESCRIBIR BIEN

Escribir bien, es decir, con eficacia y precisión y la elocuencia justa, no tiene nada que ver con una destreza gramatical o sintáctica. Tampoco tiene que ver con la cultura libresca del escritor. Escribir es como montar a caballo, porque el lenguaje es como un caballo brioso y arisco (no como una yegua dócil y delicada): dos seres vivos de especies diferentes e inteligentes se encuentran, se rozan, se sienten el uno al otro y, de común acuerdo o a la fuerza, deciden moverse juntos. Entre ellos se plantea una lucha cuerpo a cuerpo, en la que uno busca dominar al otro. El jinete cree que es él quien lleva las riendas pero es el caballo el que reconoce al buen jinete y, finalmente, decide complacerlo.

RESENTIMIENTO

Llama la atención la cantidad de filósofos que oficiaron de preceptores de los hijos de los nobles de su época. Asimismo llama la atención que no se encuentre ni un solo hijo de la nobleza entre los seres espirituales de la historia. La conclusión inevitable es que, o bien todos los hijos de la nobleza son tontos; o bien todos los grandes filósofos que trabajaron como preceptores eran pésimos profesores. Yo –porque no soy un resentido– me inclino por lo segundo.