ALEGORIZACIÓN DEL MUNDO

Las imágenes de los espacios televisivos de información tienen como propiedad fundamental el ser tan fácilmente alegorizables, que parecen concebidas especialmente para ser interpretadas de ese modo. Un policía maltratando a un detenido es al instante leído (tal vez habría que decir escrito) como “la policía maltrata a los detenidos”. De ahí se pasa a la ideología con rapidez: la injusticia reina en nuestro país, o en nuestro mundo, etc. Con vaga intuición de esto, muchas veces los mismos periodistas hablan de algunas imágenes como “metáforas” de una situación. Para ser más precisos, deberían decir “emblemas”. Pues la metáfora efectúa un desplazamiento imaginativo (no ideológico) de sentido. El emblema, en cambio, y de manera muy ajustada a la información televisiva, propone a la reflexión una imagen de la que se puede prever la lectura (un poco al modo de la interrogación retórica, tan utilizada por los discursos pedagógico y político, muy próximos en la constelación democrática: “¿no es verdad que…?”). Que la inscriptio del emblema televisivo se elabore en casa del telespectador no impide, por supuesto, su uso interesado, pues es sabido que no hay mejor demagogo que el que deja a sus oyentes llegar “por sí mismos” a la conclusión que pretende inculcarles (de nuevo la interrogación retórica).

Habría que estudiar la temporalidad (es decir, el efecto de la seriación) en estos emblemas, cuando una serie de imágenes se convierte, por su recurrencia, en capítulos de una demostración, y la viñeta alegórica acumula sentido en su alineación con otras precedentes y –lo que resulta del todo penoso- con otras esperables: el dictador cada vez más execrable, el triunfador una y otra vez simpático, el pueblo –siempre algún pueblo- oprimido, la alegría colectiva –la individual sólo parece posible en la ficción… ¿Se pasa entonces, directamente, al tópico, a la mitología?

ATRACCIÓN Y REPULSIÓN EN VENECIA

Las fuerzas básicas presentes en al naturaleza (que explican al resto, como ocurre con los Mandamientos), llegado el caso se anulan entre sí, como sucede en los núcleos atómicos, donde la atracción gravitatoria entre los protones queda ampliamente compensada por la repulsión electromagnética entre ellos, la cual a su vez es equilibrada por la fuerza nuclear fuerte ejercida por los gluones, que mantiene unidos a los protones y posibilita la existencia de núcleos. Gracias a lo cual existe la materia. Algo similar nos sucede a los humanos, o al menos así me lo pareció en mi última visita a Venecia. Sin duda, uno de los rasgos más llamativos de la ciudad hoy en día lo constituyen los torrentes de turistas que recorremos sus calli y sus plazas y que abarrotamos los palacios, las iglesias, los museos, las góndolas o el vaporetto. Desconozco si Spencer Tunick ha hecho de Venecia uno de los escenarios de sus insignes fotografías de desnudos masivos, pero en este caso debería fotografiar a turistas y no a autóctonos. Igualmente, Christo no podría obviar este componente y quizá se le ocurriría, ¿por qué no?, empaquetarnos a todos en la Plaza de San Marcos.

Sea como fuere, la presencia de multitudes practicando el turismo cultural ejerce sobre uno diferentes tipos de fuerzas de signo opuesto. Es obvio que los humanos apreciamos el contacto con nuestros congéneres. Pero en Venecia al cabo de poco nos entra el agobio. ¡Tanta gente! Incluso en los balcones de San Marcos, que están a tan poca altura: ¿cómo se les ocurre a las autoridades competentes tal intromisión en la fachada de una de las más bellas iglesias jamás construidas? Y huimos, como protones repelidos.

Ruskin sostiene que el gótico veneciano es tan perfecto que brillaría aun lejos de las mansas aguas de los canales y del romanticismo de la ciudad, pero se hace tan difícil apreciar el Palazzo Ducale sin vernos distraídos por lo que nuestros sentidos en realidad captan… Y ahí nos encontramos de nuevo, mirando caras bonitas y escuchando conversaciones, mientras hacemos cola o al circular apretujados por los tablones elevados cuando hay “acqua alta”. Y por fin entendemos a Gustav Aschenbach, el personaje de Thomas Mann, que murió en Venecia por amor al hombre (aunque el suyo fuera un amor estético, platónico), y a los protones, que acaban por asociarse. Nosotros también nos asociamos; gracias a lo cual existe la humanidad.

No tiene remedio:Venecia somos todos. Y así lo pintaría Canaletto si levantara la cabeza.

EL CONCEPTO ESPAÑOL DE DIÁLOGO SOCRÁTICO

Dos individuos se cruzan por la calle y se reconocen pero, en vez de acercarse el uno al otro para conversar, se gritan desde lejos. El motivo de la conversación no importa. Puede que estén trabajando o dándose instrucciones, puede que se deseen parabienes o que discutan acaloradamente. La pauta del diálogo siempre es la misma. Toda comunicación se hace desde lejos y a los gritos. ¿Por qué? Dejemos a un lado las explicaciones geopolíticas (aquello de la mediterraneidad y la vena latina: hay muchos pueblos en el Mediterráneo y no todos son gritones, y, desde luego, no todos son latinos). En realidad, esta conducta indica que hay un interés especial en hacer pública la plática, como si la conversación consistiese –además– en el modo de obligar a los demás a participar en ella.

¿Qué significa este gesto? Puede que sea ostentatorio u obsceno, o simplemente mal educado –algo plausible puesto que hay innumerables individuos brutales y groseros entre los españoles–, o puede que se trate de una costumbre convivencial que expresa la voluntad de compartir lo que se habla. Me parece que es bastante más simple que eso. De lo que se trata es de ocupar la calle. En España hablar a voces sirve para que un individuo marque su propio territorio, cuyos límites no quedan señalados por el sentido de las palabras sino por el volumen de la voz.; y tanto da que se trate de una conversación animada en un bar o de una jarana en la calle a altas horas de la noche. Indica lo mismo: “Aquí estoy yo, este es mi espacio; y yo estoy viviendo en él ”.

Es probable que este uso territorial de la voz, aunque idiosincrásico de las gentes de España, no sea privativo de ellas. Con seguridad hay muchos otros pueblos tanto o más vociferantes que los españoles. Asimismo es probable que el grado de urbanidad (y de civilización) de un pueblo por su capacidad no dependa exclusivamente de su capacidad para conversar con susurros o simplemente estar en el mundo, en silencio.

En cualquier caso, está claro que en España, si no gritas, no existes.

INEXPLICABLE

En una fotografía publicada hoy en La Vanguardia, la sonrisa de la mujer que mira a la cámara mientras la ciudad de San Francisco se hunde a sus espaldas por efecto del terremoto de 1906 me produce la misma impresión de perplejidad que las intervenciones de los participantes de los blog.

Foto

Hay algo de ensimismamiento y de euforia, efecto del simple hecho de estar momentánea, fugaz y azarosamente en el centro de una situación, que debe explicar lo inexplicable: sonreír a la cámara en pleno terremoto de la ciudad en que uno vive, o decir las cosas más triviales, insulsas o groseras en medio del intercambio de opiniones cruzadas, durante los pocos segundos en que el espacio en blanco con el cursor palpitante, como el objetivo de una cámara que nos apunta de repente, nos insta a tan sólo aparecer, aparecer a cualquier precio, por inadecuada que sea la ocasión, con independencia de si tenemos algo que decir. Y puesto que la cuestión es hacerse ver, aparecer por un momento, que sea de la manera más ruidosa y estridente, como una amplia sonrisa en medio de un terremoto. Ah!! y aún hay quien pretende que el fenómeno de los intercambios en los chat y los blog es de una novedad rabiosa.

ENTRE JUDÍOS

Resulta cuando menos significativo que la comprensión más profunda del contenido y sentido del cristianismo haya sido elaborada y diseñada como estrategia ecuménica por las ideas de un judío genial –Pablo de Tarso–; pero más curioso aún es que la interpretación musical de esa contribución sobresaliente a la cultura de todos los tiempos haya sido obra de otro judío: Félix Mendelsohn-Bartholdy cuyo Paulus: Oratorium nach Worten der Heiligen Schrift, op. 36 es una de las piezas más espirituales que han escuchado mis maltratados oídos.

DAR PIE

La expresión “ya que lo dices” tiene, de entrada, frente a otros sinónimos suyos, como “por cierto” o “a propósito”, esa concreción coloquial que hace más atractivas -incluso adictivas, hasta el idiotismo- ciertas muletillas. Del mismo modo su equivalente aproximado en inglés: “by the way”. Si allí es la mención a un hecho físico, el caminar, en nuestro modismo la directa apelación al interlocutor aporta la carne, el alma y el consiguiente magnetismo.

“Ya que lo dices” funciona como un conector, en sentido textual y metatextual, y es síntoma de una continuidad saludable. Se puede sentir como el signo mismo de la fluidez de la charla distendida: como la fluencia que por antonomasia debería definir un uso feliz del lenguaje.

Lo que más me llama la atención es el inicial “ya que”, raro uso de esta conjunción en lenguaje coloquial. De hecho, tampoco se usa aquí stricto sensu, como sustituible por un “porque”: el “ya” es más fuerte, más adverbio, que en la locución; sería algo así como “Puesto que ya lo has dicho”… Incluso este “ya” toma muchas veces valor de recriminación; “ya lo has tenido que decir…”, cuando aparece al principio de un “retorno de pelota” en una discusión.

Es justamente esta última circunstancia la que nos remite al placer subyacente, pese a todo, en cualquier uso de la expresión. En el fondo, se agradece a alguien que nos ponga a huevo una respuesta ágil o hiriente, que nos dé un buen pie para nuestra intervención (término de la escena, muy apropiado al contexto de la discusión más o menos ritual: la conyugal, familiar, etc.) Por muy desagradable o injusto que haya sido el comentario, ¡que al menos se nos deje responder con igual acritud! O sin ella, tanto da: que se nos deje continuar.

BINOMIOS

Los binomios son la fórmula protocolaria del pensamiento fácil. Los hay elegantes y sugestivos, como la oposición entre la literatura ingenua y la literatura sentimental que hace Schiller; altisonantes, como lo apolíneo y lo dionisiaco de Nietzsche; sofisticados como lo lisible y lo scriptible de Roland Barthes o la broad (thin) description de Clifford Geertz; y hay binomios oportunos u oportunistas –todo depende de cómo se mire– que se aplican a casi a cualquier cosa, como lo frío y lo caliente, de Lévi-Strauss. Y por supuesto no faltan los binomios bobos: como la oposición entre sociedades sólidas y líquidas propuesta por Zygmunt Bauman y que, como era previsible, tiene un éxito inmenso hoy en día, como todo lo que se parezca a un slogan publicitario.

La tensión entre contrarios da a quien la detecta la ilusión de que ha entendido algo, como ya se deja ver en el contraste entre el yin y el yan, pero esa sensación engañosa oculta una trampa trascendental, que está impresa en el binomio cuando se lo emplea con fines hermenéuticos: su figuración, su profunda e insoslayable naturaleza retórica, que hace a los términos opuestos, en última instancia, perfectamente intercambiables entre sí, aunque sólo fuera porque uno siempre es la versión especular del otro. Cualidad –dicho sea de paso– que suscita otro cliché que es habitual encontrar allí donde se usan binomios: lo del “juego de espejos”, que es todo un estilema de la sanata.

Mantengámonos atentos, pues, y nunca olvidemos que los binomios dan mucho que hablar, pero de conocimiento, nada.

EL ROCE (IV)

Son precisas dos aclaraciones. En la pasión de Cristo no hay resignación. Si Cristo fuera un mero resignado no sería Dios ni tendría poder redentor alguno. Las plantas y las piedras se resignan mucho también. Cristo actúa, está cumpliendo una misión, y esa misión le viene dada por Dios Padre. Por otra parte el cristianismo tiene poco que ver con el estoicismo. El estoico, lo mismo que el sujeto schopenhauriano, aguanta, se resigna, lo encaja todo porque sabe que, en el fondo, todo es vanidad y finitud. El cristiano, en cambio, sin apartar nunca de sí la idea de una humanidad caída, encuentra motivos de sobras, en Dios mismo y en sus criaturas, para superar la maldad y la mezquindad habituales de su entorno

Tampoco creo que existan los santos sin Dios, es decir, individuos que creen haber llegado o creen poder llegar a las virtudes supremas por sí mismos. Sin Gracia, para mí, no hay santidad, ni siquiera su posibilidad. Por cierto, hay un relato buenísimo de Flannery O´Connor sobre esto que se titula Los lisiados entrarán primero. Desde un punto de vista cristiano un santo sin Dios o bien es la viva imagen del diablo o bien es un pobre diablo, dependiendo, entre otras cosas, del reconocimiento que obtenga entre los demás. Con ello, por supuesto, no pretendo afirmar que tan sólo algunos creyentes puedan alcanzar la beatitud. Sería muy injusto. Digo únicamente que aquello por lo que nos vemos impulsados a tratar mejor al prójimo posee una dimensión incontrolable que trasciende a nuestras acciones. Y aquí es por donde entra Dios en nuestras vidas.

EL ROCE (V)

Sí: el santo secular es un idiota, un pobre diablo… como Clément Rosset o el propio Mishkin… y quién sabe si el propio Kierkegaard. Pero no estoy muy segura (porque me falta la fe) de que se pueda ser algo más que eso, es decir, de que la santidad sea posible hoy si es cierto que no la hay sin el supuesto de la existencia de Dios. Ni tampoco estoy muy segura de que las piedras o las plantas se resignen… la resignación es humana, es un movimiento del alma. Y no concibo que los seres inanimados tengan, precisamente, alma.

De todos modos, sí hay una diferencia entre el estoico y el idiota. El estoico simplemente hace un ejercicio de ataraxia, se sustrae a la mezquindad de modo pasivo, por decirlo de algún modo (intenta convertirse en una piedra, o en una planta, intenta despojarse del alma, fuente de todos los sufrimientos). Mientras que el idiota resiste la maldad activamente: no sólo se resigna a la mezquindad (no acusa a sus congéneres de ser mezquinos, ni resiente su miseria), sino que encuentra en ella un pretexto para actuar de un modo menos mezquino que el de sus vecinos. Busca, por decirlo a la manera cursi argulloliana, reconquistar su alma. Por ejemplo, intenta no mentir. Y, en resumidas cuentas, intenta mejorar. Es, según creo, el proyecto del superhombre de Nietzsche, que no me parece equivalente al de la tradición clásica, aunque sin duda comparten el ser tentativas de alcanzar un modo de vida “logrado”(si bien eso también lo comparte con el cristianismo). Pero claro, ser dueño de la propia alma es, sin duda, una herejía: porque supongo que, para el santo, su alma es la de Dios, es decir, se despoja de su alma y se la entrega a Dios.

De modo, pues, que de acuerdo con lo que se ha observado y con lo dicho ahora, estamos hablando de tres modelos de conducta, o de acción, que casualmente coinciden con tres cosmovisiones (o tradiciones) distintas: el estoico (mundo clásico), el santo (mundo cristiano), y el idiota o el superhombre (mundo moderno secularizado).