La imagen de la montaña.
Principales manifestaciones de cambio y argumentos explicativos

Eduardo Araque Jiménez y Juan Ignacio Plaza Gutiérrez

1. La montaña como espacio aislado e inhóspito
2. La montaña como espacio empobrecido y desertizado
3. La montaña como espacio asistido
A lo largo de los dos últimos siglos la percepción sobre la montaña ha variado considerablemente de unos momentos históricos a otros. La imagen de espacio aislado e inhóspito, aprovechable tan solo para la extracción de recursos baratos y abundantes, ha prevalecido hasta, al menos, la primera mitad del siglo XX. En ese momento la montaña entra en una fase de intensa despoblación y extremado empobrecimiento, que proyecta una imagen completamente distinta en la que no tiene cabida ningún signo de progreso material o social. Si acaso la montaña sirve para albergar determinado tipo de recursos esenciales para el llano, pero su población y sus modos de vida se han quedado anclados en el tiempo, completamente al margen de los aires desarrollistas que soplan en el resto del territorio. Actualmente asistimos a una revalorización general de esa distorsionada imagen montañesa, en cuya conformación tiene mucho que ver la emergencia de un nuevo sistema social de valores que ha situado en el más alto pedestal todas aquellas cualidades naturales y culturales que mejor identificaron secularmente a estos ámbitos.
Nada más cierto, pues estos cambios de imagen que han conocido las áreas de montaña han supuesto pasar de un replegamiento sobre ellas mismas y un aislamiento que tradicionalmente las personalizaba, a una nueva situación en que estas zonas se muestran más abiertas al exterior y menos hostiles, son más conocidas. Varios factores explicativos han intervenido decisivamente para que así haya sucedido. Por un lado la evidente mejora de accesibilidad y de la vertebración físico-territorial de estos espacios, que se ha apoyado en actuaciones y planes de intervención institucional financiados con ayudas europeas, estatales, autonómicas y provinciales. Por otro lado esta nueva imagen, atractiva, tiene que ver también con la nueva cultura del ocio y las nuevas demandas que en este sentido han ido promoviendo las sociedades urbanas; la mayor accesibilidad ha generado un notable incremento de los flujos de visitantes los cuales, al tiempo, han contribuido en buena medida a la difusión de los valores naturales y culturales en un ámbito geográfico cada vez más amplio y ha repercutido en la acuñación de una imagen específica y de calidad de estas comarcas. Finalmente, esta imagen se ha proyectado a través de medios muy distintos en una gran pluralidad de segmentos demandantes y de mercados urbanos y turísticos a diferentes escalas (provinciales, regionales y nacionales).
1. La montaña como espacio aislado e inhóspito
Los dos atributos fundamentales que tradicionalmente han diferenciado a las montañas españolas de las tierras llanas más próximas son el aislamiento y la inhospitalidad del medio. Ambos, que están claramente determinados desde el punto de vista físico, han gobernado la imagen que se tenía de estos ámbitos hasta llegar a hacer de la montaña un espacio repulsivo, apenas apetecible para defenderse del enemigo en tiempos de guerra o para sanar de determinadas enfermedades.
La inhospitalidad montañesa se sustenta en los rasgos extremos del clima, particularmente acusada durante los períodos invernales (temperaturas mínimas muy pronunciadas, presencia sistemática de nieve y hielo durante meses, etc.), y en las dificultades que ofrecen las fuertes pendientes ("tiranía de las pendientes") a la práctica continuada de la agricultura. El aislamiento externo, secundado por una muy débil capacidad de articulación territorial interna, tiene su origen, en parte, en los fuertes obstáculos topográficos, insalvables sin el recurso a extraordinarias obras de ingeniería. Ahora bien, ese aislamiento también es un producto histórico, fruto del papel secundario, marginal, que se ha asignado a las regiones montañosas en la políticas territoriales, que sólo se han fijado en las montañas cuando se trataba de extraer masivamente algún recurso estratégico a precios de saldo.
A pesar de tanta hostilidad, el dinamismo interno bajo el cual se ha desenvuelto la vida en las montañas durante siglos se aprecia por todas partes. Es fruto, desde luego, de la resistencia, del empeño humano por adaptarse a condiciones extremas a partir de una gestión racional de cualquiera de los múltiples recursos que oferta el territorio. Esa tenacidad, junto a grandes dosis de inteligencia práctica, están en el origen de unas formas de explotación y aprovechamiento del medio extremadamente respetuosas con las condiciones ambientales del mismo. Esta máxima se encuentra detrás de los modos de producción tradicionales en la montaña: cualquier alteración sustancial de las condiciones del medio acabará repercutiendo, más temprano que tarde, sobre las condiciones de existencia y reproducción del grupo humano. De ahí que cualquier intervención sobre el territorio se lleve a cabo siguiendo una lógica ambiental que no está escrita pero que forma parte de un ancestral acervo cultural, reinterpretado durante generaciones.
Este sentido de la adaptación humana explica perfectamente la capacidad de los territorios montañosos para soportar el intenso crecimiento demográfico que se advierte, como mínimo, entre mediados de los siglos XIX y XX. Esta particular forma de dinamismo poblacional, rota sólo por la concurrencia de alguna crisis de sobremortalidad epidémica -la montaña ha soportado mucho mejor que la llanura las frecuentes crisis de subsistencias que definen el ciclo demográfico tradicional en España-, se ha sobrellevado mediante ampliaciones sucesivas del terrazgo agrícola. Primero, por los fondos de valle, más abrigados, de suelos más fértiles y fácilmente regables. Más tarde, por las laderas menos empinadas y las altiplanicies. En todos los casos, no obstante, se tiene buen cuidado de no acelerar los procesos erosivos en las laderas, construyendo para ello minuciosas infraestructuras artesanales de una más que probada eficacia en la retención de suelos.
En este contexto, los cultivos y los ciclos agrícolas se adaptan perfectamente a las condiciones térmicas imperantes en cada ámbito, de tal modo que quede asegurada la viabilidad de las cosechas. Estamos hablando, lógicamente, de un tipo de agricultura de subsistencia extraordinariamente variada que no tiene otra finalidad que proporcionar el grueso de los alimentos vegetales que demanda la comunidad campesina. Este y no otro es el tipo de agricultura dominante en la montaña española durante siglos.
El crecimiento ganadero, que sólo se resiente durante el tremendo bache finisecular, se ha soportado merced a una adecuada distribución de pastizales a diferentes alturas. De este modo la cabaña riberiega puede circular libremente de unas zonas a otras en función de las estaciones y las consiguientes disponibilidades de pastos en las altiplanicies o en los valles. La delimitación municipal decimonónica de muchas zonas de montaña, refleja claramente la importancia que se concede a este aprovechamiento escalonado del medio a través de un sistema de trasterminancia perfectamente regulado y asumido por el colectivo ganadero.
En aquellos casos de dificultades invernales extremas y cargas ganaderas desorbitadas, los desplazamientos ganaderos anuales no se circunscriben a los términos municipales sino que tienen un radio de acción mucho más amplio, que a veces puede llegar a afectar a la mayor parte del país. El sistema de explotación trashumante es otra de las variedades de aprovechamiento pecuario más extendida en nuestras montañas, cuyas huellas sobre el paisaje siguen siendo aun visibles en muchos rincones de éstas.
Junto a la agricultura de subsistencia y la ganadería extensiva, el monte aparece como el tercer gran elemento del espacio agrario, con unas funciones especialmente relevantes en el contexto de una economía profundamente autárquica. Los aportes de maderas y leñas resultan absolutamente necesarios para la fabricación de viviendas y la calefacción del hogar, por no citar otro tipo de utilidades (fabricación de mobiliario, aperos agrícolas, colmenas, etc.). Otros múltiples insumos alimenticios que se obtienen de él (caza, frutos silvestres, etc.), sirven para diversificar y completar la monótona dieta campesina.
Precisamente la explotación de una parte de ese rico y abundante patrimonio forestal da origen a la primera gran ruptura con las condiciones tradicionales de aprovechamiento que se produce en numerosas comarcas de montaña a mediados del siglo XVIII. En ese momento dichas comarcas quedan integradas en una vasta red territorial que se crea con la finalidad de abastecer de madera a la Armada española, enfrascada en multitud de conflictos bélicos. La intensa extracción de recursos forestales a la que se asiste desde entonces, y hasta bien entrado el siglo XIX, acabará por alterar radicalmente los paisajes montañosos, cuyo ritmo de deforestación resulta alarmante.
También provoca esta intervención una conflictividad social desmesurada, al resistirse la población montañesa a la pérdida de sus ancestrales derechos de uso del monte en beneficio de un Estado despótico, incapaz de respetar ni siquiera la más arraigada de las costumbres. En suma, a lo largo de estos años cobra fuerza la imagen de la montaña como despensa inagotable de un tipo de recursos, cuya explotación -no importa con que medios ni a que ritmo- puede contribuir decisivamente a la consecución de los objetivos de la política y de la economía nacional.
La desamortización decimonónica no viene sino a intensificar los ritmos de sobreexplotación de los territorios montañosos. La puesta en almoneda de infinidad de bienes rústicos de uso colectivo propicia la presencia en la montaña de infinidad de grandes propietarios foráneos, cuyos intereses y estrategias empresariales en nada coinciden con los de la población autóctona. Los extensos latifundios montuosos adquiridos en el masivo proceso de ventas desamortizador, se descuajan y roturan para destinarlos al cultivo permanente, fórmula ésta de mayor eficacia a la hora de resarcirse el propietario de la inversión efectuada. La desconsideración de las más elementales normas ecológicas, pronto se convierte en un impresionante elemento de riesgo natural, que vuelve más frágiles e inseguros a los territorios montañosos, donde empiezan a desencadenarse fenómenos trágicos de consideración.
La privatización de los territorios montañosos introduce, igualmente, elevadas dosis de inseguridad social entre la población. Al venderse buena parte de los espacios públicos sin adoptar ningún tipo de precaución sobre sus viejas servidumbres, se pierde definitivamente aquella fracción del espacio rural que antes se reservaba para atender al crecimiento poblacional o mitigar los efectos de las malas cosechas. De este modo el colectivo social más menesteroso queda abandonado a su suerte y dispuesto a engrosar las filas del emergente proletariado urbano en cuanto se le presente la más mínima oportunidad para ello.
En aquellas montañas en las que no se produce un cambio de uso del suelo inmediato a su privatización, la deforestación tiene dos orígenes muy claros: el carboneo y la extracción masiva de madera con fines mineros o ferroviarios. Los efectos de las extensas talas de arbolado todavía son perceptibles sobre muchos montes, completamente desnudos y sin capacidad alguna para acoger cualquier tipo de vegetación. La larga exposición a los agentes erosivos acabó arrastrando unos debilitados suelos y ya nunca será posible recomponer sus primitivos paisajes vegetales.
La enorme pujanza que adquiere la fabricación de carbón vegetal, a partir de la quema de ramaje y otros restos leñosos dispersos por los montes, está asociada, por un lado, al crecimiento poblacional decimonónico y, por otro, al enorme desarrollo de la minería, que demanda cantidades elevadas de este producto para emplearlas en los hornos de fundición de minerales. En tal coyuntura, la fabricación de carbón se convierte en un magnífico negocio y como tal propicia el consumo de unas cantidades de biomasa que llegan a ser mucho más elevadas que la capacidad de reposición que tienen los montes. En este escenario, la desaparición de la cubierta vegetal está servida.
El entibado de las minas y la fabricación de traviesas para el naciente ferrocarril español son las otras dos actividades en expansión que requieren mayores volúmenes maderables. A las dos se las atiende desde las montañas próximas a los centros mineros y las líneas ferroviarias, aunque finalmente ninguna de ellas acabe dejando beneficio alguno, de forma general(*), en unos territorios que siguen completamente aislados y en los que no se atisba ninguna señal de progreso material y social.
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2. La montaña como espacio empobrecido y desertizado
Todo el entramado sobre el que se había sustentado la economía montañesa durante siglos se va a ir derrumbando paulatinamente desde mediados del siglo XX, merced al desencadenamiento de una fortísima crisis que lleva a la ruina al conjunto de los sectores productivos y provoca la emigración masiva de la inmensa mayoría de la población. A partir de estos momentos las montañas españolas empiezan a verse como territorios empobrecidos y desertizados, cuya principal cualidad es haber permanecido al margen de los grandes ejes económicos y de las políticas de desarrollo que comienzan a implantarse en el país.
Sobre el origen del empobrecimiento y la despoblación, conviene realizar algunas precisiones al modelo explicativo general de "crisis de la agricultura tradicional" que se ha ofrecido para el conjunto del país. Ante todo, porque la crisis de la montaña española es una crisis del sistema rural, que se extiende mucho más allá de la decadencia productiva e implica la completa desaparición de unos seculares modos de vida que permanecían anclados en el tiempo (deberíamos acuñar un concepto semejante al de pérdida de biodiversidad para significar la trascendencia de este proceso), así como de unas formas de organización del territorio, por medio de las cuales se reflejaban las armoniosas relaciones mantenidas entre el hombre y el medio a lo largo del tiempo.
La agricultura de subsistencia, que constituía la base del sistema productivo montañés, nada tiene que hacer una vez que se ha superado la fase autárquica de la economía española, cuyas proclamas contribuyeron a reforzarla hasta finales de los años cincuenta. La paulatina apertura de la montaña y su integración económica en un sistema mucho más amplio, condenan a la marginalidad a esta forma de producción arcaica. La fuerte competencia que se establece en los mercados locales entre la producción autóctona y la procedente de ámbitos más productivos, se muestran incapaces de combatirla la inmensa mayoría de los agricultores montañeses, que acaban abandonando sus explotaciones y preparándose para la marcha definitiva a la ciudad.
Idénticas razones mercantiles pueden aducirse a la hora de explicar la crisis de los sistemas ganaderos extensivos. La producción a gran escala que se lleva a cabo en las granjas intensivas situadas en las proximidades de los grandes núcleos urbanos, reduce hasta tal extremo los precios de la carne y de la leche que ningún ganadero puede hacerles frente con sus armas tradicionales, por lo que la mayor parte de ellos acaban arruinándose.
En este caso, además, no conviene perder de vista otras dos circunstancias que han propiciado la crisis de la ganadería extensiva en nuestras montañas. Nos referimos, por un lado, a la cada vez más escasa oferta de mano de obra capaz de soportar unas condiciones de vida tan extremas y penosas como las de los pastores; por otro, a la reducción de zonas abiertas al pastoreo que trae aparejada tanto la política de repoblación forestal como la de reconversión productiva de pastaderos en nuevas zonas agrícolas.
Por último, la explotación forestal del monte, que había venido proporcionando numerosos empleos permanentes o eventuales en las zonas de montaña, también se resiente con la llegada de los nuevos aires que soplan en la economía española. Las labores de corta y la extracción de madera, que renacen con brios durante la postguerra, a fin de recuperar el deteriorado tejido ferroviario, sufren un proceso acelerado de mecanización -con idéntico parangón al que tiene lugar en la agricultura de las tierras llanas-, que hacen descender de manera ostensible los habituales niveles de empleo proporcionados por estas actividades. Por otro lado, múltiples aprovechamientos secundarios, igualmente eficaces de cara a la ocupación de la población montañesa, desaparecen por falta de rentabilidad, ya que empiezan a obtenerse productos sustitutivos mucho más baratos en la floreciente industria química.
Este desolador panorama que ofrece el mercado de trabajo montañés a mediados de siglo sólo es capaz de combatirlo una desenfrenada política de obras públicas que se articula en torno a dos ejes fundamentales: la repoblación forestal y la construcción de grandes embalses. La imagen de la montaña como despensa de recursos se refuerza así de manera considerable puesto que de lo que se trata ahora es de establecer fórmulas más eficaces de almacenamiento y gestión que permitan una disponibilidad continuada de los mismos a lo largo del tiempo.
Aunque ambas políticas son complementarias, los trabajos de repoblación forestal se extiende la gran mayoría de las veces mucho más allá de las cuencas de alimentación de los grandes embalses, en un afán claro por producir crecientes cantidades de madera, necesaria por sí misma o por otro tipo de insumos industriales que pueden obtenerse a partir de ella. Ésta es la principal razón por la que este tipo de intervención se realiza con especies exóticas de ciclos muy cortos de crecimiento, sembradas al modo de cualquier plantación agrícola tradicional. Además de alterar seriamente muchos paisajes montañosos, que acaban perdiendo su acertada diversidad tradicional, la masiva introducción de plantones forestales poco adaptados a las características del medio introduce un nuevo elemento de inestabilidad en la montaña cual es el aumento del riesgo de incendios. Esta es otra de las imágenes -el monte ardiendo-, que más se retiene de cuantas proyecta la montaña española en estos años.
La construcción de grandes embalses logra introducir, durante el tiempo que duran las obras, un elevado dinamismo en el mercado de trabajo, que incluso llega a abastecerse con los aportes de una corriente inmigratoria a veces considerable. Pero es sólo un espejismo. En cuanto se cierran las presas, desaparece todo síntoma de actividad. Los inmigrantes se vuelven a la ciudad y la montaña se queda otra vez sola. Con todo, lo más paradójico del asunto es que ni un solo metro cúbico del agua almacenada se aprovecha en la montaña y tiene utilidad para su desarrollo. Sirve para regar extensas y fértiles vegas muy lejanas y para abastecer de electricidad a los grandes centros urbanos e industriales del pais. Entre tanto, cómo son las paradojas, los secanos montañosos siguen sin agua y a ninguna vivienda llega la electricidad.
Finalizado el programa de grandes obras públicas, quienes aun se habían resistido al abandono emprenden el camino de la emigración, conscientes de que ya no queda en su tierra ninguna otra oportunidad laboral de la que poder aprovecharse. La montaña española se convierte, así, en el principal centro suministrador de mano de obra a los sectores económicos más pujantes que se localizan en el centro y norte peninsular, de modo que además de ser una inagotable reserva de recursos naturales también pasa a serlo de recursos humanos.
La despoblación montañesa alcanza su punto más álgido, generalmente, durante la década de los años sesenta y setenta, cuando, precisamente, otra parte del país empieza a experimentar los primeros logros de la política desarrollista: de nuevo rebrotan las paradojas y las asimetrías. Los ritmos del abandono son tan intensos en estos años que muchas comarcas ven caer sus niveles demográficos hasta la misma altura en que se encontraban a mediados del siglo XIX. Lo más pernicioso de este fenómeno es su carácter selectivo, ya que arrastra, principalmente, a los grupos de población más joven, los de mayor capacidad productora y reproductora. Por tanto, las montañas españolas no sólo se despueblan sino que también se envejecen y se coarta toda posiblidad de reemplazo generacional.
La emigración también resulta muy selectiva desde el punto de vista espacial. No todos los núcleos montañosos se despueblan por igual. Afecta de forma particularmente severa a las entidades y núcleos de población más pequeños, muchos de los cuales llegan a perder la totalidad de su población. Se trata de núcleos donde las condiciones de vida resultaban extremas por la carencia del más elemental de los servicios, que habían permanecido habitados hasta entonces, sin duda, por la falta de otro tipo de horizontes. Pero en cuanto éstos empiezan a verse con una cierta claridad en los suburbios de la gran ciudad, ya no quedará lugar para la resistencia.
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3. La montaña como espacio asistido

Hasta comienzos de los años ochenta no puede decirse que la política agraria española se haya centrado en los territorios montañosos, admitiendo su especificidad y estableciendo fórmulas precisas para su relanzamiento socioeconómico. Más preocupada por el incremento de la producción agroganadera y la racionalización de la empresa agraria, dicha política consagró todos sus esfuerzos a la transformación y mejora de las estructuras agrarias en aquellas zonas más productivas, olvidándose por completo de los ámbitos peor dotados física y socialmente. Aunque se conocen algunos intentos para el establecimiento de una "Ley de tierras altas" desde comienzos de los años setenta, no será hasta una década después cuando se haga pública la primera "Ley de agricultura de montaña" española (Ley 25/1982, de 30 de junio). En este caso también podemos considerar a esta Ley como el primer hito en la recomposición económica, ecológica y social de los territorios montañosos.

Como se sabe, esta Ley no es más que un primer paso en el proceso de adaptación del ordenamiento español a las disposiciones vigentes en la Comunidad Económica Europea, donde el ingreso de España, en un plazo más o menos corto de tiempo, empieza a considerarse como una posiblidad real. En ese ámbito político-administrativo se había puesto en marcha en 1975 una directiva (75/268) que reconocía por primera vez en la historia comunitaria la situación de marginalidad en que se encontraban la gran mayoría de las zonas de montaña europeas y establecía mecanismos específicos para la corrección de los desequilibrios más alarmantes que persentaba el sector agrario. Lo que trata la "Ley de agricultura de montaña" española es de recoger esos principios y adaptarlos a nuestra particular situación.
De cualquier modo, la eficacia de un cambio más profundo en la montaña española al que parecía aspirar esta nueva normativa reguladora fué más bien débil. Unicamente las “indemnizaciones compensatorias” parecieron funcionar regularmente, aunque no es menos cierto que por intereses muy contrastados. Y ni este instrumento financiero, ni el planificador de los Programas de Ordenación y Promoción de las Zonas de Montaña (los PROPROM), impulsaron un cambio sustancial de imagen de las montañas españolas.
Simultáneamente a la promulgación de esta Ley, el Ministerio de Agricultura encarga distintos trabajos técnicos con la finalidad primordial de conocer la situación real de nuestra agricultura, de manera que el calendario de adaptación comunitario resulte menos traumático que el que podía derivarse de una aproximación apresurada. Los resultados de esos trabajos científicos -elaborados sobre la base de la "comarcalización agraria española"- vienen a demostrar fehacientemente que el conjunto de comarcas montañosas españolas presentan unos niveles de depresión socioeconómica muy superiores a las del resto del país, y que en ello, además de los condicionantes físicos, influyen otro tipo de factores estructurales que hay que corregir con la máxima celeridad antes de que las montañas acaben desertizándose del todo. En este sentido los instrumentos que contempla la Ley pueden convertirse en un poderoso auxiliar para terminar con esa situación depresiva y situar a muchas comarcas de montaña en escalones superiores de desarrollo.
Pocos años después de aparecer la Ley, en 1986, se produce el ingreso efectivo de España en la C.E.E., donde acaba de aprobarse un nuevo Reglamento sobre ayudas estructurales, que refunde los anteriores e introduce mejoras sustanciales en el tratamiento de los agricultores y ganaderos situados en zonas montañosas. Las ayudas directas que perciben los titulares de explotaciones (indemnización compensatoria antes aludida), junto a otro tipo de primas y a una mejora sustancial de los precios de múltiples productos agrarios, se convierten así en el más eficaz de los revulsivos para frenar el abandono de la montaña y recuperar, e incluso superar en algunos casos, los habituales niveles productivos.
En suma, el contexto eurocomunitario ha sido uno de los factores más destacados que ha impulsado los cambios de imagen y dinámica de las montañas. Y lo ha hecho bien a través de ayudas directas proporcionadas por los distintos fondos estructurales y sus programas de aplicación (FEDER y FEOGA sobre todo), bien por las nuevas directrices y orientaciones que para el mundo rural han ido emanando desde Bruselas (cambios en la PAC e introducción de nuevas medidas, promoción de la diversificación económica, impulso a nuevos programas de desarrollo rural y local, etc.).
Además de ello, la normativa comunitaria sobre zonas de montaña -adaptada por los Estados miembros y, en el caso español, por las distintas Comunidades Autónomas-, también atiende a otro tipo de mejoras estructurales, a veces poco conocidas pero que, igualmente, resultan decisivas en la mejora sustancial de las rentas agrarias. Nos referimos al apoyo prestado a la construcción de nueva infraestructura rural así como a todas aquellas acciones tendentes a mejorar los procesos de transformación y comercialización de la producción agraria.
Los efectos sinérgicos de todas estas medidas asistenciales -comunitaria, nacional y, en ocasiones, también autonómica-, es verdad, como antes decíamos, que han conseguido frenar el alarmante éxodo montañés. Ése es el más loable de sus aciertos. Pero no es menos cierto, como cada vez se esgrime con más frecuencia, que han introducido en la montaña (y en otras áreas desfavorecidas) una perversa "cultura del subsidio" que amenaza con erradicar para siempre los escasos síntomas de vitalidad social que habían permanecido en pie hasta ahora. Cada vez se ponen en marcha menos actividades que no estén subvencionadas de uno u otro modo -poco importa la procedencia-, y apenas existe capacidad de riesgo personal entre muchos habitantes de la montaña, apoltronados en el cómodo sillón de la pensión, el subsidio o el salario social.
Quizás por ello las propuestas más recientes de apoyo al conjunto de ámbitos desfavorecidos, que se han hecho patentes a traves de diversas iniciativas comunitarias y programas nacionales/regionales, ya no se esfuercen tanto en apoyar la recuperación de las rentas personales sino en tratar de crear un nuevo tejido productivo a partir del esfuerzo inversor conjunto de la iniciativa pública y la privada. Con ello se busca establecer un mayor nivel de compromiso de la población local en la apuesta decidida por el desarrollo de los ámbitos más desfavorecidos.
Por lo demás, este tipo de programas innovadores de desarrollo rural, que en nuestro pais han tenido una magnífica repercusión en las zonas de montaña -la Iniciativa Leader puede ser un buen ejemplo de ello-, tratan de aprovechar de una forma más eficaz las potencialidades territoriales y las singularidades productivas que hasta ahora habían permanecido ocultas debido a la vigencia de un particular modelo de crecimiento económico en el quedaban relegados los ámbitos menos productivos.
El redescubrimiento de la montaña como espacio turístico -desde finales del siglo XIX ya existen intentos muy serios de introducir la actividad turística en algunas montañas españolas- forma parte de la nueva estrategia de relanzamiento socioeconómico que se apoya desde los poderes públicos. El aislamiento y la inhospitalidad del medio dejan de verse en esta nueva perspectiva como handicaps territoriales intrínsecos y se convierten en un atractivo cada vez más valorado socialmente, sobre todo por lo que representan de alternativa a los ámbitos turísticos del litoral, profundamente congestionados y extremadamente degradados desde el punto de vista ambiental. Hemos asistido, de este modo, a una progresiva evolución del perfil económico-productivo de los espacios de montaña cada vez hacia una creciente y acusada terciarización.
La abundancia de agua, vegetación y variadas formas de vida animal son el referente más preciado por la "ideología clorófila", ya plenamente instalada en la sociedad española y a la que corresponde cada día un mayor peso social. Desde esa particular visión, los territorios montañosos se manifiestan como ámbitos privilegiados para el asueto y esparcimiento al aire libre.
La incapacidad de la infraestructura de acogida turística que se observa en la montaña española -con la pérdida de oportunidades que se deriva de ello-, se va a ir solventando poco a poco merced a la puesta en marcha de diversos programas -entre ellos la Iniciativa comunitaria ya aludida-, cuya eficacia podemos comprobar a través del extraordinario interés que ha suscitado entre la población montañesa. Si se recurre a la estadística, podrá observarse cómo la creación de nueva infraestructura turística en la montaña española ha sido mucho más intensa que en el resto del espacio rural -sin tener en cuenta, obviamente, fenómenos puntuales como el que representan las estaciones de esquí-, e incluso ha superado ampliamente, en no pocos casos, al de sus ámbitos provinciales de influencia.
Aunque cada zona de montaña ha optado por una vía distinta de relanzamiento de la infraestructura turística -en razón de múltiples condicionantes externos e internos-, nos interesa llamar la atención sobre el relevante papel que ha ejercido el turismo en la recuperación del viejo hábitat rural montañés, condenado a su completa desaparición de no haber sido por esta nueva función que hoy se le asigna como alojamiento colectivo. No cabe duda que con ello se ha puesto coto al lamentable despilfarro de patrimonio rural que sucede al abandono generalizado de la montaña española, muchas de cuyas piezas son irrepetibles. Pero es que al mismo tiempo algunas de las rehabilitaciones modélicas ejercen un atractivo por sí mismas que las hace extraordinariamente apetecibles como destino turístico, independientemente de la mayor o menor presencia de otros elementos naturales o culturales. Desde ese punto de vista, por tanto, muy poco hay que objetar a esta nueva forma de creación de empleo y generación de rentas que ha traído aparejado el desarrollo turístico, porque es que, además, ha contribuído a revalorizar la imagen de la montaña.
Mucho más distorsionante es esa otra imagen turística de la montaña a la que han conducido algunas actuaciones basadas en una burda imitación de los modelos turísticos litorales. Todas ellas se han gestionado desde el más absoluto desprecio a la tradición -el escaso apego a los materiales, formas y volúmenes constructivos tradicionales es buena prueba de ello-, y sin el más mínimo reparo paisajistico. Así se ha descuartizado la imagen de múltiples enclaves montañosos en los que hoy se apiñan centenares de edificios de alturas considerables -no nos estamos refiriendo sólo a las estaciones de esquí-, que dan origen a densidades estacionales de población elevadísimas y en los que florecen por doquier el mismo tipo de problemas ambientales que se repudia en otros destinos turísticos.
Convencidos de que así podía cortarse la hemorragia demográfica, las distintas autoridades competentes en disciplina urbanística -no ya sólo durante la dictadura sino también en el nuevo régimen democrático-, han permitido actuaciones ante las que hoy sólo cabe el lamento, pues lejos de reforzarla, han deteriorado la imagen de la montaña hasta tal extremo que han hecho perder a estos ámbitos toda su capacidad de atracción.
La otra gran estrategia de relanzamiento socioeconómico de las zonas montañosas se sustenta sobre sus cualidades productivas, esencialmente agrarias pero también de otro tipo. En este caso es la favorable imagen que ofrecen las producciones agrarias tradicionales -los ya mencionados "productos de la tierra"- la que contribuye a realzar la visión del territorio que las acoge (la búsqueda de la calidad será el referente central de las diversas producciones agroalimentarias que promueven los recursos locales de la montaña, incluyendo también la mejora de los canales de transformación y comercialización de los productos, pues su finalidad no es otra que aprovechar en beneficio de los agricultores y ganaderos el valor añadido bruto que generan tales productos y que hasta ahora venía escapándose a su control).
Como en el caso del turismo, la causa última de estos cambios perceptivos hay que buscarla en el agotamiento del modelo productivista imperante en el conjunto de la agricultura europea. Amén de conducir a la actual Unión Europea a una crisis presupuestaria a la que no logra encontrarse salida, la búsqueda de nuevos techos productivos ha artificializado hasta tal extremo los procesos de producción agricola y ganadero que forzosamente se ha resentido la calidad de los alimentos ofertados, cuyo sabor, color y olor nada tienen que ver con los de hace sólo medio siglo. Además, ha introducido enormes dosis de inseguridad entre los consumidores, que cada vez con más frecuencia asistimos impasibles a la aparición de fenómenos del tipo de las "vacas locas" -sólo la punta de un iceberg colosal dentro del cual no sabemos lo que se esconde-, y empezamos a mostrarnos extremadamente desconfiados ante los productos que ofrece el mercado alimentario.
El escenario agrario antagónico a éste lo encontramos en algunas zonas de montaña, cuya agricultura ha permanecido anclada en el tiempo, sin otro afán que el de la autosuficiencia pero en ningún caso volcada en manipulaciones genéticas ni en la alteración del ciclo productivo. En definitiva, una agricultura sana tanto por los productos que ofrece como por el poco daño que infringe al ecosistema en el que se halla instalada. Lo mismo podemos decir de los sistemas ganaderos extensivos que lograron sobrevivir a la crisis de mediados de siglo. Basados en el aprovechamiento integral de los recursos naturales y con razas perfectamente adaptadas a las condiciones del medio, han seguido ofertando alimentos cárnicos y lácteos de una calidad excepcional, altamente valorada por los consumidores.
El gran problema que presentan este tipo de producciones es su ya consabida debilidad, que encarece sustancialmente el precio de los alimentos en los mercados. Este último hándicap, no obstante, es cada día menos consistente toda vez que existe un creciente número de consumidores dispuestos a afrontar tal encarecimieto siempre que ello se traduzca en una mayor calidad. De ahí que las políticas de apoyo a la montaña se hayan volcado en el mantenimiento de este tipo de producciones agrícolas y ganaderas, conscientes de que el sistema diferencial de precios de estos productos de calidad es el único medio de contrarrestar la debilidad productiva tradicional de la montaña.
Transformaciones, en definitiva, todas ellas que han redundado en una sustancial modificación de la imagen que la montaña ha ido conociendo y en la que las piezas fundamentales han sido la valorización de sus producciones y recursos locales, el atractivo paisajístico y con fines recreativos que han inducido en la sociedad urbana contemporánea, el radical cambio experimentado por la red de comunicaciones que ha permeabilizado mucho más estos espacios y la progresiva difusión de éstos a través de las nuevas infraestructuras de telecomunicaciones. Pese a ello, parte de sus problemas no han desaparecido; la imagen ha cambiado, sí, pero persisten horizontes pesimistas en ellos provocados por estrangulamientos tan agudos como los que van unidos a la intensa despoblación o a la acusada masculinización y envejecimiento que definen su demografía.
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