4.- BENEFICIOS Y OBSTÁCULOS PARA LA COORDINACIÓN MACROECONÓMICA EN EL MERCOSUR




A pesar de que la interdependencia económica regional es baja, los flujos intrarregionales de comercio han sido sensibles a las condiciones macroeconómicas domésticas. En el caso de la Argentina los impulsos macroeconómicos transmitidos a través de los flujos de comercio han sido importantes, y en el caso de Brasil no han sido en absoluto despreciables. Y para las economías menores como Paraguay y Uruguay dichos efectos han sido aún más importantes.

Al menos en tres oportunidades hubo derrames macroeconómicos regionales importantes en la década de los noventa. La primera vez fue a comienzos del decenio, cuando la fuerte recuperación de la demanda agregada en la Argentina y la apreciación real del peso luego de la implementación del Plan de Convertibilidad produjo déficit comerciales crecientes, tanto en el plano bilateral como global. El resultado fue la proliferación de medidas comerciales ad hoc (como el aumento en los reembolsos a la exportación y en el derecho de estadística por parte de la Argentina) y otras medidas de administración del comercio implementadas por Brasil (como la decisión de comprar trigo y petróleo en la Argentina, desplazando los proveedores preexistentes). En este período, sin embargo, las tensiones creadas por los desequilibrios comerciales (y en cuenta corriente) se suavizaron debido a la abundante disponibilidad de financiamiento externo.

El segundo episodio ocurrió a mediados de los noventa, cuando la fuerte recuperación económica que siguió a la implementación del Plan Real en Brasil (junto con la apreciación real de su moneda) contribuyó a que la Argentina viviera un boom de exportaciones que la ayudó a salir menos traumáticamente de la “crisis del tequila”. Como resultado, entre 1995 y 1996 las exportaciones argentinas a Brasil crecieron en 49% y 21% respectivamente, tasas que duplicaron los registros de crecimiento de las exportaciones al mundo. Uruguay también se benefició del rápido crecimiento de la demanda agregada en Brasil y de la apreciación real de su moneda.

El último y políticamente más significativo ejemplo de derrame macroeconómico regional fue la turbulencia cambiaria de fines de la década del noventa. La Argentina ya había entrado en un proceso recesivo en 1998 empujada por una serie de shocks externos negativos (como la crisis en el Este de Asia, la apreciación nominal del dólar, el deterioro de los términos de intercambio y, por último, las dificultades crecientes para acceder al crédito internacional), pero la devaluación del Real en enero de 1999 agravó la situación. A pesar de que la Argentina mantuvo un superávit bilateral (decreciente) en su comercio con Brasil, el comercio bilateral total se contrajo como consecuencia de la caída en la demanda agregada y las turbulencias cambiarias. Aunque el desequilibrio comercial bilateral no es un dato significativo desde un punto de vista económico, sí lo es desde el punto de vista político y, de hecho, se convirtió en un tema recurrente en el debate y en las negociaciones bilaterales. El mantenimiento de un superávit comercial bilateral por parte de la Argentina fue consistente con la evidencia empírica, que mostraba que los flujos de comercio eran más sensibles a las condiciones de demanda prevalecientes en el país importador. A este resultado también contribuyó la composición del comercio: una alta proporción de las exportaciones argentinas son commodities y otra porción importante es explicada por un acuerdo de comercio administrado que regula los intercambios bilaterales en el sector automotriz.

Los efectos combinados de la fuerte reducción de la demanda agregada en la Argentina y los cambios en los precios relativos pusieron presión sobre los sectores productores de bienes que compiten con las importaciones. Otra vez, el resultado fue una proliferación de medidas de política comercial ad hoc (como la aplicación de derechos antidumping, la imposición de nuevas barreras paraarancelarias o los acuerdos voluntarios de restricción de exportaciones u “ordenamiento” de mercados). Las tensiones que siguieron a este tormentoso período incluso pusieron en entredicho la viabilidad y la deseabilidad de implementar un arancel externo común y una unión aduanera. En marzo de 2001 la Argentina aumentó unilateralmente los aranceles para los bienes de consumo al nivel que actualmente tiene consolidado en la Organización Mundial de Comercio (35%) y redujo los aranceles sobre los bienes de capital a cero (por debajo de los niveles fijados por el arancel externo común del MERCOSUR). En junio de ese mismo año, el Consejo del Mercado Común otorgó a la Argentina una dispensa temporaria por esas medidas y estableció un Grupo Ad Hoc de Alto Nivel para reexaminar el arancel externo común. Después de la devaluación del peso en enero de 2002 la Argentina restableció el arancel externo común, en una nueva demostración de la volatilidad y subordinación de la política arancelaria a los vaivenes de la coyuntura macroeconómica.

No hay duda de que estos episodios de derrame crean incentivos para la coordinación macroeconómica. En la medida que los shocks monetarios y reales se transmiten con mayor intensidad entre los países de la región, los beneficios potenciales de una mayor cooperación tienden a acrecentarse. En la práctica, una cooperación más estrecha puede reducir la vulnerabilidad a shocks comerciales, limitar los comportamientos oportunistas, posibilitar el intercambio de información sobre las perspectivas deseables o posibles de cada economía nacional y reducir los costos de eficiencia macroeconómica derivados de las grandes fluctuaciones en los tipos de cambio. No obstante, la coordinación macroeconómica requiere condiciones que no parecen estar presentes en el caso del MERCOSUR.

Por una parte, la coordinación macroeconómica en el MERCOSUR enfrenta obstáculos prácticos derivados de la elevada volatilidad subyacente en la subregión. Por la otra, los incentivos que enfrentan los países miembros para coordinar son fuertemente asimétricos. En particular, en el caso de Brasil la pérdida de flexibilidad derivada de un proceso de coordinación es percibida como un costo demasiado elevado en relación a las ganancias potenciales que podrían obtenerse de ese proceso.

No obstante, aún si los países menores estuvieran dispuestos a converger –en vez de coordinar- hacia las preferencias o el desempeño macroeconómico de Brasil, este país aún no constituye un punto focal lo suficientemente atractivo. Por una parte, el desempeño macroeconómico de Brasil en los noventa también ha sido bastante inestable (si bien no tanto como en la década de los ochenta) y los enfoques de política han variado sensiblemente. En materia de política cambiaria, por ejemplo, Brasil pasó de un régimen de ajustes periódicos del tipo de cambio (crawling-peg) a principios de los noventa a un tipo de cambio nominal semifijo en el período 1994/1998 (durante la vigencia del Plan Real) y a un tipo de cambio flotante a partir de la devaluación de enero de 1999. No hay duda de que este patrón relativamente inestable de políticas reduce la capacidad de Brasil de servir de punto focal (o “ancla”) para la coordinación macroeconómica en la región, reduciendo el atractivo de converger –aún en ausencia de coordinación- hacia ese desempeño.

Por otra parte, Brasil ha mostrado poca inclinación a actuar como un líder regional “benigno”. Entre otros episodios, esto fue ilustrado por el tipo de respuesta que dio a los reclamos de sus socios con ocasión de la devaluación de 1999. En esa ocasión, y a pesar de las reiteradas solicitudes del gobierno argentino de implementar algún mecanismo de salvaguardias que permitiera contener la presión de los sectores domésticos afectados por la devaluación del Real, los negociadores brasileños se refugiaron en el argumento formal de que la implantación de un mecanismo de ese tipo (eliminado al final del “período de transición” en 1994) sería contradictorio con el espíritu de una unión aduanera.


5.- Conclusiones y gráficas