
En el origen de las manifestaciones críticas se encuentra el deterioro de la situación macroeconómica de Argentina y, en menor grado, de Brasil. No obstante, este hecho tiene muy poco que ver con el proceso de integración y sus fragilidades. Es indudable que la inestabilidad y las situaciones de crisis de los socios grandes del Mercosur repercuten en el volumen y la dirección de los flujos de comercio intrarregional, generando desequilibrios e incidiendo
negativamente en la economía política de la integración. Pero también es claro que el Mercosur no tiene ninguna responsabilidad por la crisis macroeconómica de sus socios grandes, la que se ha gestado a partir de acontecimientos externos a la región y
decisiones esencialmente nacionales, tomadas al margen de cualquier mecanismo formal o informal de coordinación entre los países miembros.
En realidad, la situación que vivió el Mercosur durante el primer semestre de 2001 engloba dos procesos que, al superponerse, produjeron un cuadro de tensiones inédito en la historia del bloque. Por un lado, a partir de 1997 y debido al cambio radical de las condiciones de liquidez en los mercados financieros internacionales, se produjo un lento agotamiento de los modelos macroeconómicos adoptados por Brasil y Argentina en la primera mitad de los años 90. Este es el primer componente de la crisis del Mercosur. La devaluación de la moneda brasileña en enero de 1999 y la depresión por la que ha atravesado la economía argentina en los últimos tres años son las principales manifestaciones de esta situación de crisis, cuyos efectos aún no se han extinguido.
Este cuadro macroeconómico, al mismo tiempo que afecta los flujos de comercio intrarregional, tiene efectos negativos sobre la gestión de las políticas nacionales de integración. Por un lado, incentiva la
adopción de medidas unilaterales de emergencia, a pesar de que éstas perjudican a los demás socios. Por el otro, confirma las
preocupaciones sobre la vulnerabilidad externa de las economías y la continuidad de los flujos de financiamiento externo, incentivando estrategias de negociación enfocadas
prioritariamente a reforzar el vínculo de los países miembros con Estados Unidos como medio de aumentar su credibilidad
financiera en los mercados internacionales.
El segundo componente de la crisis tiene que ver directamente con el proceso de integración en sí. Esta dimensión estaba latente en los últimos años, pero se puso explícitamente de manifiesto a partir del momento en que las crisis macroeconómicas nacionales maximizaron los costos (y minimizaron los beneficios) de la
interdependencia generada por la integración. La crisis de la integración se asienta en la incapacidad demostrada por los países miembros para gestionar la agenda de políticas necesarias para dar sustento a la consolidación y profundización de la Unión Aduanera. El Mercosur fue capaz de avanzar en la eliminación de aranceles intrarregionales -y sus principales éxitos económicos están relacionados con esta medida-. Sin embargo, hasta el momento no ha sido capaz de enfrentar la agenda más compleja sobre las divergencias en materia de políticas, el establecimiento efectivo de una política comercial común y la creación de condiciones equitativas de
competitividad dentro de la subregión. Sus principales fragilidades y carencias están relacionadas con esta incapacidad.
Además, el Mercosur se alejó de un modelo de integración rules-driven, como el NAFTA y la Unión Europea, perdió
credibilidad interna y se volvió un blanco fácil de las críticas de todo tipo y origen. Los gobiernos de los países miembros
manifestaron una gran resistencia a someterse a disciplinas y el grado de cumplimiento de las reglas acordadas fue bajo: pragmatismo y situaciones de emergencia se alimentaron mutuamente y abrieron espacio al unilateralismo.
Distinguir entre las dos crisis que hoy se superponen es importante no por razones teóricas, sino:
(i) para refutar la idea de que el Mercosur es responsable de la crisis
económica que sufren cualquiera de los dos socios grandes del bloque; y (ii) para recordar que la crisis del proceso de integración no va a desaparecer con una eventual mejora de la situación macroeconómica de sus miembros.
De hecho, hoy parece claro que, aunque la situación económica de los socios grandes del Mercosur mejore significativamente, no cambiará el hecho de que la sustentación política del proceso exige reconstruir una matriz de intereses comunes como la que, en otro momento constituyó el
trade off entre acceso privilegiado al mercado brasileño para los socios de Brasil y
alineamiento argentino con Brasil en política exterior y especialmente en las relaciones con Estados Unidos.
Las ambigüedades del liderazgo brasileño en el Mercosur –patentes en la opción por un estilo informal que no excluye el
unilateralismo en el área económica y comercial– y de la adhesión política de Argentina al proyecto subregional contribuyeron a
erosionar las bases de la transacción bilateral que fue el origen del Mercosur. Este dato deberá ser tenido en cuenta a la hora de evaluar cualquier esfuerzo consecuente para dinamizar el proyecto estratégico del
Mercosur: consolidar un modelo de integración profunda, evolutivo en su concepción e implementación, y que incluya dimensiones no comerciales y no económicas.
3.- Un semestre difícil